La fiscal patinadora

La fiscal, bramando como un Mihura mientras se ponía la toga, me despidió de su despacho.

Ricardo Gómez de Olarte

Esa fuente de anécdotas que fue mi época de abogado de oficio y turno de asistencia al detenido me permitió ser partícipe en una tragicomedia italiana. En este caso, me limité a ser el clásico secundario roba escenas.

Me llamaron para una simple asistencia por una alcoholemia. La verdad, es que este tipo de juicios eran muy aburridos por varios motivos: no había quien los consiguiera enderezar; los clientes solían estar en un estado lamentable; siempre mantenían que no habían bebido más que un par de cervezas, dos a lo sumo; y se ponían muy pesaditos, la verdad.

Acudí a los antiguos juzgados de L’Hospitalet de Llobregat y, una vez personado en el juzgado que me correspondía, me facilitaron la causa. Leída ésta, no salía de mi asombro. No entendía cómo era posible que los de la Urbana de la segunda ciudad más grande de Cataluña hubiesen sido tan negligentes y obcecados. Vamos, unos auténticos animales. Al darme cuenta del error garrafal de los guripas, solicité hablar con el Ministerio Fiscal por si hubiera algo en la causa que se me escapara y que pudiera ser motivo de condena de mi defendido para, si no era así, evitar un juicio absurdo

La representación humana del Ministerio Fiscal no se había dignado llegar todavía, así que volví sobre mis pasos para hablar con el cliente y uno de los testigos citados. Los pobres desgraciados estaban que no les llegaba la camisa al cuerpo porque, además de no entender nada, temían una condena y la expulsión, ya que eran inmigrantes. Repetí el interrogatorio en tercer grado para asegurarme una vez más de que los hechos eran tal como yo los había leído. Ambos, en alternancia, gimoteaban jurando en arameo y sánscrito que ellos no habían cometido delito alguno. Por mi parte, tras escucharlos, leía y releía la causa cada vez con más estupor. Ni siquiera me tomé la molestia de calmarlos, por si acaso era yo el errado.

Intenté entrevistarme de nuevo con quien me correspondía en Fiscalía y tampoco tuve suerte. Sobrepasado el horario previsto, llegó la fiscal, dando portazos y de muy mal humor. Resultó ser una mujer con la que ya había tenido alguna intervención en sala. Tan pagada de sí misma como borde. Hasta donde sé, no ha cambiado en absoluto. Me inquirió que si se trataba de una conformidad (trámite por el que se aceptan los hechos a cambio de una rebaja en la condena) que no perdiera el tiempo y que tenía muchos juicios por delante como para malgastar su tiempo en una cosa tan evidente como esa alcoholemia. Que ni el Ministerio Fiscal ni ella estaban para ese tipo de tonterías, como yo ya debía saber.

El que esto suscribe, de afamada mecha corta con la estulticia, en general, y las gilipolleces de cualquier índole, en particular, procuró calmarse y, con algo parecido a un cuarto de sonrisa en la boca, le contestó a ese deshecho, de buenas maneras, que no se trataba de una conformidad, sino de evitar un juicio innecesario. La fiscal, bramando como un Mihura mientras se ponía la toga, me despidió de su despacho. Por mi parte, en lugar de insistir haciéndole ver su error, callé como una auténtica sabandija rastrera y pensé «Mira por donde, hoy se la devuelvo a ésta por las anteriores». Así pues, constaté que la soberbia de esa persona no había menguado con el paso del tiempo y, conociendo el percal, me largué con un taimado «Vd. sabrá».

Estando en sala, y antes de empezar, la fiscal pidió excusas únicamente a la magistrada por el retraso, alegando que se le había juntado todo, se había dormido, los niños se habían puesto muy rebeldes para ir al colegio, el coche no arrancaba y las clásicas excusas que solemos poner los abogados cuando llegamos tarde. Normalmente, el juzgador nos suele meter una bronca del 15, el o la fiscal asiente con la cabeza y lanza alguna pullita, y nosotros nos comemos la bronca. Como era de prever, la magistrada no dijo ni media palabra y yo exigí mi derecho a recibir también las disculpas por cuanto se las había dirigido tan solo a la juez. A fin de cuentas, también el acusado, los testigos y yo habíamos debido esperar. La fiscal volvió a resoplar, despreciándome, pero la jueza, bastante guasona, reconoció mi derecho a recibir excusas. La fiscal se limitó a un «no voy a repetir nada así que, letrado, ya puede darse por enterado». Intuyendo el posterior desarrollo de los acontecimientos, me bastó con eso y, sin más, pasamos a la siguiente fase de prolegómenos.

La magistrada me indicó si quería hablar algo con la fiscal (que es el eufemismo para indicar el intento de conformidad). Escueto, respondí que ya lo había intentado, pero sin acuerdo. Entró el acusado y la fiscal procedió al interrogatorio leyendo la parte del atestado policial que le interesaba, lo interrogó mecánicamente. Las respuestas se limitaron a negar los hechos sin más explicación. Cuando llegó mi turno, y procurando suavizar mi habitual voz grave, pregunté, como si yo mismo fuera un perfecto idiota, si era verdad que el acusado estaba durmiendo dentro del vehículo, concretamente en el asiento del copiloto. Respondió con un rotundo «sí». Bajando más el tono de voz (cercano a la categoría de sabandija inmunda), mi siguiente pregunta fue sobre si sabía conducir, a lo que el acusado respondió que ni siquiera tenía carné de conducir, que él era el que cargaba con los paquetes. Susurrando como si fuera la más rastrera de las serpientes, mi tercera pregunta fue si el conductor de la furgoneta era el que estaba vomitando todo el alcohol por el lado del conductor. Respuesta también afirmativa. La última pregunta, en tono prácticamente inaudible, fue si habían conducido durante la ingesta de alcohol. La respuesta, negativa, fue más amplia. Resulta que el compañero y él habían terminado el reparto de paquetes y se habían ido a tomar cervezas y copas al bar cerca de sus respectivos domicilios, dejando la ‘fregoneta’ bien aparcada hasta el día siguiente. Con la trompa monumental que habían agarrado, decidieron que lo mejor era dormir la mona en la furgoneta, para evitar que las respectivas esposas les metieran otra bronca, como cada fin de semana.

La juez, que había ido mirando de reojillo a la fiscal, no sabía qué hacer. Por mi parte, yo continuaba a lo mío, esto es, relamiéndome el colmillo como un vampiro ante una incauta damisela. Llegado mi turno de interrogar a la patrulla de la Policía municipal de L’Hospitalet de Llobregat, pregunté abiertamente al primero de ellos si habían visto que el vehículo estuviera circulando. El primero de los ‘pitufos’ (mote que se suele dar a los municipales de cualquier lado) dijo que no, que ya estaba aparcada e incluso con el motor frío; pero que lo hicieron para evitar que condujeran borrachos (¡sí señor, con un par!). Al ver la herida abierta y supurante, me lancé a degüello:

—Y como el que estaba vomitando en la acera no estaba en condiciones de soplar en el alcoholímetro, Vds. dedujeron que lo mejor era hacerle la prueba al que estaba a bordo, ¿no?

—Pues sí, correcto. Así fue, señor letrado.

—Oiga, perdone, es que lo mismo he leído mal su atestado. En el mismo, se manifiesta que el vehículo llevaba un buen rato detenido y que el acusado, al que hicieron la prueba de alcoholemia, estaba sentado durmiendo en el asiento del copiloto. ¿Es así?

—Pues sí, así es también, señor letrado. Lo ha leído bien.

Insistí, ad nauseam

—Pero, ¿ seguro que el acusado se encontraba en el asiento del copiloto y el otro vomitando en la calle, pero al lado de la puerta del conductor?

—Sí, sí, segurísimo.

—¿Y el vehículo no circulaba? ¿Seguro, seguro?

—Sí, rotundamente, sí. Así consta en el informe, ¿no?

Llegados a este punto, la magistrada saltó como una furia y me recriminó por qué no había empezado por ahí. No puede reprimir una imagen mental: «Me encanta el olor a napalm por la mañana. Huele a… ¡Victoria!”

—Pues mire, Señoría, se lo he intentado explicar dos veces a la fiscal (bondadoso). De hecho, en su despacho, he empezado diciéndole que no había necesidad de celebrar juicio alguno (colaborativo), pero me ha despedido con cajas destempladas (acusica).

Su Señoría, muy airada, se giró hacia la otra con toga y puñetas para preguntarle si era cierto. La fiscal afirmó, con un hilo de voz, aduciendo alguna excusa del tipo «es que no me he podido leer bien el expediente». No me pude refrenar y, disculpando a la fiscal, comenté:

—Ciertamente, la señora fiscal tiene toda la razón. Las 20 caras de esta causa la convierten en muy voluminosa. Tengo ventaja porque, al poseer unas capacidades lectora y comprensiva propias de un superhéroe, he aprovechado el retraso de la señora fiscal (me refiero a la impuntualidad) para asimilarlo todo mucho más rápido que el común de los mortales.

La jueza, mal disimulando una sonrisa, me soltó un «letrado no se pase»; nos echó a todos menos a la fiscal y apeándola del tratamiento, empezó a calzarle una bronca pareja a la que ésta me había dado a mí. Anduve por la Sala arrastrando mis pasos para, aún de espaldas, saborear ese pequeño momento de triunfo.

«Esa fuerza no es más que un accidente, resultado tan solo de la debilidad de los otros»
El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad

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