“La crisis mata pero hay una conspiración para eludir mediáticamente los suicidios”

“La crisis mata pero hay una conspiración para eludir mediáticamente los suicidios”
Ariadna G. García y su novela "El año cero"

Una exatleta, una exmilitar, el mundo de los agentes del servicio de extinción de incendios de Madrid, el amor sin etiquetas, los suspiros no diferenciados, la discriminación, la lucha por ser uno mismo y por ser, las injusticias de hoy no tan distintas de las de ayer, un incendio que todos ocultan que esconde un suicidio, la misteriosa desaparición del Capitán de Bomberos, un accidente de tráfico de motivación no evidente, la manipulación informativa de los medios de comunicación, los tejemanejes, chantajes y delitos de la casta que lo dirige todo frente a la precariedad del individuo, o la rotundidad del poder frente a la delicadeza del amor…

Todo esto y mucho más en la última novela de la escritora luchadora, culta, erudita y activista de la modernidad igualitaria Ariadna G. García (Madrid, 1977) titulada EL AÑO CERO (Ed. Ménades).

Sobre esta ágil, poliédrica, concienciadora y actualísima novela ha conversado con la autora Luis Artigue para eltaquigrafo.com

¿En esta novela negra, social, psicológica y de intriga sobre el mundo de los bomberos protagonizada por dos fascinantes treintañeras –Minerva y Gezabel–, el fuego exterior es un correlato del fuego interior?

Bueno, hablamos de dos fuegos diferentes. El fuego exterior simboliza el desánimo de la ciudadanía, la llegada al límite de quien no puede pagar el alquiler ni las facturas. El mundo que no vemos, el que empuja a la gente contra las cuerdas cuando se preguntan si merece la pena vivir en según qué condiciones. El fuego interno es la hoguera del amor, la llamarada que arde cuando se aproxima la persona que amamos. El cualquier caso, ambos tipos de incendios devoran y arrasan.

El motor de la intriga es la muerte en un incendio de una madre con su hijo enfermo de una monstruosa enfermedad, el Síndrome de San Filippo, que, tras un sorprendente punto de giro argumental, descubrimos que en realidad es un suicidio por falta de medios. ¿La novela social hoy no necesita ideología sino que le basta con el verismo naturalista para pasear por la conciencia del lector?

No creo que pueda haber novela social sin un andamiaje ideológico que la sostenga. La denuncia del estado de las cosas se sustenta en los valores de quien firma la obra, detras de los cuales existe un ideario, una visión del mundo. Es decir, una ideología. En el caso de mi novela, ese soporte es claro. Critico los desahucios, la corrupción política, el tráfico de armas, los recortes en los servicios públicos, los excesos del capitalismo, el autoritarismo institucional, la homofobia, la auto-censura, el precarismo laboral… Es pura ideología vertida en el papel. Lo que pasa es que, como toda obra literaria que se precie, no la afronto de cara. Levanto todo un edificio estético, anudo varias tramas, y hago de artificiera del lenguaje, precisamente, para camuflarla.

¿Podría decirse así, largo y mal, que esta novela, a pesar del acusado lirismo alegórico, se caracteriza por la prosa directa y el registro hiperrealista de Pio Baroja (en sus novelas de acción), pero con un tratamiento de los personajes femeninos (ellas son la acción exterior e interior) que no se le ocurriría nunca a don Pio, sino que, más bien, entronca con las grandes narradoras queer de hoy en día como Jeanette Winterson o Sarah Waters?

Mi prosa es fronteriza. Puede que a veces sea directa, pero en otras muchas ocasiones se vuelve metafórica, evocadora y plástica. Me gusta trabajar con las palabras. No olvidemos, por otra parte, que el relato está contando en mi primera persona por una bombera. De ahí que en ocasiones sí utilice un registro algo más coloquial. Depende del tema que aborde en cada capítulo. La forma viene determinada por el fondo.

En cuanto tratamiento de los personajes femeninos, pues habría que matizar, no se nos enfade Baroja. Don Pío tiene una novela que me encanta, La ciudad de la niebla (1909), narrada por su protagonista (María Aracil): una joven que tira de su padre hacia el Reino Unido (acción exterior) y se integra en la moderna y cosmopolita capital londisense por imitación de modelos avanzados de mujer (acción interior): trabando amistad con artistas bohemias (emancipadas y libres) y aprendiendo un oficio que la independice (mecanógrafa). Dicho esto, mis personajes son hijas de tu tiempo. Siento detrás a Winterson o Waters, pero más aún a Chimamanda Ngozi Adichie o a Sofi Oksanen. Mis criaturas son fuertes y frágiles, tratan de conocerse a sí mismas, de afirmarse, y de comprender su entorno.

¿En la lucha contra el fuego que se describe en esta novela hay algo bélico algo lírico y algo épico, como en la obra de Homero?

La lucha contra el fuego es épica, por cuanto supone un combate donde entran en juego los cuatro elementos (el agua y la tierra contra el fuego y el aire). Es una guerra al mal que asola a tus vecinos. Pero a la vez entraña un motivo lírico, en la medida en que te transforma, saca de ti un coraje que no pensabas, simboliza ese miedo que tú vences. También en la medida en que te saca de ti, de tus problemas. Relativizas tu vida ante llamas de 30 metros. Y te calmas.

Uno de los hallazgos de esta novela es el de hacernos ver que, al contrario de lo que decía Cortázar, no todos los fuegos son el fuego, sino que cada fuego es diferente y único. ¿Qué diferencia hay por ejemplo en estas páginas entre el fuego de la actualidad y el fuego en los tiempos de la postguerra?

Cada fuego es distinto, pero no las causas que las provocan, que siempre son las mismas: la represión, el hambre, el miedo… De ahí el paralelismo que trazo en la novela entre las cartillas de racionamiento franquistas y esa falta de suntento actual que saca a las gentes de sus casas y las pone a vivir entre cartones en medio de la calle; o entre la intransigencia que obstaculiza una relación heretosexual en los 50 y la que amenaza a una pareja de mujeres en el siglo XXI. Me temo que, pues, que incendios haya siempre hasta el fin de los tiempos. Otro asunto interesante es la forma o la manera como encaramos el fuego. Pienso en el fin de ciclo que vivimos en los años 70, cuando la ciudadanía salió a la calle con brío para tumbar un régimen, para exigir derechos. Mientras que hoy, que de nuevo asistimos a una coyuntura de cambio (de transformación de modelo económico, y de un peligroso repunte del fascismo), el desánimo, la falta de horizonte, de expectativas, envenena a la gente, que se consume dentro del hogar. Y ese motivo también lo abordo en la última parte de la novela.

Otro de los mundos en el que nos introduce esta novela es el del atletismo, deporte que ambas protagonistas practican. ¿El atletismo aquí viene a ser una metáfora de la carrera de obstáculos que para estas mujeres, y para las mujeres en general, viene a ser la vida laboral y social?

No. Minerva era velocista, y Gezabel compite en el Ironmen. El deporte representa la constancia, el tesón para el logro de los objetivos, la disciplina necesaria para, poco a poco, alcanzar una meta. Y las dos tienen varias: profesionales, afectivas, familiares y personales. El deporte ha formado sus caracteres. Y el atletismo, en concreto, es un ingrediente crucial en el desenlace del libro.

La novela de ideas y de amor incipiente que estamos leyendo muta en novela negra y de intriga con la conversación con Camino, la esposa de Ismael, el capitán de bomberos del parque 13. ¿Está de acuerdo en que la nueva novela negra será genéricamente híbrida, o no será?

Por supuesto. Y además no me interesan otros tipos de obras. En la batidora de El año cero meto novela negra, social, psicológica junto al thriller de acción. En mi anterior trabajo (Inercia, Baile del Sol, 2014), mezclaba la distopía con el género negro, la novela social y el relato políaco. Pero es que mi formación es humanista. Si coges el Lazarillo y lo analizas al microscopio verás huellas folklóricas, críticas erasmisanas, emblemas cristianos, ecos reales de la sociedad española del Renacimiento y ejes estructurales tomados de Apuleyo y Luciano de Samosata. Por no hablar del Quijote. La buena literatura nace de un acertado cóctel de varios elementos.

Como decimos en El año cero hay, al menos, una novela de intriga, una novela de denuncia social, una novela de ideas y una novela de amor. Para mí, es sobre todo una novela social, pero, según usted, ¿qué pesa más en el conjunto?

Para mí es, ante todo, un thriller de acción. Una novela de intriga y de suspense. Un libro con sus características (desaparición de un hombre, búsqueda de su paradero, asesinatos, allanamientos de moradas, espionaje militar, tráfico de armas…) no puede clasificarse como novela social, aun cuando a raíz del trabajo de sus protagonistas (un par de bomberas) salgan a la luz desahucios, suicidios o recortes presupuestarios en los servicios de extinción de incendios.

Digamos que en el caudal del thriller entran afluentes: esos motivos sociales que se critican (novela testimonio), una trama familiar (donde indago en las desavenencias familiares, en la enfermedad de un ser querido, y en la importancia del sentimento de estirpe); y una trama sentimental, inédita en la narrativa española, protagonizada por dos mujeres que luchan contra sus dudas y miedos, contra las expectativas ajenas, en un intento por vencer los prejuicios externos e internos que amenazan su posible relación.

Todo parte de que la bombera protagonista se encuentra con que la crisis económica, y la precariedad e injusticia laboral aparejadas, tienen que ver con incendios y accidentes en los que trabaja… ¿Que haya denuncia social en las novelas de hoy por parte de los escritores es un acto de responsabilidad cívica?

Cada uno sabrá qué fin persigue con sus libros. Desde luego, yo con mis novelas me posiciono ideológicamente y enfoco las lacras que considero oportunas, sin eludir, como decía antes, el diseño arquitectónico de la trama, el acabado de los detalles, el andamiaje de protagonistas que sostengan la obra, o el ladrillo exacto del léxico.

Decía Larra: “No hay escritor que se precie que no hable de su tiempo”. Y escribe Riechmann: “Tarea del intelectual: no mirar hacia otro lado”. Y en eso estoy.

¿Podría decirse que una de las tesis de esta novela es que Gobierno y medios de comunicación han establecido una alianza para que no sea completamente público y notorio que, a causa de la crisis, los recortes y la corrupción, mucha gente está verdaderamente al límite y por eso hay una conspiración para eludir mediáticamente los suicidios?

Yo no lo diría mejor.

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