La cara “B”

Si el roce hace el cariño, no es menos cierto que el roce hace la rutina y la rutina se lo come todo

Ricardo Gómez de Olarte

A todos, o a casi todos, nos gustan las virtudes de los demás. A pesar de que siempre existen graciosos oficiales, normalmente para destacar como originales, que satirizan a los que las ostentan. Pero allí donde vemos una envidiable fuerza de voluntad, nadie quiere aceptar que eso también es testarudez: “Pepe, tú que tienes esa fuerza de voluntad tan grande, debes dejar de fumar». Y Pepe deja de fumar.

Pero cuando Pepe se empeña en no preguntar una dirección cuando va al volante con su familia, entonces ya nadie se acuerda de su fuerza de voluntad. Entonces “Pepe es una mula tozuda que no atiende a razones y que lo iguala con el resto de la escoria machirulaheteropatriarcal.

En realidad ni siquiera es una mula tozuda, porque las mulas por su condición de hembras, nunca son tozudas. Son buenos animales, con muchos sentimientos. Pero él, él es algo peor, es un mulo tozudo que….”

Así descubrimos que con el tiempo, en las relaciones muy intensas o frecuentes como en una profunda amistad o el matrimonio o las relaciones entre padres o hijos o entre hermanos la inteligencia pasa a ser el “eres un/a listillo/a» y acaba desembocando en una insoportable soberbia.

El ingenio muta a “chistoso modelo cuñado» y degenera en un “gilipollas ridículo que no se da cuenta de lo imbécil que es». El deportista trastoca en inquieto y el inquieto en vigoréxico inaguantable. El cuidadoso pasa a obseso del orden con el que es imposible convivir. El despreocupado deviene un desmadrado con el que no hay forma de tener nada serio. El maduro interesante independiente pasa a cretino que no se quiere comprometer.

Todos queremos lo bueno del que tenemos al lado, pero pocas veces aceptamos esa parte tan prosaica que supone la asimilación de la otra cara de la misma moneda: “Ya lo/a cambiaré”. Y si el roce hace el cariño, no es menos cierto que el roce hace la rutina y la rutina se lo come todo.

En ocasiones, refiriéndonos a las relaciones personales, nos quejamos de que los humanos tendemos a dar por territorio conquistado aquello que nos va acompañando a lo largo de la vida. Una vez hecha la conquista, no nos preocupamos de nada más. Sin embargo, muchas veces, ese terreno conquistado olvida que, a su vez, también es conquistador volviendo al inicial conquistador en otro terreno conquistado.

Es una simbiosis, el toma y daca de toda la vida. Nos volvemos descuidados y olvidadizos con nuestros seres queridos. Todos deberíamos tener un Pepito Grillo o su versión actualizada de “equipo de guionistas” que nos dijera en un aparte “¡Ojo, que te abandonas a la molicie!”, “¡Cuidado! Esa persona, en ese momento, requiere más atención. O una atención un poco más especial”

Pero el descuido y el olvido tienen unos poderosos aliados: el trabajo y el estrés donde nos refugiamos para no compartir las alegrías y tristezas propias o ajenas. El cansancio y la comodidad abren paso a la cobardía del silencio. Y éste y la costumbre son la antesala del agotamiento que da paso a la indiferencia.

Y un día te das cuenta de que vives con un extraño que ha dejado de importarte porque hace tiempo que su silencio y su ostracismo lo han convertido en un ser tan alejado del que conociste. Si no tienes ese tesón necesario ni el amor necesario para alimentarlo, acaban confluyendo ambas indiferencias en una relación de conveniencia pero huera.

Con suerte, esa confluencia de indiferencias acaba una mustia separación, ya sea entre amigos o entre una pareja o entre padres o hijos o entre hermanos.

Cada uno por su lado y si coinciden en algún lugar, como mucho, asistimos a un distante saludo protocolario, quizás algún gesto con la cabeza hecho a cómoda distancia, algún entierro…. Si tienes esa fuerza de voluntad puede que hayas intentado acercarte para recuperar lo que fue, pero quizás a esas alturas ya te has convertido en un tozudo insoportable.

Puede que te hayas ido dando de cabezazos con la pared que has tenido enfrente, hasta abrirte el cráneo. Pero llega un momento en que ni el cuerpo ni el alma pueden más y acabas aceptando lo que no has querido ver: tu amigo o tu pareja tu padre o tu hermano te ha dejado de querer, ya no quieren que sumes.

Pueden decir que todavía eres alguien importante en su vida, que te quieren -cortesía y educación obligan- pero esa delgada línea invisible de la distancia se va agrandando hacia la zanja insalvable. Se empieza por reducir los pequeños gestos de ternura cotidiana y se acaba, en el mejor de los casos, en un educado, gélido y atronador silencio.

El conquistador ha dejado de tener interés por ese territorio conquistado, le dice al pueblo conquistado que sí, que no lo abandonará nunca, pero la ausencia de hechos y la indiferencia traicionan las palabras del conquistador.

Finalmente el territorio conquistado, abierto y yermo, queda vacío y exhausto. Vamos, como de Gaulle con Argel o España con el Sahara, pero sin geopolítica y a nivel más cercano de relación humana. Más cercano, pero más terrible.

Según Cesare Pavese la fuerza de la indiferencia es la que permitió a las piedras perdurar inmutables durante millones de años. Pero quizás se olvidara de decir que los seres humanos que se muestran tan indiferentes como esas piedras milenarias, acaban, precisamente como las piedras. En paz y tranquilidad con… otras piedras.

Y la peor de las indiferencias es la natural, la no forzada, la que nada busca, nada quiere, nada desea más allá de una pretendida armonía con el universo. El silencio, la paz… como en los cementerios.

Donde quiera que la gente se sienta segura (…) sentirá indiferencia
Susan Sontag

“Y aunque no fue demasiado feliz en este mundo, encontró en el cumplimiento de sus deberes, en sus amigos, y en sus hijos motivos suficientes para amar la vida y para no abandonarla con indiferencia cuando le llegó la hora”
Jane Austen

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