La amenaza soviética

No hay salida es un entretenimiento de suspense con buenos actores y mejor guion. Los espías soviéticos, la Guerra Fría y las amenazas a inocentes ya las veíamos en el cine hace cuarenta años. Sin duda, es mejor disfrutar de todo ello en pantalla, que no padecerlo en la vida… ¿real?

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Viajemos a los 80 con sus colores extravagantes, sus peinados imposibles, su sexualidad sin complejos, su música de percusión repetitiva o su Guerra Fría y su paranoia por los espías. No hay salida (No way out, Roger Donaldson, 1987) es un ejemplo perfecto de todo lo citado o, también, de cómo todo lo citado no tiene por qué enterrar a una película.

Tom Farrell es un oficial de la marina americana que inicia un romance con Susan, sin saber que ella es la amante del Secretario de Defensa, David Brice, futuro jefe de Farrell. Este triángulo amoroso podía caer en la comedia o en la tragedia y, ya se pueden imaginar, en este caso hablamos de tragedia. Kevin Costner (casi siempre de blanco inmaculado), Sean Young (sensual y provocativa, ay, la limusina) y Gene Hackman (poderoso y siniestro) son las tres patas sobre las que se asienta la película y todos brillan, como casi siempre, en su trabajo (y no olvidemos al secundario Will Patton como retorcido ayudante de Hackman).

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El “problema” de la primera hora es que no pasa nada más, aparte de lo contado y de los tópicos antes señalados. Escenas innecesarias (como el marino en Filipinas), fiestas de diplomáticos bastante vacías o esos “vídeos musicales” en mitad de la película tan ochenteros como redundantes.

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Ahora bien, el punto de inflexión llega a mitad de la película y Costner se convierte en un falso culpable de manual (suspense hitchcockiano clásico), acusado de un crimen que ha cometido Hackman (corrupción política e hipocresía) y, encima, con la acusación de ser un supuesto espía soviético que nadie ha visto (Yuri) y que sería un topo en la CIA (espionaje y paranoia). Entonces, sí, empieza otra película con suspense, acción y persecuciones, en la que, atentos, no hay ninguna explosión espectacular, ni grandes efectos especiales, sino que el ritmo (vibrante y vertiginoso) lo llevan el argumento y los golpes de guion. ¿Mucho thriller actual podría decir lo mismo?

Por si no tuviéramos bastantes tics ochenteros, la música de Maurice Jarre (casi nada: Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago) experimenta con los sintetizadores como había hecho antes en Único testigo, aunque en esta ocasión con menos fortuna. Más todavía, ordenadores grandes como una pared juegan un importante papel en la investigación que acorrala a Farrell, y de aquí surgirá el mejor elemento de suspense.

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En el lugar del crimen se encuentra el borroso negativo de una foto que incrimina a Farrell y los sofisticados agentes de la CIA o de la NSA o del FBI o de lo que sea, lo “meten” en sus ordenadores para limpiar la imagen y revelarla. El experto nos explica lo que son los píxeles y el trabajo de horas que llevará la limpieza. Este detalle tecnológico, hoy ya ingenuo, no dejaba de ser última vanguardia en los ochenta y, lo más importante, introduce ese suspense del poco tiempo que le queda a Farrell para investigar antes de que su cara aparezca en el ordenador central de la investigación. Una cuenta atrás clásica disfrazada de revelado tecnológico: perfecta metáfora del signo de los tiempos.

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A falta de explosiones, mejor es el suspense y dos testigos de un fin de semana incriminatorio también aparecerán por el Pentágono para identificar al supuesto Yuri. De nuevo, carreras por los pasillos de Farrell y trucos ingeniosos para esconderse, más o menos cogidos con pinzas, luchando contra todos. Verdaderamente, es entonces cuando cobra sentido el título de la película.

¿Y cuál sería el truco de esta sólida historia? Que se basa en una novela de Kenneth Fearing que ya había sido llevada al cine como El reloj asesino (The big clock, John Farrow, 1948), con Ray Milland, Charles Laughton y Maureen O’Sullivan, donde la falta de medios hacía que la historia fuera aún más claustrofóbica y que podrá aparecer por eltaquígrafo cualquier semana de estas.

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No hay salida todavía guarda un último as en la manga que quien la ha visto no olvida y que no revelaremos. Ese final es bastante sorprendente y abre muchos interrogantes, otra cosa es que realmente fuera pertinente o necesario. Tal vez con un director más oscuro y retorcido que el rutinario y poco prolífico Roger Donaldson, se hubiera apuntalado mejor esa conclusión.

Está claro que son más las virtudes de No hay salida que los defectos. Un entretenimiento de suspense con buenos actores y mejor guion. Los espías soviéticos, la Guerra Fría y las amenazas a inocentes ya las veíamos en el cine hace cuarenta años. Sin duda, es mejor disfrutar de todo ello en pantalla, que no padecerlo en la vida… ¿real?

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