La alegría de vivir mientras te timan

Al ver "El golpe" los espectadores tenemos una sonrisa en la cara, nos ha mejorado la vida y estamos más animados para enfrentarnos al mundo. Las buenas películas también hacen buena la vida. Gracias, cine

el golpe

A veces el cine te lleva de la mano a un pasado que se recrea idílicamente para ambientar una historia imposible con personajes únicos. A veces el cine cumple la santa función de entretener y divertir, sin necesidad de solemnidades oscuras o de dramas desconsolados. A veces el cine sencillamente da El golpe (The Sting, 1973)… y todos salimos ganando.

En un Chicago años treinta de cartón piedra unos timadores se ganan la vida estafando a tipos que se creen demasiado listos. Sin embargo, uno de los timados resulta ser un empleado de un pez gordo y el negocio se complica. El tono de comedia ligera a ritmo de ragtime se viene abajo cuando es asesinado el veterano mentor y Johnny Hooker (Robert Redford) tiene que alzar el vuelo para unirse a otro compañero (Paul Newman)… y planear la venganza.

El guion de David S. Ward es tan canónico como efectivo. Se ve beneficiado por el ritmo que el director, George Roy Hill, aporta a la historia con la música, claro, pero también con los homenajes al cine de los treinta (el viejo logo de la Universal, las cortinillas de transición, la división con decorativos intertítulos propios casi del cine mudo…). No hay tiempos muertos ni momento de reflexión: la película fluye como las manos sobre el piano.

Pero hablábamos de la falsedad mágica del cine y podemos empezar por la perfección de Newman y Redford. Los cuatro ojos azules más famosos del cine repetían con Hill tras su éxito en Dos hombres y un destino (Buth Cassidy and the Sundance Kid, 1969) y volvían a conquistar la pantalla de forma increíble (y, sí, inexplicablemente esta fue su última película juntos). La química de la pareja es incuestionable y, hasta cuando les intentan despeinar, están más elegantes y encantadores que cualquier mortal el día de su boda. Aquí entra en juego la diseñadora de vestuario Edith Head (ocho Óscar y más de veinticinco nominaciones la contemplan) para crear un mundo de trajes, corbatas, chalecos, sombreros (esos maravillosos canotiers del FBI), tan variado, brillante y pulcro, que solo puede ser una maravillosa mentira.

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Y es que cuando los timadores pretenden cobrarse su venganza, lo que preparan es literalmente una representación teatral. Vemos montar el decorado de una casa de apuestas, hacer un casting con otros timadores, cómo se disfrazan quienes van a actuar ¡hasta con barbas falsas!… Todo ello nos recuerda que estamos en la magia del cine, claro, pero también que asistimos a una representación en la que podemos ser espectadores y, por supuesto, también víctimas. El espectador está avisado: el golpe te lo pueden dar a ti, si no estás atento. ¡Y encantados de dejarnos timar de forma tan encantadora!

Además de la maravilla dual de Newman y Redford (solo Redford fue nominado al Óscar, aunque lo merecían ambos), destacaremos tres elementos. Para empezar, es imposible olvidar a Robert Shaw como el villano Doyle Lonnegan. Presentado de manera genial con un plano de espaldas y en sombra, Lonnegan aporta su cojera (que fue un accidente real de Shaw que le sirvió para completar al personaje) a un tipo retorcido, serio e impecable: no tiene vicios… salvo el juego. Shaw murió en 1978 con solo 51 años pero nos dejó Desde Rusia con amor, Un hombre para la eternidad, Tiburón o Robin y Marian. ¿De verdad no se acuerdan de él?

En segundo lugar, merece la pena glosar la mejor escena de la película. La partida de póquer en el tren es un recital de Paul Newman y de guion. Fingiendo estar borracho, Newman vacila e insulta a toda la solemne mesa, Lonnegan se desquicia, intenta estafarle y, como no podía ser de otra manera, es Newman quien sale victorioso y siembra el odio que será la perdición de Lonnegan. Las miradas entre los dos actores son fantásticas cuando juegan, pero más todavía cuando acaba la partida. Gran dirección de actores y mejor planificación para una partida perfectamente comprensible sin necesidad de haber tocado un naipe en tu vida. Puro cine.

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Por último, pero no menos importante, todos cuantos han visto la película ya han escuchado ciertos toques de piano en su cabeza si han llegado hasta aquí. Scott Joplin fue un músico de comienzos de siglo XX que compuso ragtime, pero que no alcanzó el éxito en vida. De hecho, el rag se vio eclipsado por el jazz y casi pasó a un segundo plano hasta los 60 y 70. Hill contrató a Marvin Hamlisch para adaptar a Joplin en la banda sonora y su tema principal hizo historia y justicia a Joplin. The Entertainer era el título original del tema del pianista: El animador.

Termina El golpe y los espectadores tenemos una sonrisa en la cara, nos ha mejorado la vida y estamos más animados para enfrentarnos al mundo. Las buenas películas también hacen buena la vida. Gracias, cine.

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