La actitud

A Pablo Iglesias se le ha llenado la boca con la “actitud” pero ha conseguido convertir a su partido de transversal a depurador de críticos; pasar de código ético para con sus dirigentes a secretismo respecto a éstos; de defender los derechos de la mujer a los ataques machistas; de acusar de casta a los políticos al comportamiento más corrupto

Ricardo Gómez de Olarte

No sé si es culpa de algunas campañas publicitarias pero la palabra de moda es “actitud”. Ahora todo es una “actitud”. La actitud es lo que cuenta. No importa si no haces absolutamente nada; es indiferente si tu gestión es ineficaz o si no has dado un palo al agua. Lo único verdaderamente importante es que tu imagen frente a los demás sea la de “tener actitud”.

Vayamos por partes. ¿“Actitud” de qué? Según el diccionario de la RAE, son dos las acepciones de dicha palabrita. La primera es “postura del cuerpo, especialmente cuando expresa un estado de ánimo”. La segunda es “disposición de ánimo manifestada de algún modo”. Es decir, la actitud debe estar complementada siempre por un calificativo. Puede ser una actitud de cansancio o una actitud benévola o malévola. Pero no sirve que alguien saque pecho diciendo que se va a partir el pecho para luego no hacer nada y que sus voceros digan “esa es la actitud”.

Eso solo sirve como jaculatoria para que los subnormales que siguen al líder y a sus pregoneros excusen sus mentiras y la ausencia de trabajo, de sinceridad o de resultados con aquello que ahora tanto se escucha: “al menos tiene actitud”.

Uno que es muy ingenuo, pregunta “¿A qué actitud te refieres?” Y casi siempre me encuentro con la misma respuesta “Pues a la actitud que está teniendo, ¿es que no eres capaz de verlo? Vosotros los fachas siempre yendo a lo mismo” dicho con un tono displicente mientras te dirigen una mirada mezcla de profundo desprecio y de conmiseración por no ser capaz de entender “la actitud”. Normalmente se acaban marchando airados envueltos en la superioridad moral que se auto arrogan.

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Es como aquella campaña publicitaria que se lanzó durante el franquismo: “lo importante es participar”. ¡Mentira! En una competición oficial, sea benjamín o profesional lo que importa es ganar. Ganar siempre. En las divisiones más pequeñas de baloncesto formativo (Pequebasket y Minibasket) existen las Reglas Pasarelas.

Entre ellas cabe mencionar aquella fijada para evitar resultados muy abultados que puedan afectar a la moral de los jóvenes jugadores. Consiste en que cuando el marcador refleje una cierta diferencia de puntos, se produce lo que se denomina “cierre del acta”. Esto significa que ya no se seguirán anotando los puntos conseguidos por ninguno de los equipos, siendo el resultado final el que refleje el marcador en ese momento.

Si se hace en baloncesto formativo, se puede hacer en cualquier otro deporte que implique juego infantil y tanteo de resultado. Siendo una norma se debe acatar. Particularmente lo encuentro una solemne estupidez. Si se trata de acostumbrar a los niños a la competición (lo que, en definitiva, representa la vida), deben aprender a superar las derrotas. Si a ti o a tu equipo os meten una paliza (a puntos), acéptalo bien y hazlo mejor. Si no eres capaz de digerir y superar un resultado abultado, haz deporte pero no compitas.

Imaginemos el entorno de una empresa a la que accede uno de esos megamasters del universo. Ya saben, un niñato (o niñata) que se cree con derecho a exigirlo todo porque se ha sacado un master de los caros (otro día podríamos analizar cuántos suspensos hay entre esos master con lo que cuestan). En una de estas, el lechón comete un error. El jefe le echa la consabida bronca y el niñato/niñata le suelta “Oye jefe, que lo cuenta es la actitud y yo de esa voy sobrado”. O el tontolhaba le replica “jefe, no entiendes nada. No tienes actitud” mientras lo deja con la palabra en la boca y se va con aire displicente. Hasta hace poco era impensable, ¿verdad? Pero ¿y ahora? .

Veo asombrado que muchos alumnos de entre 10 y 11 años no son capaces de poner las iniciales de su nombre y apellido en mayúscula porque nadie se lo corrige. Parece como si no se pudiera ser exigente con quien tiene esas faltas porque “lo que importa son las emociones”. “Es tan empático que no se le puede decir nada”. Y luego, algunos de estos empáticos optarán a asesores de gobierno.

El 14 de diciembre de 2020, ABC publicaba que el gobierno paga a 1.212 asesores y expertos de los que 114 solo tienen el graduado escolar, 210 únicamente el bachillerato o título asimilado y que si son hombres cobran 15.000.- € más que si son mujeres. Eso sí, cada uno cobra 60.000.- €. Ni CC.OO. ha querido firmar el III Plan para la Igualdad de Género en la Administración General del Estado porque el gobierno “no respeta los criterios exigidos a las empresas” para atajar la brecha de género existente. Si 114 expertos y asesores solo tienen el graduado escolar, es de suponer que, a cambio, sí tendrán esa “actitud” (aunque nadie sepa a ciencia cierta cuál es en concreto) exigida para convertirse en asesor o experto del gobierno.

¿Se acuerdan cuando la comunidad de artistas salió en tromba con el dedo enarcado sobre la ceja en apoyo a Zapatero y repitiendo el mantra “Es el talante”.? Pues esa indefinición de “talante” nos llevó a una crisis de narices (que no de ceja). Pero lo importante era el talante, eso sí. No sirvió absolutamente para nada, pero entonces lo importante fue el talante. Corrijo: a algunos les sirvió para conseguir subvenciones millonarias por unos trabajos (obras de arte o películas) que jamás llegaron a ser dignas de exhibición ni en el más provinciano de los museos de los horrores (con lo que implica de quebranto para las arcas del Estado).

Por la misma regla de tres, a Iglesias se le ha llenado la boca con la “actitud” pero ha conseguido convertir a su partido de transversal a depurador de críticos; pasar de código ético para con sus dirigentes a secretismo respecto a éstos; de defender los derechos de la mujer a los ataques machistas; de acusar de casta a los políticos al comportamiento más corrupto; de acusar de cloacas a mentir a la justicia para capitalizar votos; de acusar de financiación ilegal a reconocerse haciendo lo mismo; de exigir pluralidad en los medios a legislar el control de los mismos; de defender la independencia del poder judicial a exigir el control de los jueces; de pedir el rechazo de los asesores a dedo a tener el mayor número de expertos y asesores en el gobierno en toda la historia de la democracia española, nepotismo incluido; de querer vivir siempre cerca del pueblo sin salir del barrio obrero a vivir en una mansión en las afueras; del rechazo a las fuerzas de seguridad del Estado a exigir su presencia para evitar críticas; de definir los escraches como baños de realidad democrática a denunciarlos como delito; etc., etc., etc.…

En el mismo sentido Sánchez, con todas y cada una de sus mentiras: “con Iglesias a ningún lado”; “con Bildu no vamos a pactar (dicho 5 veces)”; “clarísimamente ha habido un delito de sedición en España”; “no voy a permitir que la gobernabilidad de España descanse en partidos independentistas”; “esta crisis en Cataluña, con la mitad del gobierno defendiendo la autodeterminación y la otra mitad defendiendo la constitución, con Podemos dentro del gobierno… ¿Dónde estaría España?”; “¿con Iglesias controlando el CNI como vicepresidente y el apoyo directo o indirecto de los independentistas? No dormiría tranquilo”; “no puedo aceptar que hay presos políticos en España. En España hay políticos presos por haber quebrado la legalidad democrática”; “Ni antes ni después el PSOE va a pactar con el populismo. El final de Iglesias es la Venezuela de Chávez, la falta de democracia”

Es evidente la mejora económica de Iglesias y Sánchez y de todo aquel que les rodea. De lo cual es deducible que la actitud, esa palabra que han vaciado de contenido -como si se tratase de una norma en blanco a rellenar por Sánchez o Iglesias de acuerdo con sus necesidades- es la clave para llegar muy lejos y poder medrar a costa de los tarugos que siguen creyendo en ellos. A medida que los estados constitucionales y democráticos de derecho avanzan, los demagogos se van afianzado en mayor cantidad y medida en el poder, tanto directo como indirecto. Se llamen Sánchez, Iglesias, Abascal, Aznar, Puigdemont o Rufián.

Pulitzer dijo que “Una prensa cínica, mercenaria y demagógica producirá un pueblo cínico, mercenario y demagógico.” Pero la prensa, esa actual palmera del poder, no es demagógica porque sí. Lo es porque recibe dinero, para fomentar la “actitud” o la frase empleada por cada gobierno (“Talante”, “Madrid nos roba”, etc.) para que la masa pueda creer que, invocando el conjuro de “la actitud”, se elevará por encima del conocimiento saliendo de su mediocridad intelectual y pudiendo mirar por encima del hombro a quien sí posea el conocimiento necesario para usarlo en su beneficio.

Bajo el prisma cultureta, la “actitud” se podría asemejar a esos supuestos “enfant terrible” de las letras o de las artes que se permiten el lujo de darle patadas al diccionario o a la gramática o a un relato coherente en cualquier película o a una pieza musical. Todo para pasar por originales excéntricos y pretender sobresalir por encima la media. Lo malo es que, en lugar de esforzarse como todo hijo de vecino y aun teniendo las herramientas y conocimientos suficientes optan por la “boutade” fácil o el discurso solemne pero hueco para llamar la atención. Forman parte de la vertiente intelectual de “la actitud”

“Todavía vivimos bajo el influjo de argumentos demagogos y absurdos, que aseguran, con una simpleza insensata, que el pobre es bueno porque es pobre y el rico es malo porque tiene más.”
Rubén Blades

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