Kitty Collins: el gato más bello del mundo

Forajidos (The Killers, Robert Siodmak, 1946), es evidentemente, una obra maestra rotunda. Algunos la llaman el Ciudadano Kane del cine negro. Solo hay que verla para darse cuenta de que no le hacen falta etiquetas: es una de las grandes

Kitty Collins: el gato más bello del mundo
Ava Gardner y Burt Lancaster en una escena de Forajidos

El noir es un estilo que se suele articular en torno al crimen, las mujeres peligrosas, los hombres ingenuos, el inexorable destino o la no menos inexorable acción de la justicia policial. A todo ello podemos añadir ambientes de boxeo, billares o celdas, claroscuros herederos del expresionismo, diálogos cortantes y canciones insinuantes para obtener una combinación infalible. Todo lo que acabo de comentar aparece en Forajidos (The Killers, Robert Siodmak, 1946), evidentemente, una obra maestra rotunda. Algunos la llaman el Ciudadano Kane del cine negro, por su indudable genialidad y por su fragmentada narración en forma de diversas analepsis. Solo hay que verla para darse cuenta de que no le hacen falta etiquetas: es una de las grandes.

Siodmak (alemán que hizo las Américas tras pasar por el mudo y el expresionismo, como sus amigos Edgar G. Ulmer o Billy Wilder, por ejemplo, dos que visitarán esta columna no tardando) partía de un material tan breve como sugerente. El relato homónimo de Ernest Hemingway solo contaba cómo dos matones llegaban a un pueblo a matar al Sueco y, aunque conseguían avisarle, este no escapaba, sino que, cansado de huir, aceptaba su castigo como merecido (el guion terminaron haciéndolo Richard Brooks y John Huston, aunque ninguno lo firmó: cosas de Hollywood).

Solo la puesta en escena de ese memorable prólogo ya nos deja el corazón en un puño. El café es tal cual el de Halcones de la noche de Hopper, pero con más oscuridad y sombras. La banda sonora del tremendo Miklós Rózsa (tema memorable que fue copiado y plagiado) anuncia tormenta y amenaza brutal, aunque no se desencadena hasta que no llega la visita al Sueco. En sombras, un debutante Burt Lancaster se niega a escapar y acepta su destino sin moverse de la cama en la que mira al techo. Con un picado seguimos a los asesinos por la escalera y sus abrigos largos y sombreros ceñidos anuncian lo que va a pasar, aunque el Sueco solo mira a la puerta… Esta se abre y las caras de los asesinos se iluminan con los fogonazos de sus revólveres. El brazo desnudo del joven se desliza lentamente, soltando la barra de la cama y dejando escapar su vida.

Tan impactante presentación propiciaría otra versión desde el punto de vista de los asesinos (con Lee Marvin, Angie Dickinson y Ronald Reagan, casi nada, y casi tan buena como esta), pues eran ellos, como hicieran los guionistas, quienes se preguntaban por qué no había escapado el Sueco. En este caso, es un agente de seguros, el habitual e injustamente olvidado Edmond O’Brien, el que seguirá la pista de las personas que conocían al difunto exboxeador y expresidiario, las cuales serán quienes nos vayan dando pequeñas píldoras de su pasado, que el espectador va completando en forma de puzle.

Pero falta ella, claro. Sin Ava no hay paraíso. Sin Ava la película sería otra. Con apenas veintitrés añitos Ava Gardner, que había hecho diversos papeles pequeños y ya se había casado y divorciado de Mickey Rooney, irrumpe en la historia del cine como Kitty Collins y hace que Burt Lancaster pierda la cabeza. Y nosotros con él. El célebre vestido negro con hombros al aire apenas sale cinco minutos y, más aún, Kitty no creo que esté en pantalla más de veinte. Sin embargo, su presencia domina la historia desde que la vemos y sus rasgos felinos (su nombre, sí, pero es que hasta pide ¡un vaso de leche! en un local, porque no ha comido…) oscilan entre el ronroneo y las uñas, sin que uno sepa qué le va a tocar en cada instante. Su memorable final completa el carácter de su personaje en otra escena para el recuerdo: cuando pide a un moribundo que diga que ella es inocente. Canela en rama la gatita…

En Tossa de Mar le hicieron una estatua a Ava para recordar su paso, cuando rodó allí Pandora y el holandés errante (1951). Ava también interpretó a la diosa Venus en la ligera Venus era mujer (1948). Ni la estatua le hace justicia, ni como diosa está más divina que en Forajidos. Será que a uno le va el riesgo y está encantado de morirse de cine: Kitty, ronronea otra vez eso de The more I know of love y di que no te gusta el boxeo, porque no podrías soportar ver cómo pegan a un hombre que amas…

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