JUSTO, de Carlos Bassas del Rey

JUSTO, de Carlos Bassas del Rey

Si aún no te has dado cuenta de que la globalización capitalista es una máquina de normalización tanto del yo como de su contexto, y si aún no estás suficientemente persuadido de que la vejez es una forma de invisibilidad, lee el Justo de Carlos Bassas del Rey.

¿Y que es el Justo de Carlos Bassas del Rey?

Es una novela realista escrita en primera persona que sigue el ya tan socorrido modelo lingüístico minimalista de frases cortas, adjetivación austera, lirismo seco, sentenciosidad y enumeraciones constantes (puesto de moda desde el otro lado del charco por Philip Roth y Cormac McCarthy –a pesar de que aquí lo practicara ya antes don Pio Baroja-, y emulado últimamente hasta la saciedad por la Generación Nocilla –Agustín Fernández Mallo y demás-, por los llamados nuevos narradores –como el talentoso Ricardo Menéndez Salmón-, y por los nuevos narradores de novela negra híbrida –como el no menos talentoso David Llorente-)…

Pero no estamos ante una historia protagonizada por el lenguaje.

Es una novela con un personaje serial-killeren la atalaya de la senectud que nos presenta la vejez como un territorio agreste en el que se mata o se muere (uno que recuerda demasiado al protagonista de la excelente Ya no quedan junglas en las que regresar, de Carlos Augusto Casas), y que nos señala el crimen como modo de atemperar la asfixia vital…

Pero no estamos tampoco ante una historia de personaje.

Esto, más allá de su fraseo, de su “héroe” protagonista consciente de la decrepitud propia y la de su mundo, es una atmosférica novela sobre la Barcelona que fue y, por consiguiente, una novela identitaria de denuncia de la licuación de personalidad urbana que suponen la globalización, el turisteo y las políticas municipales economicistas que se vienen reiterando desde la Transición.

 

La trama versa sobre un abuelo de barrio paseador, rutinario, continuista, arraigado y teológicamente determinado por su nombre (o eso cree él debido al influjo mesiánico de su madre judía, pues le han puesto su nombre por los justos de la bíblica ciudad de Sodoma y, por eso, se cree nada menos que destinado a mantener el equilibrio entre el bien y el mal).

Pero ahora, ahora que hace tanto tiempo de todo como escribió Shakespeare, él sólo es un tipo que madruga sin saber por qué, que come el menú de la casa en el Damián con la silenciosa compañía de un exmarinero vasco y del propietario del bar, que conoce y recorre su barrio…Pero que está harto de la Barcelona actual en la cual ya no encuentra refugio ni en las viejas gentes de siempre, ni los viejos locales de siempre (ahora trasmutados en inmigrantes y franquicias por doquier)…

Justo Lesdesma, que así se llama, siente que Barcelona es una ciudad extraña para él, y que ya no quedan junglas a las que regresar.

Por eso no tardamos en descubrir que, harto de las transformaciones del tiempo en su piel y en la piel urbana de su ciudad, ha dejado lugar dentro de sí a la nostalgia nihilista, la cual paulatinamente deviene en ira. Y por eso Justo Ledesma siente que debe mejorar el mundo acabando con los que empeoran el mundo (todo como muy bíblico).

El caso es que Justo no sólo sufre esa suerte de arrebato de delirio mesiánico, sino que ante nuestros ojos realiza lo que Freud denomina el pasaje al acto: lleva cabo un acto criminal… Pero resulta que no es el primero.

él se ha convertido en Justo, “el hombre que barre la mierda de Dios”

A partir de ahí, y aunque pueda haber lectores a los que les resulte inverosímil la motivación entre existencial y determinista que convierte a este hombre tan sensato y asintomático en un vengador sangriento, aunque por momentos parezca que el autor maneja un corpus psicológico poco amplio (a tenor de la poco matizada mutación del personaje protagonista y de que todos los secundarios son personajes planos), lo cierto es que este criminal justiciero crepuscular se sumerge y nos sumerge en eso: en una maraña moral turbia en la cual caben organizaciones criminales en estado de alarma, polis corruptos, políticos más corruptos aun, personajes con varias caras, seguimientos, persecuciones, enfrentamientos a tiros y cuchilladas, traiciones y hasta emboscadas…

Todo porque él se ha convertido en Justo, “el hombre que barre la mierda de Dios”.

Sin duda he aquí una novela muy recomendable, con un arranque estupendo, con un personaje bien definido, con una ambientación vívida y con buen ritmo narrativo (todo a pesar de que tenga caídas de intensidad, y de que el desenlace no logre la gran altura del arranque ni de toda la primera mitad de esta obra).

Lo mejor de este libro: el personaje.

La mejor novela de este gran autor: está por llegar.

No se fíen de la sed.

Ohhyeah.

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