José Martí Gómez, el maestro de la libreta ajada

Martí Gómez me endureció la piel, condición sine qua non para crecer como periodistas en este mundo marrullero y terriblemente narcisista que es el periodismo de sucesos. A él se lo debo.

José Martí Gómez, el maestro de la libreta ajada
Ilustración de Pepe Farruqo para eltaquigrafo.com

Murió José Martí Gómez. ¿Quieres saber de algún periodista mediocre o cobarde?: Pues busca entre aquellos que han criticado a este viejo periodista.

Le conocí hace 30 años cuando coincidimos en Radio Barcelona de la Cadena SER. Yo era un postbecario que vestía calcetines blancos y rizos a lo Bisbal (a mí personalmente me gusta más decir a lo Mark Hughes, pero la verdad que aquel futbolista con quien tanto me identifiqué es mucho menos conocido que el exnovio de Chenoa), y José Martí era un periodista veterano, consagradísimo, pero todavía competitivo.

Mi mentor, amigo y maestro, Luis Rodríguez Pi, nos hizo de celestina y de su mano, gracias a su iniciativa, tuve la oportunidad, cuando más falta me hacía, de compartir largas sobremesas con aquel tipo que estaba dos generaciones de periodistas por encima de la mía, es decir, un tipo al que sin duda convenía escuchar con especial interés.

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Un día de la década de los 90, Luís, Martí y yo comimos en un pequeño restaurante llamado ‘Trac’ al que se accedía a través de unas escaleras que descendían hacia una especie de sótano situado en la calle Pau Claris de Barcelona.

Allí, Martí Gómez me dio una gran lección, la primera. Cuando llegó el turno del café y la grappa, le pregunté por las fuentes de información, por cómo gestionaba él sus relaciones con ellas, por cómo se las ingeniaba para ganarse su confianza, para obtener, por ejemplo, teléfonos particulares (por entonces era mi verdadera obsesión: hacerme con los teléfonos particulares de polis, jueces, fiscales y otras gentes de mal vivir).

Martí sacó de una cartera de cuero que acostumbraba a llevar en bandolera, una agenda de piel del tamaño de un paquete de tabaco, ajada por el uso, colmada de tarjetas, fragmentos de cuartillas y de páginas de calendario todos ello sujetado por una goma de las que se usan para amordazar a los pollos, con la misión de impedir que aquel amasijo aquellos papeles se desparramasen. La sacó de la cartera, me la entregó y me dijo: “Aquí la tienes, el resultado de 40 años de oficio. Toma nota de todos los teléfonos que quieras”.

Fascinado como un niño al que le pones a su alcance una bandeja llena de pasteles, abrí la agenda al voleo y recuerdo como si fuera hoy, que me saltó el nombre y el número de teléfono del exministro de justicia Francisco Fernández Ordóñez, liberal de la UCD que recayó más tarde en las filas del PSOE.

Como si actuase a contrarreloj, saqué mi libretilla y el bolígrafo para desvalijarle antes de que el abuelo entrase en razón y se desdijese ante tamaño ataque de generosidad. Pero… por alguna extraña razón me detuve y le miré en silencio. Y pensé… ¿Dónde está la trampa?
No se lo pregunté, pero él me respondió: “Apúntatelos. Todos si te apetece. No te van a servir de nada. El valor y la consiguiente efectividad de la posesión del número de teléfono de una fuente de información no es tenerlo, es haberlo conseguido”. Le devolví la agenda, él la cerró y rellené las copas de grappa por hacer algo que no resultase absurdo y sonreí, aleccionado.

Por entonces como digo y a pesar de su veteranía y larguísima trayectoria profesional, aquel hombre menudo, pulcro aunque algo desaliñado, seguía cabalgando, sin excesos y sin sobre actuaciones pero lo seguía haciendo con la mirada de lobo clavada en el horizonte de la siguiente notica. Aunque en mi opinión ni tenía edad ni necesidad de sacar los codos, efectivamente, tuve la suerte de conocerlo en estado puro.

En el año, 1997, explotó el llamado “caso Raval”, un supuesto caso de pederastia que salpicaba a políticos y líderes vecinales de Barcelona. Por entonces, el veterano periodista, colaborador esporádico en un par de programas de la SER, venía sólo de vez en cuando a la redacción. Aprovechaba para hacer alguna llamada caliente. Lo recuerdo como nitidez porque creo que le observaba con vocación de imitarle: Martí Gómez, acurrucado consigo mismo, concentrado en lo que estaba haciendo y blindado del exterior, sujetaba el articular y el puro humeante y mordisqueado con una mano y con la otra tomaba notas en una añeja libreta tipo moleskine. (Esa es la estampa que me llevo de Martí).


Durante aquellas visitas también aprovechaba para saludarnos. Y, por lo que a mí respecta, en aquellas fechas recuerdo que se mostró especialmente próximo y preguntón. “Qué, Carlos, ¿Qué se cuece en Jefatura?, ¿Qué gran exclusiva nos tienes preparada?, ¿Qué se comenta por el Doble Vía –bar situado junto a la jefatura de Vía Laietana al que confluían al acabar la jornada los inspectores de los grupos OMEGA de la Brigada de Policía Judicial-?
Yo, pobre de mí, le respondía con pueril sinceridad: “Josep, que yo sepa, nada de especial”.

Efectivamente, un amigo suyo, un destartalado y genial abogado, Juan Antonio Roquetas, (defensor de buena parte de aquellos inspectores de policía que durante los 80 protagonizaron terribles casos de torturas y excesos de todos tipo y que tan amigos eran también de Martí), le había dicho que “los de la brigada”, amasaban una investigación muy escandalosa sobre un terrible caso de pederastia. Martí hacía días que se movía como un tiburón alrededor de esa noticia. Cuando tuvo el regalo bien envuelto en celofán y con el lacito al uso, decidió a hacer volar por los aires el asunto. Una tarde, con perfecto disimulo se personó en la redacción, y me dijo como sin darle importancia a la pregunta: “¿Sabes algo de un caso de agresión sexual a menores en el Raval?”. Y yo, cándido, respondí: “No me suena de nada”. Martí calló. Tenía lo que buscaba, se giró y se fue a pergeñar. Y yo, incauto y sin saber de qué iba la vaina, me quedé allí, a lo mío. Aquello fue una bofetada en toda la cara que me empezó a doler una hora después.

Eran las siete de la tarde. A las ocho, José Martí Gómez sin avisarme, con la seguridad de que el tema sólo lo tenía él (pensó que si yo no lo sabía, la competencia tampoco), se sentó en el estudio con premeditación y alevosía, henchido por el éxito en ciernes, para abrir el informativo de carácter nacional con la noticia relativa a la desarticulación de una truculenta red de pederastia alrededor del casal de Infants del Raval, una noticia que me competía, que no quiso compartir y para la que me utilizó.
¿Necesitabas esa medalla, Martí?

El mito se me cayó al suelo, lo he de reconocer, pero aquella segunda lección que, como ven, aún retumba en mi cara fue mejor y más útil que la primera: “El pan como hermanos, pero el dinero como gitanos”, le escuché una vez decir al maestro una vez, a posteriori.

Martí Gómez me endureció la piel, condición sine qua non para crecer como periodistas en este mundo marrullero y terriblemente narcisista que es el periodismo de sucesos. A él se lo debo.

A veces, cuando me abruma algún debate ético-profesional, cuando constato que gentes turbias se me acercan con propuestas que huelen a cloroformo, cuando se me arruga el estómago al constatar que hay gente que se aprovecha de mí y de mi oficio, para fines que no son propios ni de mí, ni de mi oficio, pienso en qué haría ante esas disyuntivas Josep Martí Gómez. Y me respondo, creo que con poco margen de error, que el viejo periodista haría lo que en aquel momento le conviniese, que por lo que se ve, es lo que ha de hacer la gente inteligente aunque ello no esté contenido en los diez mandamientos cristianos que tanto releyó Martí de joven.

Si, ya sé que es cuestión de estilos y no de épocas, pero las lecciones cuando son buenas (aunque quede en el alma el regusto amargo de la decepción) son imperecederas y cuando se te presentan conviene estar atento a ellas. Gracias José Martí Gómez en nombre de una generación de periodistas que te hemos mirado como el alumno mira al profesor. Hemos tomado buena nota de todo.

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