Inseguridad ciudadana: curiosas percepciones

Josep María Campos
Josep María Campos

La batalla para descabalgar a Ada Colau de Barcelona no da respiro. Son demasiados los intereses en juego como para desperdiciar cualquier oportunidad. Y sin duda una de las que pueden resultar más rentables, o eso es lo que piensan sus impulsores, es la inseguridad ciudadana o deberíamos decir “la sensación de inseguridad”.

A ellos les da igual, bien utilizadas las sensaciones, no las realidades, puede resultarles igual de rentables. No hay escrúpulos.

Barcelona es la gran urbe a la que están supeditadas no sólo las ciudades de la periferia, las del primer cinturón, si no también aquellas que aparentemente están más libres de la influencia inmediata.

Cuando la ciudad central ejerce una fuerte presión combinada contra las actividades delictivas (Policía Nacional, Mossos y Guardia Urbana) la delincuencia se desplaza a la periferia generando enormes dificultades en las poblaciones que no disponen de los recursos de la capital.

Pero es cierto que la influencia es una vía de dos direcciones ya que por rentabilidad comparativa resulta más productivo delinquir en la ciudad central que en la periferia: hay muchas más oportunidades y las penas a las que se arriesgan son las mismas.

Barcelona desde el 92 no ha dejado de crecer desde el punto de vista del interés turístico, incluso del turismo atemporal, lo cual es sin duda una perita en dulce no sólo para la delincuencia local, si no que actúa como un potente atractivo también para el conjunto del área metropolitana.

Muchas fueron las voces que señalaron que el desmantelamiento Can Tunis sin una política de reinserción planificada sobre cómo integrar a los más de 500 habitantes del Barrio, no sólo era un grave error que no iba a acabar con el trapicheo de la droga, si no que iba a provocar un efecto de expansión y de presión en la ciudad. Los narcopisos del Raval y de otros puntos de Barcelona quizá tengan su origen en esa falta de previsión.

La gangrena no se combate sólo cortando el brazo, necesita tratamiento. Si las actuaciones de erradicación física no van acompañadas de políticas sociales de reinserción, de oportunidades laborales y educativas no habremos avanzado nada, nos habremos limitado a trasladar o dispersar el problema.

Si se quiere generar seguridad en la población ésta no puede ser engañada con medidas publicitarias que no actúan sobre el fondo de la situación.

Esta mala praxis está provocando un fenómeno realmente preocupante que además se utiliza políticamente para hacer daño al rival: la sensación de inseguridad de la población, sin que las estadísticas lo avalen.

La utilización y el tratamiento mediático que se hace del problema del top-manta provoca inseguridad inducida, el problema del botellón de los jóvenes, su análisis y su utilización mediática provoca inseguridad, hasta tal punto que si vemos a cuatro jóvenes tomando cerveza en un parque nos provoca inquietud sin hacer ninguna otra consideración… tal es la situación a la que nos están llevando.

Esa sensación de inseguridad, yo creo que generada interesadamente para utilizarla como arma arrojadiza contra el rival político, caso Barcelona y otras ciudades, esconde las miserias y los intereses más espurios de los grupos de poder, interesados en generar inseguridad para desviar el problema sobre lo que realmente les interesa, derrotar al rival para continuar con la especulación urbanística, con la continuación del vaciado de la ciudad para ponerla al servicio de una promoción turística suicida con una visión cortoplacista, o en otros casos con el único deseo de convertir a la ciudad en la capital del procés independentista.

Con todo, creo que el primer objetivo lo han conseguido: generar la sensación de inseguridad en la población como decía más arriba, sin datos que avalen esta sensación.

Han conseguido que los ciudadanos y ciudadanas se olviden que lo que realmente provoca inseguridad ciudadana, son los contratos basura para jóvenes y no tan jóvenes, que lo que provoca inseguridad ciudadana es la brutal especulación en los alquileres que arroja cada día a más trabajadores a la calle aún teniendo empleo, la eliminación de camas en los hospitales, la no contratación de profesionales de la sanidad, el aumento de la ratio en las escuelas públicas, la escasa contratación de profesores y el escandaloso abandono en los mantenimientos, la pérdida continua de poder adquisitivo de nuestros mayores, la paralización en las ayudas a la dependencia, la falta de recursos, de medios y de voluntad política para garantizar la aplicación de las leyes sobre violencia de género.

Estas son algunas de las causas de la inseguridad ciudadana. Curiosamente quienes más atizan el fantasma y la sensación de inseguridad son precisamente los responsables de las políticas que la generan.

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