Inacción

Ricardo Gómez de Olarte

Hablando con un conocido mío, ‹indepe› él, con el que mantenía un intento de financiación de un proyecto en Latinoamérica, me vi en la obligación de comunicarle que el fondo de inversión que había encontrado, dada la actual situación en Cataluña, y aunque el proyecto estuviera radicado en Latinoamérica, preferían invertir en otros sitios menos problemáticos.

Mi conocido, ‹indepe› él, se quejó amargamente, pero no de que los fondos de inversión o el extranjero en general no quisieran o no supieran entender la problemática de una supuesta república catalana. El motivo de su lamento era la inacción.

De hecho, me vino a decir que lo que no se puede tolerar es la inacción. O se dialoga o se detiene a todos los que están dando por ‹retambufa› en las calles o carreteras. Huelga decir que me abstuve de recordarle sus propias palabras, hace escasos meses, cuando me decía que un poco de ruido estaba bien para llamar la atención, y que me llamó exagerado cuando le dije que a las masas las carga el diablo.

Mi conocido, ‹indepe› él, me puso el ejemplo de Francia con los chalecos amarillos. Según él, el gobierno francés tuvo mano dura con los manifestantes en las carreteras, pero luego ha cedido.

¡Santa inocencia! Los chalecos amarillos protestaban (al menos al principio) por la subida del impuesto sobre los carburantes. Macron cedió para prolongarlo durante todo el 2019, en lugar de hacerlo en los seis meses inmediatos a la promulgación del impuesto. Es decir, Macron ha cedido lo mismo que Juan Martín Díez, El Empecinado, esto es: nada. Pero como el ‹agitprop indepe› es la máquina del movimiento perpetuo, no cesa de arrimar el ascua a su sardina, aunque sea siempre mentira: del «Europa admitirá a una Cataluña indepe» hemos pasado a «Europa es una cagarruta que no sirve para nada». Y así, ad infinitum et ad nauseam.

Por su parte, un amigo, gallego y comunista de los de antes, él (culto y cultivado), me comentaba la resolución de la Comisión de Derecho Constitucional del Lacustre (por pantanoso, ya saben) Colegio de Abogados de Barcelona en el sentido de la coincidencia con mi anterior artículo referido a la colisión de derechos.

Vaya por delante que la referida Comisión no es que, precisamente, sea el Hola o el Marca. En cualquiera de los casos, mi amigo, gallego y comunista, él, se congratulaba de que alguien del Colegio de Abogados dijera algo de una vez (su expresión estuvo adjetivada de forma más contundente).

Continuó diciéndome que, en algún momento, habrá qué decir basta, que reconocía el derecho de la gente a manifestarse y expresarse, pero lo que estaba viendo era un secuestro de la mayoría por parte de la minoría y eso no puede permitirse.

Repliqué con una obviedad: Sánchez necesita a los ‹indepes› para seguir llevándoselo crudo y Pablito, aún más, ya que para clavar su clavito y tocar pelo, necesita, como aire que respira, a los ‹indepes›. Sin darse cuenta de que los mismos autonomistas (vascos y catalanes) con los que pactaron González y Aznar —y los derribaron— fueron los posteriores ‹indepes› (catalanes y vascos) que dejaron caer a Rajoy y auparon al mentiroso Sánchez, ¿por qué Sánchez va a ser diferente a los demás? ¿Porque es progresista? Yo era delgado, cachas y guapete. Ya no. Pero soy más sabio. Aprendí de mis errores y de algunos ajenos. No es, parece ser, el caso de los mentirosos Picapiedra (Pedro Picapiedra y Pablo Mármol).

Mi amigo, gallego y comunista, él, me preguntaba ¿qué legitimidad material puede tener un Guardia Urbano o un Mosso que le impide el paso para proteger a sus señoritos manifestantes? Continuaba diciendo que todo era un paripé, porque al final pactarían PSOE y PP, ya que las viejas glorias como Felipe González, Alfonso Guerra y Rodríguez Ibarra abogaban por ese Pacto de Estado. Y del otro lado, gente como Feijóo, también. Incluso que hay gente en Unidas Trincamos con idea de Estado. Me opuse a esa idea, aduciendo que el votante del PSOE es una Anabel Alonso cualquiera, gente que ha medrado a la sombra del PSOE pero que considera a esas viejas glorias como jarrones chinos, sin darse cuenta de que ella misma es, a su vez, otro jarrón chino que arrastra su mediocridad en disputas de Twitter para llamar la atención y ver si la contrata alguien.

En cuanto a la idea de Estado que puede tener cualquier mindundi de Unidas Trincamos, aduje que en ese partido tienen una idea del Estado delirante, dada cuenta de que su modelo de Estado es el de Maduro. Es una izquierda coja, manca y leprosa, a la que le caen su socialismo y marxismo en cada etapa que alcanzan en la carrera del poder. Solo quedan referentes como Coscubiela, ya jubilado, y uno que empieza y no llegará nunca: Alberto Garzón.

En una época de mi vida, trabajé para un señor, extranjero, abogado, masón y traficante de armas por cuenta de estados. En esa ocasión, mi cometido fue una cuestión de derecho mercantil y bancario internacional.

Aprendí cosas buenas y malas de él. Según él, fue el primero en sobornar a Hugo Chávez cuando pertenecía a la Junta Militar venezolana que decidía sobre la adquisición de armamento a países que lo fabricaban, entre ellos España, y eludo decir para quien trabajó, en esa ocasión, mi posterior cliente.

Pues bien, en base a esa conexión establecida merced al tráfico de armas, mi cliente, según su propia manifestación, mantuvo una larga y fructífera relación con Chávez. A base de sobornos, las más de las veces propiciados por el propio venezolano, mi cliente y su grupo crearon un imperio en Venezuela: edificios, primero; barrios, después; ciudades, luego; hospitales, servicios públicos… De todo. Y en todo se lucraron Chávez, mi cliente y su grupo, con ingentes cantidades de dinero pagadas siempre en Suiza, que para eso lava más blanco. Y sucedió igual en otros países de Latinoamérica con otros presidentes de gobierno y que debo silenciar por secreto profesional y porque no está prescrito.

¿Cuál es la conclusión de todo ello? El capitalismo es tan sutil que pervierte, bajo el disfraz populista, a los gobernantes más acérrimamente comunistas. Así pues, asumamos la realidad y seamos consecuentes con nuestras necesidades. Aceptemos que necesitamos la pasta para vivir y cuanta más, mejor. Asumamos que no hay quien cambie el sistema. Por tanto, aprovechémonos del sistema.

Me niego a usar el tratamiento de Muy Honorable porque ni lo es ni lo demuestra. Señor Torra, tenga cuidado, que lo de “sit & talk” no se convierta para Vd. en “shit & eat it”. Llega la temporada de esquí y no se le ocurra cortar (es obvio quien maneja los hilos) las carreteras de acceso a Baqueira o Puigcerdá.

Para la burguesía catalana, eso es sagrado, incluida la minoría ‹indepe›. De lo contrario, quien suelta la pasta le cerrará el grifo y se acabará el soborno tácito del que viven Vd. y los que, como Vd., se lucran del independentismo, empezando por Cocomocho y su chacha/verdulera. No lo olvide: el independentismo es minoría en Cataluña. Las próximas elecciones autonómicas catalanas, las ganará el catalanismo que asuma antes que el independentismo es minoría. 

Pero a estas alturas, a pesar de su inacción y la de los Picapiedra, serán los ‹indepes› que tienen residencia en Arán o la Cerdanya los que acaben —me refiero políticamente (somos civilizadamente cobardes)— con Vd. y los suyos. Incluso los que, muy humildemente aspiramos a tres días en un hotel de medio pelo para ir con nuestra familia una vez al año, también dejaremos la inacción de lado. 

Ojo con la «ira de los justos» porque, como el buey manso, acabó matando al amo. Hasta ahora, los no independentistas han sido pacíficos. Por de pronto, la semana pasada, 60 no independentistas consiguieron ahuyentar a 15 ‹indepes› en la estación de Bellvitge, en Hospitalet, la segunda ciudad de Cataluña. No olvidemos que las guerras se pueden librar de mucha maneras; la primera, haciendo cumplir la ley. Ante la inacción de la Policía y la Fiscalía, basta la simple querella de un particular.

«Somos más sinceros cuando estamos iracundos que cuando estamos tranquilos»

Cicerón

«Ten el valor de la astucia que frena la cólera y espera el momento propio para desencadenarla»

Gengis Kan

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