Imposible en España

No nos podemos comparar con un pueblo que no ha dejado de hacer nada que no hiciera antes porque ni vive en las calles porque están heladas, y tampoco va a los bares porqué no tiene y disfruta del mejor estado del bienestar del mundo

nuria gonzalez

Desde hace una semana nuestro “nuevo mundo” antipático se divide en dos clases de personas, que son, las que salieron a la calle como cabra montesa, a disfrutar del permiso vigilado condicional que el Estado ha tenido a bien concedernos, y los que también han salido a hacer todo lo poco que se puede hacer pero, que mientras pasean, repiten como un mantra aquello de “verás tú el rebrote que va a haber en julio”, “dentro de un mes todos confinados otra vez” o el lamento “hay que ver la gente lo irresponsable que es”.

De los primeros conozco a muchos y de los segundos, a unos cuantos. Y confieso que no entiendo de dónde les sale ese “agorerismo” que invade a los mismos que acaban de sobrevivir sin un rasguño a la mayor crisis sanitaria de los últimos cien años. Secretamente creo que, sin ser un deseo, si llegara a ocurrir la desgracia absoluta de volver al confinamiento sepulcral, éstos son aquellos que tendrían casi una experiencia orgásmica diciendo: “Ya lo decía yo”.

Pero al margen de estos seres de negatividad con patas, quien más y quien menos se informa de lo que han hecho por esos mundos para volver a la vida (o a lo que nos ha quedado de ella). En ese estudio antropológico, en España han vuelto a aparecer las suecas, como si de una peli de Alfredo Landa se tratase.

Por suerte, esta vez nos ahorramos la parte del “cateto sexy” que, por una especie de milagro que jamás lograré entender, conseguía ser el objeto de deseo de todas las suecas con pinta de vikingas que aterrizaban en Benidorm en los años 60.

Ahora ya no nos fijamos en tetas y culos, sino en como ese país, al que todos los países se quieren parecer de mayores, ha vuelto a demostrar que, realmente, puede incluso que sean la versión evolucionada del ser humano. Personas 2.0, guapas y listas, que no es que estén retomando la vida y la libertad, sino que es que no la perdieron nunca en esta pelea a muerte contra el Covid-19.

En Suecia ni siquiera ha habido confinamiento como tal. El gobierno escandinavo ha confiado al buen hacer de sus poco más de diez millones de habitantes el cumplimiento de las medidas de seguridad adoptadas para salvaguardar la salud de toda la ciudadanía. No ha habido prohibiciones, y la famosa desescalada, igualmente, se realizará sobre la misma base, es decir, la corresponsabilidad de todas y todos los suecos.

Una maravilla que muchos dicen es imposible que pueda pasar en España. Pero eso, no es verdad. Cabe preguntarse si, por muchas razones, es comparable lo que ha supuesto el confinamiento en una sociedad como la sueca y en una sociedad como la española, y lo que ha sido ya posible.

De entrada, supongo que todos habrán notado que el confinamiento se hizo más aguantable en los días en los que hacía mal tiempo, porque con lluvia y frío, el sofá y la mantita son bastante apetecibles. Esta semana que estamos pasando, hemos tenido que sacar a toda prisa los pantalones cortos y las camisetas, porque ha hecho mucho calor en general, llegando a los más de treinta grados en el valle del Guadalquivir. En los primeros días de mayo. Y la gente, en sus casas, saliendo a la hora que le dicen, aunque sea disfrazado de runner, no vaya a ser que los policías de balcón empiecen con su juicio sumarísimo.

Comparen eso con el día más caluroso del año pasado en Suecia, que fue el 21 de julio, y donde la temperatura máxima no pasó de 22 grados. Su media máxima del año oscila entre los 6 y 13 grados y su mínima entre 4 y -1 grado. Con esas condiciones, el auténtico mérito no es confinarse por el coronavirus, sino que el meritazo es poder vivir siempre en esa nevera gigante. Yo también me quedaría en casa, ¡agradecida y todo! Por eso, en este aspecto, punto para los “irresponsables” españoles.

Otro aspecto a tener en cuenta en este ejercicio de “modelo a seguir” es nuestro modelo de relación social. Ya lo decía Sabina en aquella canción cuando sentenciaba que “sólo en Antón Martín hay más bares que en toda Noruega”. Intuyo que el vecino sueco no debe ser muy diferente en cuanto a lo que oferta de ocio se refiere. Y eso sólo responde a una razón obvia, que es, que, si no hay bares, es porque no los necesitan.

Sin embargo, para nuestra ciudadanía “irresponsable”, el bar es parte de nuestra vida, y de nuestra historia. Hasta el punto que cuenta la leyenda urbana que la Constitución Española del 78 se pactó en un bar y se firmó en una servilleta (como todo lo importante en la vida).

O como el caso del Partido Socialista Obrero Español, que ha cumplido esta pasada semana 141 años, los que han pasado desde su fundación en un bar de Madrid, donde hasta que hace dos meses nos echaron el cerrojazo, te podías comer las mejores croquetas y el mejor bacalao del mundo. Dos meses sin Casa Labra es un sacrificio que ningún tipo de Estocolmo va a tener que hacer porque ni siquiera sabe que existe.

Pero nosotros sí lo sabemos. Sabemos lo que es vivir en la calle, besarnos en los mofletes y achucharnos con cada persona conocida que nos encontramos o con cada nueva gente que nos presentan. Sabemos que la mejor terapia del mundo contra la depresión es el café, los vinos o las cañas con las amigas. Mucho mejor que el psiquiatra. Lo sabemos tan bien, que nuestra terapia contra el desasosiego en el confinamiento ha sido vernos cada tarde a las ocho en los balcones, para saber que seguíamos ahí. Y, además, todo lo celebramos alrededor de mesas llenísimas y eternas.

Muchas de esas mesas en esta crisis se han quedado vacías. Igual que las neveras, y que los bolsillos. Pero la gente ha permanecido en casa. Esperando el pago de los ERTEs que no llegaba, esperando las pruebas que no se hacían, o esperando las llamadas de los hospitales y las residencias de nuestras abuelas y abuelos, que nos dieran noticias de cómo están.

No hemos salido a quemar contenedores, ni a saltarnos el confinamiento para protestar por el hambre que se ha colado por los barrios y los pueblos. Nos hemos seguido quedando en casa, y no porque nos de todo igual, sino para cuidar y cuidarnos. Hacemos lo que nos dicen que tenemos que hacer para, se supone, estar todos mejor.

Entonces, compararnos con un pueblo que no ha dejado de hacer nada que no hiciera antes porque ni vive en las calles porque están heladas, y tampoco van a los bares porqué no tienen y que disfrutan (porque lo pagan con sus impuestos, así es) del mejor estado del bienestar del mundo y con las mejores prestaciones es, cuanto menos, poco equitativo. Y, teniendo en cuenta que nuestros datos de curados son bastante mejores que los suecos (curados en Suecia 19.54%, curados en España 57,91%), debe haber cosas que no estamos haciendo tan mal.

Es cierto, somos latinos, ruidosos, nos gusta el sol, la gente y la música, y la siesta, y la comida, y disfrutar mucho de la vida, pero, si somos capaces de dejar de auto boicotearnos un momento, igual llegamos a la conclusión de que hacer lo que estamos haciendo, dejar de hacer todo lo que hemos dejado de hacer, y seguir haciendo todo lo que hacemos, no tiene ni un ápice de menos mérito que lo que hagan en Suecia o en ningún otro lugar.

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