Historias de Mossos II

El policía, muy cumplidor él con lo del confinamiento, debió deducir que si la pareja estaba “dale que te pego” en el coche es que no debían de convivir ya que para eso tenían su propia vivienda. Lo cual rompía doblemente el confinamiento domiciliar

Ricardo Gómez de Olarte

“La policía no es tonta: si ve colillas sabe que alguien ha fumado”
Saber popular

Presentando armas

Esta historia transcurrió durante el confinamiento, en la provincia de Barcelona y en una zona de exclusión absoluta.

Mientras un coche de Mossos -con policía dentro- se encontraba “apatrullando” una determinada zona, observaron un vehículo detenido en un paraje solitario, en horario diurno y a la vista de todo el mundo. Eso sí, el mundo estaba confinado. Los Mossos se detuvieron a la reglamentaria distancia prudencial y el copiloto bajó para las verificaciones pertinentes.

Comprobó como los ocupantes se encontraban dando solaz a su espíritu, de natural fogoso. O en afortunada expresión de mi amigo Juan y que empleamos en casa: la pareja estaba “tomando el té”. Vamos, que debían ir más salidos que un par de mandriles y a falta de sitio para su desfogue, no se les ocurrió otra brillante idea que romper el confinamiento e irse con el coche a dar rienda suelta al calentón (¡con lo incómodo que es!).

El policía, muy cumplidor él con lo del confinamiento, debió deducir que si la pareja estaba “dale que te pego” en el coche es que no debían de convivir ya que para eso tenían su propia vivienda. Lo cual rompía doblemente el confinamiento domiciliar. Así que decidió interrumpir a los conejos (que no tortolitos) y solicitar la documentación. Verificada la de ella, resultó que tenía una orden de detención. Cumpliendo con su deber, la detuvieron, se la llevaron y dejaron al amante en posición de presenten armas y sin nadie a quien presentárselas. Claro que pedir que les dejaran terminar hubiera sonado a vicio o a cachondeo. O a cachondeo vicioso.

Cuchillero torpe

El sitio, una oficina bancaria. La cámara de la puerta graba a un tío que pasa por delante. Vuelve a pasar un momento después y se fija en el interior. Tres minutos después entra en la sucursal y saca un cuchillo jamonero de la manga. De hecho, la había comprado en una cuchillería vecina durante esos tres minutos de lapso entre que es grabado por la cámara en la primera ocasión y vuelve a aparecer por segunda vez.

Con las prisas y los nervios, el atracador ocultó el arma en la parte interna de la bocamanga, pero con el filo hacia abajo y al sacarla rápidamente (por aquello del golpe de efecto), se cortó todo el brazo. Evidentemente, al «apuntar» con el cuchillo al cajero, manchó a éste con la sangre. El bancario, que tenía más miedo a la sangre que al cuchillo, salió corriendo hacia el almacén, dejando al rey de espadas como un “eccehomo”. El choro, con el brazo herido y sin trabajador a quien intimidar se marchó chorreando sangre y sin dinero. La policía lo detuvo en el CAP mientras lo estaban curando.

Poder de persuasión o tener oficio

Entidad bancaria de esas que más que agencia de banco parece una cafetería Starbucks. Ya saben: sin ventanilla ni mostrador, muy “cool”, gente muy enrollada, etc… Pero que no sabes cómo resolver tus gestiones bancarias. Por no preguntar a un entusiasta joven y delatarte como auténtico lerdo de la modernidad, acabas cambiando de entidad o pateando media ciudad en busca de una oficina del mismo banco pero más hecha al uso anterior.

En estas que entra un hombre de mediana edad y se pone a hacer cola como todo el mundo. Cuando le toca a él, con toda la parsimonia, se sube la camiseta; saca un cuchillo; se lo enseña a la empleada y sin ninguna clase de aspavientos ni gritos, dice lo de rigor en estos casos, a saber: “Esto es un atraco”.

Unas horas después es detenido pues se le reconoce en un control ya que al ser un preso recién salido de una cárcel cercana a la ciudad de Barcelona, tenía su foto en la lista de excarcelados. ¿Y el botín? “Se niega a declarar”.

Saturación

No todo iban a ser parabienes, no se crean. Esta anécdota no es simpática. El caso es que a una íntima amiga mía, le dieron un tirón poco antes del confinamiento. La mujer en cuestión andaba por la acera del Paseo de Gracia, encima del cruce con la Av. Diagonal, mientras se acercaron por detrás, a bordo de una moto, un par de adolescentes. Chavales cuyo origen me lo ahorro, aunque el lector avezado, y más si es barcelonés, conocerá sobradamente. Le sujetaron la correa del bolso y dándole el tirón desaparecieron por el barrio de Gracia con el citado bolso y todo su contenido: llaves, documentación, dinero, tarjetas de crédito, fotos personales… En fin, lo de siempre y que ya es habitual en Barcelona.

En persecución de la moto, salieron dos Mossos de paisano pero, como era de esperar, los mendas no hicieron el más mínimo caso a las órdenes de “Alto policía” que gritaron los agentes. De hecho, fue un reglamentario “Aturis, policía” que los choros, o bien ignoraron o bien no tenían aprobado el nivel C de catalán y no pudieron entender.

Al cabo de un poco, la víctima pudo bloquear las tarjetas pero a los mangutas ya les había dado tiempo de hacer algún gasto. Habían cruzado la ciudad y en 10 minutos realizaron dos pequeñas compras en un estanco y en una tienda de una conocida calle transversal a la Rambla. Me personé en las cercanías y descubrí que en ese tramo de calle cohabitan varias cámaras de seguridad. Sugerí a mi amiga que llamara a los mismos Mossos (que tanta información le habían solicitado acerca de las circunstancias y contenido del bolso) y les pidiera que solicitaran el visionado de esas cámaras en el lapso de tiempo en el que se habían hecho ambas compras. De esa forma se podría intentar ver la cara de los presuntos e intentar identificarlos. Así lo hizo mi amiga mientras yo escuchaba a través del otro auricular conectado al teléfono.

Todavía me retumba en los oídos la respuesta de la policía autonómica: “A ver si para un tirón como este vamos a tener que andar montando un dispositivo así. Imagine esto para todos los tirones. Como sino no tuviéramos bastante con lo que tenemos”. Eso sí, la entrada y salida de Barcelona por la Meridiana sigue cortada cada noche con la total pasividad policial.

No sé si en el caso de los Mossos será falta de efectivos; desidia; conocimiento de que al minuto de declarar ante el Juez volverán a estar en la calle; que siendo menores ocasionan más burocracia; pasotismo; falta de instrucciones; o vaya Vd. a saber… El caso es que los ciudadanos catalanes, que esperamos de los políticos que dirigen a los Mossos un poco de sentido común (un poco, nada extraordinario), se nos está quedando una cara de mosqueo permanente. Y luego son esos mismos políticos los que se quejan de actitudes poco constructivas y nada buenistas.

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