Historias de Mossos (I)

Un amigo Mosso d’Esquadra, cuyo primer destino fue el de la comisaría de la Seu d’Urgell (Lleida), me contó varios casos.

Ricardo Gómez de Olarte

Go ahead, make my day / Anda, alégrame el día”
Harry Callahan / Clint Eastwood
Sudden Impact / Impacto Súbito

Un amigo Mosso d’Esquadra, cuyo primer destino fue el de la comisaría de la Seu d’Urgell (Lleida), me contó varios casos.

El atracador desahogado

El primero fue el de un caco bastante ceporro. Según parece, andaba el hombre tieso como un embutido puesto a secar en esa parte del Pirineo, cuando dio en localizar como objetivo un bar restaurante de un pueblo cercano a la Seu d’Urgell. Menús y comida más caseras que un árbitro.

El pueblecito es de esos de calle principal y poco más. El local en cuestión, como muchos de la zona, tenía un servicio de barra y cuatro mesas para desayunos, aperitivos y asimilados en la planta baja, y mesas para comer y cenar en el piso superior. La entrada desde la calle carecía de posibilidad de aparcamiento para vehículo ninguno y éste se encontraba detrás, en un descampado donde todos los parroquianos dejaban sus coches. De hecho, justo en la esquina delantera del local, hay un pequeño acceso con rótulo indicativo de “Parking clientes”, para que éstos puedan llegar a la parte trasera, que no es visible desde la parte delantera.

El caco, con toda su lógica criminal ibérica y sabiendo que en la montaña se suele comer pronto, entra en el bar, ya avanzada la hora de la comida, por aquello de encontrar la caja llena, pocos comensales y siempre gente de la pequeña población. Había dejado su vehículo ocupando el único carril adyacente a la entrada y que hay en cada sentido de la marcha, en la creencia de que sería un «entrar y salir».

A la altura de la caja registradora, esgrime un cuchillo de grandes dimensiones y el dueño le contesta, con toda la sangre fría, que el dinero está arriba. Nuestro atracador llega a lo alto de la escalera y choca con la cruda realidad, muy diferente a lo esperado. Diseminados entre las diferentes mesas de la parte superior (y hay 10) se encontraban dos patrullas de seguridad ciudadana (dos policías por patrulla), una patrulla de tráfico (otros dos por patrulla) —llevamos seis policías— y la dotación completa de un furgón ARRO (Área Regional de Recursos Operativos, es decir, refuerzos), entre cuatro y seis policías más. Total: un mínimo de 10 policías y un máximo de 12 comiendo en la misma sala a la misma hora.

Los policías que se encontraban de frente a la entrada, saltan de sus asientos para detenerlo y los que se encontraban dando la espalda a la puerta, se giran y, viendo lo que pasa, entran en conflicto con los ya levantados, para dirimir quién detiene primero al idiota de atracador al que no se le ocurrió observar la más mínima norma de cuidado, como era echar una visual al aparcamiento para controlar qué clase de clientes podrían estar comiendo dentro.

El sheriff

La segunda de ellas es la de una dotación de Mossos que, en un municipio de una comarca barcelonesa, observaron cómo un vehículo pisaba mínimamente una línea continua. Ni siquiera daba bandazos ni conducía de forma errática. Insisto, tan solo había pisado mínimamente una línea continua. La pareja de Mossos le da el alto, baja el copiloto de los policías, se acerca al conductor y le formula el clásico:

—Buenas tardes, caballero. ¿Conoce Vd. el motivo por el que le hemos parado?

Y la contestación del inquirido fue antológica:

—¿’Pougque’ voy ‘bourracho’, sheriff?

Acepta la prueba de alcoholemia y su resultado es de 1,02 mg/l de aire aspirado. Eso supone la ingesta previa de cuatro gin-tonics (o equivalentes) y la legislación española marca, como máximo, en 0,25 mg/l de aire aspirado, que equivale a una cerveza. Eso sí, en honor al detenido debemos concederle que había cogido un punto guasón.

Psicosis de culpa o crimen y castigo

Los Mossos reciben el aviso de una casa que tiene un altísimo consumo de luz y carece de contrato de suministro alguno, así que mandan a una patrulla a averiguar qué hay de cierto en la más que evidente defraudación de fluido eléctrico, por cuanto pinchar la luz, el agua o el gas constituye ese tipo de delito y la pena aparejada no es baladí.

Así que, allá que va la pareja de policías, llama a la puerta y, al abrir, aparece un sujeto envuelto en un enorme pestazo a marihuana. A pesar de que el atuendo ya da alguna pista sobre su profesión, los policías se identifican como tales y, sin mediar pregunta alguna, el ocupante de la casa, aturullado, se pone a llorar y, directamente, confiesa que tiene un cultivo de 1.000 plantas en su casa y otras dos plantaciones en otras dos naves situadas en tal y tal calle.

Conclusión: la Policía acudió por una defraudación de fluido eléctrico y terminó decomisando más de 5.000 plantas de marihuana.

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