¡He perdido a mi bebé!

Esa mujer había visto desvanecerse ante sí la razón por la que se estaba jugando la vida en un viaje que tenía más posibilidades de acabar en muerte que en una vida mejor

Nuria Gonzalez

I lost my baby!” fue esta semana el grito que nos hizo dejar de mirarnos nuestro ombligo covidiano cinco minutos para presenciar, de nuevo, el macabro y cotidiano espectáculo de la conversión de nuestro querido mar Mediterráneo en uno de los cementerios más grandes del mundo.

¡He perdido a mi bebé! gritaba una mujer joven y desgarrada, porque su hijo de seis meses había caído al mar al rajarse el suelo de la maltrecha Zodiac en la que pretendían llegar al destino de una vida menos indigna que de la que venían huyendo, que incluía hambre, guerra, violaciones, esclavitud y muerte. Todo eso que los que hemos nacido en la orilla rica del Mediterráneo, por una simple cuestión de azar, no hemos tenido que sufrir nunca. Al menos hasta ahora.

Esa mujer había visto desvanecerse ante sí la razón por la que se estaba jugando la vida en un viaje que tenía más posibilidades de acabar en muerte que en una vida mejor. La estadística se cumplió, y el pequeño Joseph (porque los refugiados e inmigrantes también tienen nombre y hasta alma), finalmente murió, después de haber podido ser reanimado por quienes consiguieron sacarlo del agua. Pidieron un rescate de emergencia que llegó, exactamente, una hora más tarde de que el bebé Joseph muriera, ante la desesperación de su madre y del resto de seres humanos empapados, congelados y atemorizados, y hasta instintivamente aliviados por no haber terminado su viaje como el niño.

Mientras, Europa mira impasible como su frontera sur es un auténtico matadero de pobres, que han tenido la desgracia de nacer en algunos de los sitios que desde los países ricos explotamos a placer para mantener nuestro insostenible nivel de vida “depredalotodo”.

Joseph no es el primero de los niños víctimas de nuestro sistema asesino que hace que la gente tenga que elegir entre la tortura, la guerra y la muerte o cruzar el mar sobre artefactos que ninguno de nosotros, gente de la orilla rica, subiríamos jamás.

No hace tanto dio la vuelta al mundo la imagen de Aylan, aquel niño sirio cuyo cadáver expulsaron las olas a una playa turca. ¿Alguien se acordaba aún?. Joseph, Aylan, y miles de niños y niñas que se mueren en las mismas aguas que ahora nosotros vamos locos por recuperar para que vuelvan los añorados turistas a alimentar nuestro sistema económico de dientes afilados y pies de barro, que un virus diminuto y letal ha destruido en menos de 300 días.

Ante este continuo espectáculo de deshumanización constante, hay quien en nuestro país aprovecha para hacer el discurso del “orden”, que en realidad es el discurso del miedo. Del miedo que tiene ellos, principalmente, porque no hay ningún racista valiente ni buena persona.

Me pregunto si esos bastardos racistas consideran un problema o un alivio que los niños como Joseph o Alyan hayan muerto antes de llegar a tierras españolas, y así no tengamos que gastarnos el dinero en “menas”, como les excita llamarlos.

Me pregunto si quienes hacen gala de su discurso xenófobo tras las siglas de VOX, y utilizando como portavoz del mismo al único negro que tienen en sus filas (por lo menos que sepamos), consideran buena o mala noticia que se invierta en pagarle a los dueños de los hoteles vacíos de Canarias para que alberguen (aunque la realidad es que se retienen), allí a las personas que llegan en los cayucos, o considerarían mejor opción que nuestra guardia costera hundiera las barcazas, como hace la obediente gendarmería marroquí, para así ahorrarnos esos cuatro duros.

Me gustaría saber si los racistas cobardes que escupen aquello de “que vengan, pero con papeles”, rechazarían la atención sanitaria de una doctora guineana, sin papeles, que fuera a ponerles un respirador en una UCI. Una doctora de esas que hemos tenido la desfachatez de contratar “sin papeles” y a la que, seguramente, vamos a devolver a su situación administrativamente irregular, con una patada en el culo, una vez haya pasado la urgencia de la pandemia.

Si se encuentran algún racista de esos que gustan de utilizar la bandera de España como excusa, pero que en realidad lo único que hacen es prostituirla para sus intereses, les preguntan todo esto. Yo lo he hecho y nunca he conseguido una respuesta. Es normal, los cobardes racistas no admiten su propia indigencia humana. Así son.

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