Hágase usted mismo, de Enzo Maqueira

HÁGASE USTED MISMO, DE ENZO MAQUEIRA

Tras el gran éxito de Electrónica (2014), ahora, en la cuarta novela de Enzo Maqueira (Buenos Aires, 1977) titulada Hágase usted mismo (Tusquets), este autor de prosa austera a lo Cormac McCarthy y a la vez tan heredero de la nostalgia y el compromiso de Haroldo Conti como del minimalismo narrativo de Guillermo Saccomano (por momentos vemos aquí cierto guiño a la pequeña joya de Saccomano El oficinista) intenta, en este libro, algo ambicioso y audaz: condensar tres novelas en una.

En efecto aquí hay una novela negra rural (country noir) con ribetes freudianos. Y una novela de ideas que incluye una sutil y acerada crítica contra la tecnología adictiva de nuestro tiempo. Y hay una novela que, en sus personajes, deconstruye los géneros masculino y femenino normativamente vistos a menudo como compartimentos-estanco… ¡Pero todo en poco más de cien páginas!

El protagonista de Hágase usted mismo es un joven hombre maltratado (violencia de género) por su volcánica y feroz exnovia Martina (una chica que es aficionada a la sodomización activa con dildos como Paul B. Preciado describe en su pionero libro, casi una biblia que es, Manifiesto contrasexual); uno que aspira a ser cineasta y que, para curarse la aspereza vital (¿seguro que la cultura y la creatividad curan de eso?), no para de tomar notas en cuadernos para posibles guiones de cine.

Él es, en verdad, un tipo disperso, insatisfecho, melancólico, hipocondríaco, creativo, muy necesitado de aprobación y en la fase aguda de una crisis de pareja y otra de identidad.Y busca algo más en su vida. Pero, ¿hay algo más?

Esta decantada nouvelle sobre la generación de los insatisfechos (la generación de los que repudian la neoliberal y aburguesada obligación de tener que ser feliz) de Enzo Maqueira, una obra muy rica en ideas y subtramas apuntadas de manera carpetovetónica pero no en argumento central sólido, comienza cuando el héroe urbano decide dejar a su tóxica pareja Martina, dejar su ciudad de Buenos Aires y hasta su adictivo teléfono móvil (el cual se había convertido casi en prótesis pegada a su mano), y, en vez de beber para olvidar, huye para olvidar intentando reinventarse: en su caso va a un pueblo llamado San Benito, en plena Patagonia… (San Benito es el lugar analógico, natural, rural y sin estrés donde pasaba los veranos de su infancia; el locus amoenus al que ahora regresa, entre canciones de Queen y evocaciones cinematográficas, para resetear su vida y, sobre todo, para escribir el salvífico guión de su primera película).

Pero, mientras transcurre el fluir de la conciencia en primera persona, nuestro protagonista empieza a saber que ahora San Benito se ha convertido en un desasosegante escenario que mucho tiene de las novelas country noir de Daniel Woodrell.

Y entonces toda su vida, por utilizar un cliché cinematográfico muy oportuno puesto que el cine es un elemento temático y formal de primer orden en esta novela saturada de elementos, se convierte en un flash-back.

Allí, en ese lugar como repleto de fantasmas y no del todo real, se encontrará nuestro protagonista con su pasado, y con el recuerdo de sus abuelos y sus amigos ausentes, y con sus propias imposibilidades y procastinaciones creadoras, con sus demonios, e, incluso, con la heterodoxa construcción de su masculinidad al margen de la masculinidad normativa dominante (por decirlo con palabras de otra pensadora de referencia de la teoría que es, Judith Butler), al tiempo que se topará también con la decepción que supone la cultura cuando se la cree vía única, segura e infalible de acceso a la felicidad, y se dará de morros del mismo modo con ese fracaso de la psicología y la filosofía que viene a ser la autoayuda (último bastión del neoliberalismo cultural, como apunta irónicamente ya el título de esta novela)…

Pero, tras tanta deriva existencial y tantos meandros del yo narrativo entreverados de densidad conceptual y de intertextualidad fílmica, de pronto se produce por fin un punto de giro argumental (uno de esos que tanto gustan al maestro argentino de los puntos de giro argumentales César Aira): nuestro protagonista mata a alguien de un modo imprevisible, y la novela pasa a ser, ya sí, una novela negra pura de oliva a lo Ernesto Mallo cruzado con Horacio Convertini… Aunque creemos que para el lector purista de novela negra ya sea tarde.

He aquí una novela demasiado literaria como para considerarla una estricta novela de género, lo cual no es un demérito sino un lujo.

He aquí, en suma, una rara novela negra de arte y ensayo; una novela inteligente, minimalista, densa y lenta que se pretende escrita tal y como filmaban los grandes maestros del cine Felini y Truffaut.

enzo maqueira
Enzo Maqueira

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