Gloria a Dios en las alturas, pero su casa no

Y sólo a 2 responsables se les ocurrió poner en práctica aquello de ayudar al prójimo, y abrir las puertas de las iglesias que subvencionamos todos

nuria gonzalez

Confieso que soy un ser cuya temperatura ideal para vivir ronda los 40 grados a la sombra. El inverno me aplatana y el frío me resulta muy incómodo. Me cabrea dejar de sentir el cuerpo y la piel debajo de tantas capas de ropa, y odio, por encima de muchas cosas, el polyester de los pijamas, que hace que vayas por ahí pegando chispazos de electricidad estática. Y la calefacción no es una opción si no quieres rehipotecarte para pagar la factura.

Sin embargo, los días lluviosos y ventosos me gustan, siempre que salir de casa sea una opción y no una obligación. Me parecen una oportunidad estupenda para observar la naturaleza en todo su esplendor, recordándonos que, por mucho que nos creamos, los seres humanos no somos nada en sus manos. Cada fenómeno climatológico es un baño de humildad y un aviso de que lo excepcional se puede volver habitual, y donde ahora contamos 13 muertes, podemos contar pronto 130, 1.300, 13.000, 130.000, etc.…

Cierto es que siempre ha habido temporales, pero tengo la estúpida sensación de que desde que los han personalizado bautizándolos, se han vuelto como más intensos. Y que más apropiado nombre para un “bautizo” (aunque sea climatológico) que Gloria.

Gloria se llevó a Juliana. Fue su primera víctima. Una mujer de 54 años “sin techo”, que vivía por los alrededores del parque de la Estación de Gandía. Murió de frío el lunes sobre las 6 de la mañana, después de rechazar ir a un albergue municipal.

Quién sabe por qué Juliana no quiso trasladarse a un lugar más seguro. Aunque puede que le pasara como a la mayoría: que cuando llueve te quieres quedar en casa. El problema viene cuando tu casa es el banco de un parque.

Incluso un juez tuvo que intervenir para que Juliana pudiera quedarse en su parque cuando el Ayuntamiento de Gandía trató de incapacitarla para poder trasladarla a un refugio. El juez dictaminó que por encima de su protección y el riesgo que corría, estaba su “derecho a deambular” libremente. En este caso, la decisión judicial acabó convirtiendo el derecho a deambular en derecho a la hipotermia mortal. Jueces.

Deseando que Juliana haya encontrado descanso allá donde esté, hay que decir que su caso no refleja el de la mayoría de las personas que por equis razones viven en la calle. Hay familias, niños y niñas, menores no acompañados, refugiados, o simplemente gente a la que un golpe de mala suerte los dejó sin nada.

Tengan en cuenta que a estas personas, al convertirse en “parias del capitalismo”, no les sale una capa de aislante bajo la piel, y esas personas, que muchas veces hacemos que no vemos, pasan hambre, sed, y en estos días, sobre todo pasan frío y miedo.

Gloria a Dios en las alturas, pero su casa no. Laura Pérez Barcelona
La teniente de alcalde de Barcelona, Laura Pérez

Toda esa gente busca un refugio cada noche, pero si la noche se presenta infernal, aún más. Para dar datos, en Madrid, en el último año el número de personas que viven en la calle aumentó un 25%, llegando a 2.800. En Barcelona se estima que ese colectivo asciende a unas 1.200. En ambas ciudades los sistemas de protección de gente sin hogar se han mostrado vergonzosamente insuficientes.

Mientras la teniente de alcalde de Barcelona, Laura Pérez, no salía hasta el martes a ofrecer 130 camas de emergencia (para 1.200 personas) en la ciudad de Barcelona, en Madrid hemos visto como los sin techo pasaban la noche de autobús en autobús, para mantenerse calientes, al menos, el rato de los traslados a albergues llenos donde ya no podía entrar nadie más.

Y sin embargo, enmedio de este caos humanitario urbano, dos personas decidieron cumplir con su obligación y hacer que gloria no fuera sólo el nombre de la catástrofe, sino también lo que se supone que debería ser, es decir, una muestra de la grandeza de Dios.

Gloria a Dios en las alturas, pero su casa no
El Padre Ángel, párroco de la Iglesia de San Antón en Chueca (Madrid)

Una de estas dos personas es un clásico. Es el padre Ángel, párroco de la Iglesia de San Antón situada en el barrio madrileño de Chueca. Él ya hace tiempo que abre las 24horas y da refugio a una treintena de personas cada noche.

El otro, también viene siendo ya un habitual de la solidaridad católica. Es el sacerdote Peio Sánchez, que está al frente de la Iglesia de Santa Anna en Barcelona, y que da de desayunar cada día a cientos de personas, muchos de ellos chicos menores no acompañados, y que el domingo pasado, en vista de la que el señor les enviaba, ya decidió que abriría su espacio cada noche para que las personas que lo necesitaran tuvieran donde dormir, secos y sin miedo.

2 sacerdotes. 2 iglesias. En 2 ciudades con millones de personas cada una. Para que el lector se haga una idea, sólo en la diócesis de Madrid hay 483 parroquias y 214 en la de Barcelona, 697 en total.

Gloria a Dios en las alturas, pero su casa no
Peio Sánchez, Iglesia de Santa Anna en Barcelona

Y sólo a 2 responsables, uno en cada ciudad, se les ocurrió poner en práctica lo que en teoría es el leitmotiv de la fe católica, aquello de ayudar al prójimo, y abrir las puertas de las iglesias (que por cierto subvencionamos todos con los impuestos a través del olvidado pero vigente concordato), para que la gente no muriera de frío. ¿Qué estaban haciendo mientras los 695 sacerdotes restantes? Y no sólo en Madrid o Barcelona. La Iglesia Católica en España es el negocio con más sucursales que existe. Puede no haber nada en un pueblo, ni personas, pero siempre hay una iglesia.

En ningún momento de la semana vi tampoco al mediático Papa Francisco, el experto en comunicación, comunicar a sus empleados con sotanas que utilizaran sus edificios para acoger personas en medio del temporal, y utilizar tanta riqueza e infraestructura para salvar vidas, y no sólo almas que enviar al infierno previo juicio sumarísimo. Ni en esta semana, ni en ninguna semana. Ni por el temporal Gloria, ni por el terremoto de Haití, ni por chuzos de punta que caigan en forma de plaga bíblica.

Es por estos detalles por los que una se acaba haciendo militante del anticlericalismo más radical. Y como además, soy niña de cole de mojas y conozco el “relato”, tengo el convencimiento de que, caso de presentarse otro mesías hoy, no sé si tendríamos paseos sobre las aguas o curaciones de leprosos, pero lo que sí estoy segura que veríamos en vivo y en directo sería la versión 2.0 del desalojo el templo de vividores y falsos hombres buenos. Los de siempre.

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