Gente que viene y Bach

Era rubia y alta como una Ofelia prerafaelista, de rostro retador, ojos como la luz de los túneles y una figura perfectamente estilizada conservada por la brisa de las siete de la tarde. ¡Sí, gente que viene y Bach: eso debiera ser el verano, pensé!

Luis Artigue

-¿Dónde has ido de vacaciones
-Yo, en vacaciones, intento aprender a quedarme…

En las ciudades de la España profunda que en realidad son pecados capitales de provincia no hay boca de metro pero si calles céntricas largas y lentas como un blues. Y ése es el auditorio palaciego de los artistas callejeros. Allí un guitarrista flamenco agitanado y guapo y yonki, allí un acordeonista eslavo demasiado gordo para el arte, allí la flauta andina de músicos colombinos la cual parece estar hecha con los restos de un galeón encallado, allí la belleza ambulante. Y el otro día –qué bueno es el verano y esto de ir por la vida sin planes para que se te llenen los bolsillos de sorpresas- una violinista de belleza como tenebrosa.

Era rubia y alta como una Ofelia prerafaelista, de rostro retador, ojos como la luz de los túneles y una figura perfectamente estilizada (una corporeidad mortal y rosa escribió en su día Pedro Salinas acaso sobre ella) conservada por la brisa de las siete de la tarde. ¡Sí, gente que viene y Bach: eso debiera ser el verano, pensé!

Y, allí, sí, ella tocaba en la calle, en nuestra vida, música de Bach repleta de encuentros y fugas y laberintos armónicos trufados de lirismo austero; ascético. Ella. Su cuello blanco. Sus gafas redondas y tan pequeñas que casi lloraban solas. Su gabardina entreabierta siguiendo el ritmo de los movimientos, corcheas, tiempo, mientras dotaba de un fondo musical al fatigado corazón de los viandantes. Le dejé unas monedas en el estuche del violín y me coloqué de frente, al otro lado de la calle y de la vida, espectador que soy de la ciudad que habito buscando siempre. Tal vez entonces pensé que éste era un encuentro sumamente plástico: el violín temblando, deslizándose, música en contrapicado como agarrada a una cornisa con una sola mano. Y ella: todo un personaje como a caballo entre La Vagabunda de Collette y La Maga de Julio Cortázar.

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Me senté en el suelo, el calor, el suelo, los pasos indiferentes que subían o bajaban de la catedral, la luz a medias de esta semana de increíble belleza, la violinista. En un determinado punto, tal vez había pasado un minuto o una vida, ella terminó otra pieza y me miró por encima de media sonrisa eslava que no olvidaré. ¡Era el momento! Me incorporé y me dirigí a ella con la mirada y con los pasos, descubriendo entonces que procedía de la República Checa y no hablaba español, pero sí un buen inglés. Conversamos acerca de su país, de la curiosa historia del violín… Y, como nada amo más que la gente con algo que contar o buen oído, se me ocurrió, cómo no, invitarla a cenar, y sorprendentemente aceptó.

Entonces me dijo que huía del hambre y la vida dura de su lugar de origen; me explicó que era hija de campesinos y, aunque había podido estudiar en Praga porque tenía familiares, allí no había trabajo para ella, y en vez de convertirse en un personaje depresivo de la novela de David Llorente Ofrezco Morir en Praga, o en vez de volver al pueblo, prefirió emigrar. Llevaba varios años trabajando en Italia, pero ahora se le había terminado el empleo y el visado y por eso se había vuelto a poner en ruta. ¡Qué valiente eres!, le comenté en algún instante. Ahora, con su violín nómada, venía desde Francia haciendo el Camino de Santiago, y tocando de ciudad en ciudad, e intentando de paso obtener los papeles que la permitieran “empezar a vivir en algún sitio”, como ella misma dijo…

Hablamos mucho ante una botella de vino, tal vez para que aquello durara.

Antes de despedirnos me regaló una hermosa composición suya para violín, efímera pero eterna. Entonces llegué a casa y me puse a escribir como poseso este artículo. La gente que me conoce pensará que me lo he inventado todo, y ésa es una incógnita que no pienso despejar. De todas formas está bien saber y recordar que los músicos callejeros también tienen su historia, y es una historia de sonrisas y alambre, de miseria y flores en algunas ocasiones.

Ésta era la violinista. Como en las buenas novelas si su historia significa algo o no significa nada no debe decirlo la historia misma. Aun así la próxima vez que vayan paseando con calma y los sentidos abiertos por las ciudades donde el tiempo no se ha vuelto loco, las ciudades que son pecados capitales de provincia, tal vez se la encuentren: su melena rubia, su violín, los ojos tan azules que parece que pueden teñir de luz las cosas, la gabardina entreabierta, Bach…

Si les ocurre, si tras escuchar sin urgencia una de sus piezas logran conversar con ella, si les habla de la vida, de la espuma de cerveza y lo pronto que anochece en Centroeuropa, por favor, díganle que Luis cumplió la promesa que le hizo, y ha escrito esto.

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