Gato negro de ojos verdes

Lara Adell

Los Gatos han llenado miles de páginas a lo largo de la literatura clásica y contemporánea. Su porte sofisticado y elegante hace que sea un personaje recurrente al que se acuda con facilidad. Pueden leer los cuentos de Edgar Allan Poe, Mark Twain o Haruki Murakami para comprobar que dichas afirmaciones son ciertas.

Una de las características más llamativas que lo desmarcan del resto de animales es su mirada. Los ojos de los felinos presumen de tener un componente que desconocen el resto de razas domésticas: llevan el instinto salvaje muy interiorizado. Son observadores y cazadores por naturaleza y su curiosidad muchas veces los ha llevado al hoyo. Eso sí, si el Gato es Negro, la emoción aumenta.

Pero la historia de hoy, queridos lectores, nada tiene que ver con una fábula o una superstición. Hoy me implico personalmente para contarles la historia del Gato Negro que me miró con sus Ojos Verdes hace tan solo unos días, cuando todavía estaba vivo.

Caía un sol plomizo a primera hora de la mañana. Salía yo de mi casa para ingresar de pleno en la jornada laboral cuando un bulto llamó mi atención. (Mi padre dice que siempre me busco los problemas yo solita, que no hace falte que nadie los llame por mí).

Estirado, en una posición demasiado relajada, un Gato Negro de Ojos Verdes me miraba desde el descansillo de una puerta. Lo primero que me llamó la atención cuando fijé mi mirada en la del felino fue lo sucio que estaba su pelaje. Ningún gato sano se pasea lleno de polvo o con sus ojos amarillos por las legañas (si no sabían este dato, solo tienen que emplear unos segundos en observar a los felinos de su barrio, siempre acicalándose cual Rodolfo Valentino en pleno cortejo).

Al acercarme (solo un poco, porque no soy muy amante de estos bichos y por tanto desconozco su reacción) noté como una parte del animal me pedía ayuda. La otra, que era la poca conciencia que le quedaba, me amenazaba haciéndose notar con el sonido de su bufido.

Tendrían que pasar varias horas (demasiadas) hasta que me decidiera a tomar cartas en el asunto debido a la nula implicación de la autoridad competente para este caso. Quizá estemos demasiado obcecados en cuidar de nuestras mascotas como para dejar entrar a otro animal en nuestro cupo de benevolencia humana. Sin embargo, es ahí donde se demuestra el verdadero amor por nuestros congéneres: cuando ayudamos desinteresadamente a un animal que no es nuestro, que no conocemos, que no amamos pero que sabemos que es un ser vivo y que, en este caso, está sufriendo.

Como me ha dicho más de una vez un escritor al que admiro: “de la abundancia del corazón habla la boca” y en ese momento, yo gritaba de impotencia y dolor. Tenía que hacer algo y lo tenía que hacer ya, aunque solo fuera darle una muerte digna.

Tirando de orgullo, consiguió alcanzar el cielo él solo (se lo tenía más que merecido). Aun así, me sentí satisfecha de saber que lo había hecho en unas condiciones donde percibió que alguien lo limpiaba, cuidaba y acariciaba en sus últimas horas de vida. No hay que ser muy sentimental para apreciar estos gestos y el Gato Negro lo tuvo en cuenta cuando cerró sus preciosos Ojos Verdes por última vez.

Gato negro de ojos verdes
Ilustración de Inés Santos

Pero la verdadera historia comienza ahora.

La historia empieza en el momento en que, antes morir, la segunda radiografía que se le practicó para administrar un tratamiento eficaz que luchara por su vida y le atenazara los dolores confirmó un hecho totalmente inesperado. Un perdigón alojado entre la vértebra 9 y la 10 de la columna lo había dejado invalido y le había bloqueado los nervios lumbares provocándole una inflamación en la vejiga y el colon que le imposibilitaba moverse, orinar y defecar.

Un perdigón señores. Déjenme que lo digiera para que me pueda expresar mejor.

En pleno S.XXI, un vecino de mi barrio se ha encargado de matar a un ser vivo disparando por la ventana un fusil de perdigones. Con dos cojones. ¿Cuántas personas vivimos en la zona de los hechos? ¿Unas 90? Bueno, ahora 89, porque le he quitado el título de persona al animal que tuvo la valentía de cometer ese acto imprudente y temerario.

Por la posición del balín, el disparo provenía de una ventana o un balcón o una altura superior a la del animal. Estos son los únicos datos con los que juego para denunciar públicamente que está prohibido utilizar armas dentro del casco urbano, que esta actuación está expresamente penada y tipificada por el código penal y que la ley castiga con penas de prisión a quien ejerce el sufrimiento o la muerte a un animal.

Pero ¿saben lo mejor? (tiro de ironía porque el humor se me ha acabado): A este ser humano inconsciente e insensible no le va a pasar nada. Con ese regusto que me provoca ardor todas las noches me voy a dormir: pensado que al día siguiente me voy a volver a encontrar en la misma situación (o en una mucho peor) y siga sin pasar nada. Que la Autoridad, que supuestamente vela por mi bienestar, no haga nada. Que la Seguridad a la que tanta fe profesamos (yo, ahora, un poco menos) no sea capaz de hacer nada y que la multa y la denuncia tampoco sea un ejemplo que valga para nada. Nada, ¿Lo han entendido?

Seguimos pensando que los animales no valen NADA. No obstante, aquí estoy, con nombre y apellidos denunciando públicamente un hecho que va más allá de la siempre muerte de un Gato Negro de Ojos Verdes, callejero e inocente, y lanzando una pregunta al aire que espero que algún día tenga contestación ¿Cuándo llegará el momento en el que alguien haga algo? ¿Ustedes lo saben?

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