Feliz Día del Tránsito

Todas las civilizaciones sin excepción han dado a la muerte su lugar central en la vida. La diferencia entre ellos antes y nosotros, instalados en nuestro fatalismo posmoderno, es que morir ahora equivale a un dramático final mientras que para nuestras antepasadas y antepasados muerte era sinónimo de viaje.

Los muertos de Colau
Opinión de Núria González para eltaquigrafo.com

Que nos vamos a morir todos es lo único seguro que sabemos desde que nacemos. Pero esta obviedad, parece que ha ido olvidándose a la par que nuestra sociedad caprichosa e inconsciente ha ido infantilizándose. Cuanto más tiempo pasa, menos parce que tengamos presente que desapareceremos en algún momento.

Pero esto es así ahora, porque nuestros ancestros se preparaban a conciencia para ello y es lo lógico, habida cuenta de que sabían, seguro segurísimo, que el tránsito de la muerte era algo inevitable. Es algo completamente fascinante cómo en las sociedades ricas y ultra consumistas nos hemos olvidado de prepararnos para muerte, cuando nos pasamos la vida preparándonos para todo tipo de eventos mucho menos trascendentes.

Por ejemplo, ¿cuánto tiempo dedica una futura novia a preparar su boda? Una cosa que dura sólo un día, que suele acabar en divorcio y que lo único que queda de ella es un álbum de fotos con el que torturar a todos los conocidos. Y digo novia, porque los novios suelen pasar de todo los que tiene que ver con el concepto de matrimonio, incluida la celebración del mismo. Y así, un montón de ejemplos como cualquier evento familiar.

Pero como decía, esta actitud completamente estúpida es nueva ya que, desde la más lejana antigüedad, todas las civilizaciones sin excepción, han dado a la muerte su lugar central en la vida. La diferencia entre ellos y nosotros, instalados en nuestro fatalismo posmoderno, es que morir ahora equivale a un dramático final mientras que para nuestras antepasadas y antepasados muerte era sinónimo de viaje o de tránsito y, ¿Quién no se prepara para un viaje y más cuando va a ser eterno?

publicidad

Los primeros que lo tuvieron clarísimo, de los que tenemos constancia escrita, fueron los del antiguo Egipto. De hecho, debemos a esta planificación de su paso a la otra vida las maravillosas pirámides, que no son más que tumbas donde además del finado cabía toda la familia y todo el oro que creían iban a necesitar en la otra vida. Me parece una gran planificación. Además, deben saber que el famoso “Libro de los Muertos”, en realidad no se llama así, y que ese título es sólo el que le hemos puesto desde nuestra judeocristiana mentalidad. El libro se llama en realidad “Libro para salir a la luz”, un nombre que explica mucho más el significado de cambio de ubicación que tenía la muerte en la época de los faraones. Además, tránsito a un lugar mejor, puesto que la luz, siempre es mejor que oscuridad. Mucho menos traumático que nuestra muerte actual.

La sinonimia entre muerte y viaje la encontramos también en la antigua Grecia, donde se enterraba o quemaba a los muertos (esto último era costumbre entre la gente con dineros), con dos monedas en los ojos porque había que pagarle al barquero que les iba a cruzar la laguna Estigia, imprescindible para llegar al Hades, el reino de los muertos. Otro viajecito hacia la eternidad en el que subyace la firme creencia de que la muerte sólo es un cambio de residencia. Pero bien planificado, porque una de las peores pesadillas de las y los antiguos griegos era no poder pagarle a Caronte (así se llama el barquero), ya que si no llevabas tus moneditas te tocaba vagar cien años por la orilla hasta que el barquero decidía cruzarte gratis. Un contratiempo muy estresante.

Nuestra tierra gallega también tiene su tradición en este sentido y es la auténtica precursora de lo que hoy los horteras hollywoodienses han convertido en Halloween. Antes de que los anglosajones lo piratearan, los celtas (gallegos, irlandeses y normandos), celebraban el “Samaín que era, por supuesto, otro viaje. En este caso, entre la estación de la luz y la de la oscuridad. Coincidiendo con el fin de las cosechas, los celtas cogían calaveras de sus enemigos muertos en batalla, las iluminaban y las ponían en los muros de los castros para espantar a los espíritus que salen a vagar esa noche. Con el paso del tiempo, se comenzaron a esculpir frutos propios de cada zona con caras terroríficas.

Lo cual me lleva directamente a mi celebración de la muerte favorita y la más espectacular del mundo, que es el Día de Muertos en México. En este caso el viaje es a la inversa. Son los muertos los que vienen del otro mundo a visitar a los vivos, en el más estricto sentido de la palabra “visita”. Se preparan los altares en las casas como se preparan las visitas familiares, porque eso es lo que se espera cada día 2 de noviembre. Por esa razón, y sin casi alterar su origen mexica y azteca, se coloca en el altar todo lo que le gustaba al muerto, especialmente comida y bebida que se va a compartir en familia. Hay elementos fijos, como una vela para iluminar el camino, una foto para que sepa el finado cuál es su casa, y un vaso de agua porque el camino es largo y llegan con sed. A partir de ahí, la fruta, la comida y por supuesto, el tequila y el mezcal, están presentes en estos altares, muchos más personalizados que los de las iglesias. Y pobre del que no cumpla la tradición y deje a sus muertos sin visita, puesto que nadie los cuidará en todo el año.

Aprovecho para despedirme de este tránsito inter dimensional haciendo un pequeño testamento vital público, que espero que alguien recoja si me toca “viajar pronto”. Celebren la vida hasta cuando llegue la muerte, y si toca celebrar la mía, quiero un entierro como el de Chavela Vargas. Dicho queda.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here