Fantasmas en el baile

nuria gonzalez

Mi medio de información y conexión con el mundo es mayoritariamente la radio. Siempre estoy sintonizada y no precisamente a la música. Me gusta muchísimo oír a la gente hablar todo el día sin necesidad de fijar mi atención en la caja tonta. Incluso confieso que sin su ruido de fondo no puedo dormir. Y esto me ha traído algún problema de convivencia que siempre ha ganado la radio por goleada, felizmente.

En una de esas conversaciones en las ondas escuché que un conocidísimo local de la ciudad donde yo estudié la universidad, que abrieron en esa época (no tan lejana) -y que hoy sigue abierto con el mismo éxito-, había ¡un fantasma! Y no sólo de esos que te comen la oreja en la barra intentado ligar.

«después de sobrevivir cada uno a su cena familiar, huimos rápidamente hacia el local en cuestión»

No, no. Había, según los expertos en la materia de lo sobrenatural, un fantasma de toda la vida en el sótano del famoso local. Incluso los investigadores habían podido grabar psicofonías, cosa realmente sobrenatural, ya que, con el musicón de fondo, el fantasma en cuestión tendría que tener por lo menos, voz de barítono.

Yo, por supuesto, en cuanto llegué a esa ciudad a pasar la navidad hace unos días, llamé a mi mejor amigo y le dije que teníamos que ir de investigación. En realidad, era sólo la excusa para salir a tomar unas copas y como a mi mejor amigo no le hace falta que le apriete yo mucho para estar listo y expedito para unas copas, la noche de Nochebuena, después de sobrevivir cada uno a su cena familiar, huimos rápidamente hacia el local en cuestión. Total, la noche ya iba de terror…

Obviamente lo de menos era el ser extracorpóreo. Sin embargo, sí hubo investigación de campo. Pronto mi nueva vocación de cazafantasmas quedó olvidada porque lo que estaba pasando ante mi y la conclusión a la que estaba a punto de llegar iba a dar bastante más sustito que cualquier criatura de inframundo.

Al entrar era todo bastante normal, un garito donde la gente baila, canta, bebe y disfruta. Bien. Pero, a eso de los diez minutos, ya te das cuenta de que hay algo raro que nada tiene que ver con lo paranormal.

«frente a mi, grupitos de chavales, muy jóvenes, todo chicos, intentando “ligar” a la espera del posterior pago»

Yo no soy muy espabilada para catalogar gente, ni siquiera sé cuando alguien es gay o no. Debe ser porque no me importa en absoluto, pero en general, como que cosas que para el resto son obvias, yo no me entero. Y sin embargo fue tan obvio aquella noche que hasta a mi me saltó la alarma.

Había frente a mi varios grupitos de chavales, muy jóvenes, todo chicos, que estaban allí intentando “ligar” a la espera del posterior pago correspondiente. Y no estamos hablando de un local sórdido ni escondido, no. Un sitio bien, de gente bien.

Por supuesto, luego investigué un poco más y claramente, estos chicos no van sólo a este local. Estos críos se mueven por todos los locales de moda de la ciudad. A la espera del ligue que les salve la noche, la semana o el mes.

La característica común de estos muchachos es que todos eran extranjeros, concretamente casi todos eran negro, y me atrevería a decir que rayando la mayoría de edad. Efectivamente, yo me apostaría algo a que eran críos que habían llegado a España como menores no acompañados y que ahí estaban encontrando su fuente de ingresos.

Lo que les ofrecía Europa era ofrecerse ellos para intentar sobrevivir a todo lo que les rodeaba. Que en su caso suelen ser mafias de tráfico de personas, drogas, hambre y desamparo. Y todo eso en un territorio donde mejor se gestiona la llegada de estos chavales. No había chicas “compañeras” haciendo lo mismo. Exclusivamente eran chicos.

Y si había oferta era, por supuesto, porque había demanda. Había puteros cerca. Pero unos puteros de los que se habla muy poco. Que son los puteros hombres que consumen otros hombres. Esta prostitución no está en los burdeles ni en los clubs de carretera con luces de neón, ni se anuncia en las webs de contactos. Se esconde en garitos de moda o en redes sociales como Tinder o Grinder, bajo una apariencia de ligoteo “altruista”.

«El fantasma que había en aquel local era el de la deshumanización que supone la explotación sexual»

Y no son solo tipos sesentones quienes acuden a este mercado. Las aplicaciones para “ligar” las utilizan los que más utilizan cualquier aplicación, es decir, lo jóvenes. Y allí había gente muy joven, nadie por encima de los 40 (ni siquiera yo) en todo el local. Entonces, la ecuación se volvió muy fácil de resolver.

El fantasma que realmente había en aquel local era el de la deshumanización que supone la explotación sexual, aunque detrás no haya un chulo, o tu chulo sea simplemente el camello al que le compras las drogas que te metes para poder soportar que eres un niño, solo en una tierra extraña, que no tiene más oportunidad para ti que ganarte lo que puedas en los lavabos de cualquier discoteca de gente bien.

Y tu “cliente” es alguien que apenas te saca unos pocos añitos, que podría ser tu amigo si las circunstancias fueran otras, porque lo cierto es que en la realidad, es tu joven violador.

Mientras, el resto de la gente bailaba y entonaba sin fallar ni una sola palabra de todo el repertorio reguetonero de moda, que parece infinito. Y ojo que yo no demonizo el reguetón. Tengo una amiga muy sabia que dice que si no te gusta es porque nunca te han perreado bien, y tiene razón. Pero con una basta o dos. A la doceava canción, de “dale duro, tetas y culo”, “te voy a poner caliente, mamá” o “mándame fotos desnudo mientras llego en un taxi”, pues como que ya se hace repetitivo.

«Si no estamos ganado a la violación con la libertad, en algo quizás está fallando nuestra manera de hacer llegar el mensaje»

Todas las chicas en el garito bailaban y cantaban eso, bien a gusto y bien divertidas, y no parecía ni darles un poco de grima ni si quiera dos horas después. Con lo cual, llegué a la reflexión de la noche, que me dio más yuyu que todos los fantasmas que Iker Jiménez pudiera reunir en asamblea.

Si la diversión consiste en prostitución velada y canciones totalmente sexualizadas, que apuntalan cada noche la normalización de la cultura de la violencia y la violación y a todas les divierte, quizás las mujeres que integramos el movimiento feminista -yo me incluyo-, deberíamos hacernos el propósito de Año Nuevo de empezar por el análisis de lo que hacemos y que siguiera por la autocrítica de nuestras propias acciones.

Si no estamos ganado a la violación con la libertad, en algo quizás está fallando nuestra manera de hacer llegar el mensaje. Tanta denuncia, tanta rabia, tanta indignación y escrache, para terminar viendo como algo normal que en cualquier garito la desigualdad se pague con violación, previa precariedad y pago, a quien así lo necesite.

No hay autotune en ningún reggetón, ni perreo en igualdad de circunstancias, que valga la pena esto. En algo estamos fallando. Necesitamos personas, no fantasmas, en la pista de baile.

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