Estambul y la embriaguez de sus historias

Bastan tres días para conocer Estambul, pero son necesarias tres generaciones para entenderla. ¿Están dispuestos a buscar la inmortalidad fuera de sus fronteras?

Estambul y la embriaguez de sus historias
En la plaza que une la Mezquita Azul con Santa Sofa el viajero puede probar sus fantásticos simitas turcos / eltaquigrafo.com

El sol nos guía sin prisa por el casco antiguo de Estambul. La música turca, cargada de platillos y caderas, es la banda sonora de un lugar que se despierta con el movimiento grupal de las palomas y el devenir silencioso de los gorriones.

Cuando la luz comienza a dibujar la silueta de las mezquitas y el pan sale a la calle para ganarse la vida, noto como mis intenciones buscan el legado histórico que ofrece la ciudad en forma de joyas arquitectónicas. Paseo, observo y escucho como las aguas de la Cisterna subterránea de la Basílica gorgorean tras la excitación de mis pasos.

Imagen de la cisterna subterránea de Estambul

Asomarse a la garganta de este gran foso acuático es como leer los relatos del escritor Burhan Sönmez (Haymana, 1965) que, en su libro Estambul, Estambul (Minúscula, 2019), describe las peculiaridades de cuatro hombres turcos que comparten celda al mismo tiempo que vivencias. La única condición que se reclaman para mitigar el dolor físico y emocional que padecen es buscar la caridad en las historias de su país, ya sean ficticias, biográficas, cuentos o leyendas.

Los giros dramáticos de la obra unidos a la ternura de cada relato dotan a la narración de una trágica contradicción, pues la novela es un escrito desesperado que se transforma en una carta de amor y sabiduría hacia la ciudad que les acoge y maltrata al mismo tiempo.

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Sabiduría como la de la gloriosa Santa Sofia que, ubicada en el distrito de Sultanahmet, se erige como la reina de todas las madres. El templo religioso, construido en el año V bajo las directrices del Imperio Bizantino, fue sede papal entre 1204 y 1261 y, tras funcionar como una iglesia durante más de nueve siglos, en 1453 fue tomada por los otomanos y convertida en mezquita hasta el año 1935, momento en que Mustafá Kemal Atatürk (1881 – 1938) la transformó en museo respetando su estética exterior.  

Mezquita de Santa Sofía

Atatürk, el resurgir de una nación (Grijalbo, 1972), es una de las mejores biografías que se han escrito sobre el hombre que le dio forma a la actual Turquía. Pese a que haya pocos ejemplares disponibles en el mercado de segunda mano, lavida de Atatürk narrada por el historiador escocés Lord Kinross (1904-1976) es tremendamente interesante si el lector quiere comprender la política de un país asediado por los continuos cambios estatales, de cuyas permutas han sido testigo los seis minaretes de la Mezquita Azul, actualmente en obras.

Para acceder a ella es necesario que las mujeres se cubran la cabeza con un pañuelo y que, junto con los hombres, se descalcen antes de acceder al recinto. En la plaza que une ambos monumentos es recomendable probar los exquisitos simit turcos, recién hechos y crujientes, mientras el viajero decide si quiere compartir un pedazo de gloria con los animalitos de la zona.

Perros durmiendo ante la Mezquita de Santa Sofía

A la derecha del impresionante templo musulmán construido por Ahmet I, nos topamos con al antiguo hipódromo de la ciudad donde los romanos jugaban públicamente con sus carros y caballos. A lo largo de la línea divisoria del recinto se encuentran las grandes reliquias del pasado: un obsequio de granito egipcio que fue transportado por el Nilo hasta Estambul, una columna de serpiente de bronce rematada con tres cabezas de culebra y la Columna de Constantino que, en la época bizantina, fue cubierta por placas de bronce brillante. Joyas, perlas y diamantes ensamblados de forma dinámica en lo que hoy es uno de los parques más emblemáticos de la ciudad.

Aunque el libro del escritor Juan Goytisolo (1931 – 2017) no esté basado en los primeros años de construcción de esta fascinante ciudad, sí que repasa las creencias, tradiciones y costumbres del Imperio Otomano, el de los sultanes y jenízaros, que se adherían tenazmente a sus rutinas demostrando su amor a la naturaleza y expandiendo su cultura por todo el mundo. Estambul Otomano (Península, 2015) es un relato breve pero intenso. Llamativo, seductor y didáctico sobre la exaltación y reivindicación de una sociedad mucho más libre de lo que se nos ha hecho creer en Occidente.

Antiguo hipódromo de Estambul con la mezquita azul de fondo

Estambul, la ciudad más grande de Turquía con el corazón comercial y cultural más bullicioso del país nos regala momentos inolvidables entre sus reliquias arquitectónicas, como la visita al Palacio Topkapi a la que acudo con la novela El harén de la sublime puerta (Edhasa, 2006) entre mis manos.

Imagen del pabellón rosa del Palacio Topkapi

Enredado entre hermosos pabellones, estancias y cámaras reales suntuosas, el Palacio de Topkapi brilla cuando la luz de atardecer se posa sobre los azulejos turcos. Ubicado entre el Cuerno de Oro y el Mar de Mármara, desde él se obtiene una vista perfecta del Bósforo. El mismo Bósforo al que acuden los vecinos a nadar, pescar y vivir.

“Estoy escuchando a Estambul, con los ojos cerrados

pasan los pájaros, de pronto

por las alturas bandadas y bandadas, trinando y trinando.

Se están cogiendo redes en los muelles

tocan el agua los pies de una mujer

estoy escuchando a Estambul, con los ojos cerrados”

Bastan tres días para conocer Estambul, pero son necesarias tres generaciones para entenderla. ¿Están dispuestos a buscar la inmortalidad fuera de sus fronteras?

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