Entretenimiento y mucho más

Hay quien la tacha de inverosímil o dice que ha envejecido mal, pero yo creo que Los tres días del Cóndor (Three Days of Condor, Sydney Pollack, 1975) sigue siendo un estupendo entretenimiento de espionaje y acción, que mezcla aventura hitchcockiana y callejones hardboiled, con gadgets jamesbondianos y unas gotas de teorías de la conspiración.

Entretenimiento y mucho más

Hay quien la tacha de inverosímil o dice que ha envejecido mal, pero yo creo que Los tres días del Cóndor (Three Days of Condor, Sydney Pollack, 1975) sigue siendo un estupendo entretenimiento de espionaje y acción, que mezcla aventura hitchcockiana y callejones hardboiled, con gadgets jamesbondianos y unas gotas de teorías de la conspiración.

Turner (Robert Redford) trabaja para la CIA leyendo libros y buscando en ellos posibles referencias a planes reales o filtraciones de agentes a través de ordenadores. Una mañana sale de su oficina encubierta a por el desayuno y, cuando vuelve, se encuentra a todos muertos a tiros. Cuando intenta ser “recogido”, tratan de matarle, por lo que ya no podrá confiar en nadie y tendrá que buscar la verdad por su cuenta.

El guion viene de una novela de James Grady que desconozco, pero el carisma de los actores y la buena mano de Sydney Pollack es suficiente para entrar de lleno en lo inverosímil del planteamiento. Dos chistes bien justificados. Cuando Turner, nombre en clave: Cóndor, trata de que la chica le crea y le explica su “trabajo” termina diciendo “¿Quién se inventaría un trabajo así?”. El novelista, claro. Por otro lado, los jefazos de la CIA se preguntan cómo puede ser posible que Cóndor sea tan habilidoso y la genial respuesta es que “Lee. Lee todo”. Esa apología de la lectura evita más explicaciones y transforma a Turner en experto en armas, política, conspiraciones y lo que haga falta… que para algo es Robert Redford.

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Redford venía de El golpe y El gran Gatsby y después rodaría Todos los hombres del presidente, demostrando su versatilidad y su calidad. Este falso culpable propio de Hitch es creíble como investigador y enamora en la intimidad, sin embargo, en la única escena de acción física también convence.

Pero en el cine no hay espionaje sin romance y la chica en cuestión es Faye Dunaway (que venía de Chinatown y El coloso en llamas y al año siguiente ganaría el Óscar por Network. Buf, vaya pesos pesados comparados con la cartelera actual). Faye tiene un papel algo pasivo y convencional pero se dibuja su personaje con las fotografías que hace y que cuelgan en su pared. Poéticas miradas de soledad con cierta vena romántica, que podrían justificar su tendencia al enamoramiento… (O ese guiño a Encadenados con primer plano de sus caras y un teléfono y una pistola de por medio).

Sin embargo, el personaje más memorable y cínico y, por tanto, más del gusto de la modernidad actual, es el asesino Joubert, interpretado por Max von Sydow. Elegante y misterioso, Joubert es un sicario a sueldo de quien le pague (sí, claro, gobiernos incluidos), sin principios ni miramientos. Su acento europeo le da un toque de distinción y sus escenas con Redford son magníficas. En especial, cuando le pregunta por qué hace lo que hace: “No me interesa el porqué. Pienso más en el cuándo, a veces en el dónde… siempre en el cuánto”.

Ese cinismo descreído casa perfectamente con la crítica a la CIA y demás agencias estatales oscuras, siempre diana de toda teoría de la conspiración que se precie. En este caso, la excusa es una agencia dentro de la agencia o, como dice también uno de ellos con tranquilidad, dentro de la “comunidad”. El idealista Turner se va crispando con cruces de palabras como balas: “¡Algo está podrido dentro de la Compañía!” “Nunca te habías quejado hasta ayer” “¡Nunca habíais empezado a matar a mis amigos hasta ayer!” y terminará con un guiño a la prensa como única tabla de salvación de la verdad… si es que publican lo que tienen que publicar. Final abierto y estremecedor que no puede considerarse feliz.

Y es que, como apuntaba al comienzo, tal vez Los tres días del Cóndor tenga más de cine negro que de cine de espionaje. Las calles de Nueva York y sus fríos edificios (por cierto, es la única película que se rodó dentro del World Trade Center), la sensación de opresión sobre el protagonista o ese tono existencial y desesperanzado de los personajes (ella, Joubert, el final…) no son propios de un final heroico y épico, sino más bien la enésima derrota vital del antihéroe que, en este caso, no sabe si vivirá un día o diez años. Como la vida misma.

Y terminamos con quien merece más que un párrafo. Sydney Pollack ganó el Óscar por la romántica Memorias de África, pero apunten Tootsie o Habana o Yakuza, que ya pasó por estas páginas. Siempre eficaz, algo romántico y con ciertos tintes sociales, Pollack tiene una notable carrera como director (y actor) y no se le suele citar en las grandes listas. No fue un genio, pero sí cumplía con aquella máxima de Hitchcock sobre qué es el cine: “cuatrocientas butacas que llenar”. Sin duda, Los tres días del Cóndor llenó esas y muchas más. ¿Solo “entretenimiento”? Ya quisieran muchos.

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(León, 1974) lleva más de veinte años ejerciendo como profesor de Lengua y Literatura en diversos institutos de la provincia de León. Ha impartido diversos cursos de formación para profesores, tanto presenciales como a distancia, relacionados con el cine. De entre sus publicaciones podemos destacar varias Guías para ver y analizar películas en la colección de las editoriales Naullibres y Octaedro. Como crítico de cine colabora en el Diario de León y en Onda Cero León. Ha participado como ponente en varios cursos de la Universidad de León, con la que colabora como investigador. Además, es uno de los administradores de la web www.archivo007.com, dedicada al personaje de James Bond, verdadera debilidad y pasión personal. Su última publicación es, precisamente, Ian Fleming y James Bond: Conexión España, donde se revelan todas las relaciones imaginables entre Bond y España.

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