En el nombre del padre

Les traslado mi sensación de que Felipe no es un corrupto, pero como eslabón de cadena dinástica (para lo bueno y para lo malo), por su propio peso, por ADN compartido, de forma consustancial, Don Felipe debía de saber que su padre era un tarambana

En el nombre del padre
Ilustración de Pepe Farruqo

“Yo no debo nada a dios ni al gobierno por haber nacido por el “c…” de mi madre”. Así acaba unos de los poemas más recordados del trovador urbano, Evaristo Páramo, alma máter del grupo La Polla Records, título que impuso a su conjunto musical en atención a la magnanimidad de su atributo genital, tal y como un día me explicó mi amigo Karra Elejalde.

Efectivamente, nadie debe nada a nadie por lo que hayan hecho o dejado de hacer sus progenitores. Nadie, menos el rey. El rey, sí. Como diría el propio Páramo en otro de sus ilustres poemas…: “Un rey no es rey por voluntad divina, sino porque sus antepasados se los montaron divinamente”. En consecuencia, si el rey emana y se legitima en el pasado, digo yo, que es responsable también de los vericuetos familiares de ese pasado, aunque sea del más inmediato.

Vayamos por partes. Al emérito Juan Carlos I se le atribuyen conductas simplemente repugnantes y que le sitúan (actúe o no la justicia) en el ostracismo más fétido de la historia. Sin embargo, Juan Carlos sí hizo, durante aquellos convulsos años de la Transición, un gesto de los que han pasado a la historia por loables. Tras la muerte del dictador, el rey mostró un ostensible grado de comprensión e incorporación al redil político de la incipiente democracia a las fuerzas de la izquierda. Eso, viniendo de un Borbón, auspiciado en la jefatura del Estado por el dictador y bajo cuya manta protectora se cobijaban la nobleza, la burguesía, la Iglesia y los resquicios de los cuadros de mando de la represión fascista, es, la verdad sea dicha, una postura, insisto, loable de esas que tiene que ser recordadas. Su hijo, no.  A su hijo, desde que es rey, solo se le recuerdan guiños a los sectores más decimonónicamente anclados en el inmovilismo español de mantilla y caspa. Vamos, que a Felipe VI le gusta la derecha de siempre. La del “no tócalo, no menéalo”. 

No tengo la más remota idea pero les traslado mi sensación de que Felipe no es un corrupto, como si parece que lo es su padre (que, como publiqué en un reciente tuit, “huyó de España con el rabo entre las piernas”). Felipe no parece un corrupto proactivo pero como eslabón de cadena dinástica (para lo bueno y para lo malo), por su propio peso, por ADN compartido, de forma consustancial, Don Felipe debía de saber que su padre era un tarambana. Pensar lo contrario es un insulto a la inteligencia. Y yo me pregunto…: ¿Se lo hemos de perdonar? Digo, lo de las comisiones, los mamoneos, las prebendas, el dinero B –no entraré en cosas de alcoba, que eso compete a doña Sofía-. Se me antoja que no. Por salud democrática, no deberíamos. Es como el que perdona un adulterio de hotel y cenita. “Si ya sé, cariño, fue un accidente, sí, pero… ¿sabes qué?, que desde ese accidente tienes antecedentes y eso, ¿sabes qué?, a muchos les resulta un hándicap para conseguir trabajo… ¿lo entiendes, mi amor?” y el portazo sonó como un signo de interrogación, cantaba Sabina. 

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Decía sarcástico Evaristo en otro de sus célebres poemas, “Todo está dónde debe de estar. Todo es como debe de ser”, en alusión al statu quo español. El otro día me dijo mi amigo Manel: “Carlos yo no soy ni seré indepe. Bien lo sabes. Pero si puedo votar, votaré la estelada y que se jodan”. ¿Lo entienden? Manel no le debe nada a nadie pero algo sí arrastra de su padre, D. Manuel, histórico simpatizante del partido socialista: le debe la dignidad heredada y a no comulgar con ruedas de molino. 

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