El trile

En las primeras jugadas, el “julai” gana porque el “trilero” propiamente dicho, maneja las cartas o la bolita lo suficientemente lento para ver la postura ganadora

Ricardo Gómez de Olarte

Casi todo el mundo sabe de qué va el supuesto juego del trile. Digo supuesto, porque de juego nada. Es un timo ejecutado entre varias personas y tiene más años que el viajar a pie. Debe ser efectivo porque continúa practicándose. De lo que es fácilmente deducible que todavía quedan suficientes primos en este mundo como para que un timo tan conocido siga siendo lucrativo.

Para aquellos que ignoren la mecánica, ya adelanto que es ese timo en el que se trata de adivinar una carta concreta de entre tres o en qué cubilete de entre tres está una bolita.

Normalmente hay muchos mirones y algunos de ellos hasta apuestan. Son los denominados “ganchos” para atraer a los ingenuos. Incluso discuten entre sí y con el que maneja cartas o bolita que siempre acaba haciendo ver que cede. Hasta que pasa un incauto –ya sea nacional o extranjero- y pica.

En las primeras jugadas, nuestro “julai” gana porque el operario o “trilero” propiamente dicho, maneja las cartas o la bolita lo suficientemente lento como para que todo el mundo pueda ver la postura ganadora.

Cuando hay suficiente dinero en la apuesta, el “trilero” hace desaparecer la bolita que, en realidad, nunca llega a estar bajo ningún cubilete. Un compañero de profesión me comentó que en cierta ocasión un grupo de jugadores de rugby se acercaron para apostar al trile y cuando hubo una cantidad de dinero importante encima y la jugada estaba hecha, el supuesto incauto bloqueó las manos del trilero y otro compañero levantó todos los cubiletes demostrando la inexistencia de la bolita bajo ninguno de ellos.

Los “ganchos” acudieron en masa para meter en cintura al osado sin percatarse de dos circunstancias: el primo iba acompañado y sus acompañantes abultaban lo mismo que él. Se lio parda y fueron los propios “aguadores” (aquellos cómplices que “dan el agua” o avisan de la presencia de la policía vociferando “¡Agua!”) los que acabaron pidiendo auxilio a la Urbana para evitar la somanta de palos que estaban recibiendo.

En cierta ocasión, cuando actuaba como abogado de oficio, me tocó defender a uno de estos “artistas”. Encaminé mis pasos a la comisaría de la Plaza de Cataluña, sita en el interior de la entrada del metro, en su parte Nordeste. De los calabozos me subieron a dos trileros y ante mi extrañeza –no podemos defender más que a uno por cada aviso del Colegio de Abogados- el policía me indicó que eran dos avisos diferentes y que mi cliente era el nacional.

En tanto en cuanto no comenzaba la declaración, mi defendido, veterano en estas lides, no cesó de jurar en arameo e insultar al otro detenido. Por mi parte, pensé que se debía a alguna diferencia de opiniones habida en los calabozos. El poli tampoco entendía nada. Pregunté al detenido qué sucedía y el hombre continuó invocando –no para bien- a la familia del compañero de penurias haciendo caso omiso de mis preguntas.

A su vez, el otro detenido, con un marcado acento del este de Europa, lo miraba con desprecio y al final le espetó que él también tenía derecho a ganarse la vida. Al mío casi le da una apoplejía. Como era de suponer, se negó a declarar y ya más calmadito, se giró hacia el policía y hacia mí para airadamente desgranar sus penas:

¿Pero Vds. no se han dado cuenta? ¿Pero han visto cómo trabaja? ¡Si es un chapuzas!
Ante nuestra evidente ignorancia, el timador patrio, asombrado de nuestra falta de conocimientos nos aclaró:

¡Pero si trabaja con una bola de papel y tres tacones vaciados! ¡Me está quitando el pan de la boca! ¡Así no se puede trabajar! ¡Eso no son formas! ¡¡Eso, eso…. Eso es faltar al respeto al cliente y engañarlo!!

El policía, ya muy curado de espantos le contestó con un “Claro, claro, claro. Lo que tú digas” Por mi parte tuve que fingir el consabido acceso de tos para enmascarar las carcajadas que no pude contener: ¡¡Un timador acusando a otro de engañar al timado!!

“¿Y qué podía hacer? ¿Acusarlo de hacer trampas mejor que yo?”
Doyle Lonnegan (Robert Shaw)
De la película “El Golpe”

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