El timo de la editorial

Añádanle también a los agentes literarios que son los que han estudiado algo la legislación y conocen a las editoriales, el tuerto en el país de los ciegos.

Ricardo Gómez de Olarte

Al hilo del mucho tiempo libre que la pandemia está provocando, a algunos nos da por darle a la pluma. Es decir, nos aburrimos y escribimos con pretensiones de publicarlo. Y es aquí donde el negocio está servido.

Salvando las autoediciones con autodistribución -sueño húmedo y normalmente ruinoso para Juan/a Español/a- muchas editoriales -no todas- ofrecen, con “gran sacrificio por su parte”, ayuda a los autores noveles.

Quien haya escrito un libro sin financiación o mecenas, sabe que debe perder unas 3-4 horas diarias escribiendo, quitándole horas a la familia, al descanso y a sexar pollos si esa es nuestra afición. Lo cierto es que si hay mucha suerte y se posee mucho tesón, en realidad podríamos conseguir pasar 2 horas diarias. En esas 2 horas, conseguiremos escribir 5 caras medianamente presentables. Es decir, 10 caras por semana. Para un libro de 200 páginas, 200 semanas. Si apretamos el acelerador, tardaremos dos o tres años. Si se nos da muy bien escribir y con una enorme dedicación de tiempo, lo podemos dejar en un año. Inscribimos el manuscrito en el Registro que corresponda y lo vamos enviando a diferentes editoriales.

En un libro con un precio de venta final, de 15€ las editoriales se reservan habitualmente el 50% del beneficio de la venta en concepto de diseño, maquetación e impresión. Con la argumentación de que las distribuidoras son los que llevan el gasto del transporte, acercarse a los dueños de las librerías, etc, se llevan el 20%. Las librerías otro 20%. Y, finalmente, el autor el 10%. A su vez, nuestra más que omnipresente Agencia Tributaria quiere su tajada y exige el 16% de retención de ese 10% del autor.

Llegados a este cruce de caminos (autor vs. editorial) debemos distinguir dos modelos. La editorial que abiertamente ofrece la coedición y la que no. La excusa será siempre la misma: el manuscrito no tiene salida editorial; es un autor nada conocido y el esfuerzo publicitario será mayor; etc… De esa manera es el autor el que paga los gastos de edición, tales como corrección de estilo, maquetación, imprenta, distribución, publicidad, etc…

¿Y la editorial? Pone su sello. Perdón, “PONE SU SELLO”, pero leído con tono de Júpiter tonante, pausas escénicas y dramatismo de actor de doblaje pasado de vueltas (como Luis Boixaderas/Rusell Crowe). Es decir, tú, amable escritor sueltas unos 2.000 ó 2.500 lereles por 800 ejemplares en la creencia de que tu opera prima estará hasta en la puerta de entrada de los lavabos de El Corte Inglés y en la entrada y delante de la caja. Incluso fantasearás con que Sánchez Dragó iniciará un nuevo programa de libros con tu obra y Pérez Reverte defenderá tu candidatura al sillón letra P mayúscula (P de primo mayúsculo).

Pero la cruda realidad es que como no seas tú quien mueva su propio libro en redes sociales (por gratuitas) solo venderás en tu obra entre tus 50 más allegados. El resto, almacenará polvo y será retirado de las pocas librerías a las que hayas conseguido convencer para que te lo expongan. Si por un casual se vende algo, o tienes un golpe de suerte y alguien con más peso te lo promociona, la editorial se frotará las manos y sin hacer nada se ganará una pasta sin haber puesto un céntimo.

¿Tan solo habrá puesto…? ¿No lo adivinan? Su SELLO EDITORIAL (recuerden el tono mayestático al pronunciarlo. Es importante). ¡Ah, se me olvidaba! La corrección de estilo ya no la efectúa una persona profesional del tema. La efectúa el corrector del programa informático Word, que se limita a poner de relieve la ortografía, la falta de concordancia entre los géneros y el singular y plural. En modo alguno te corrige la mala construcción de una frase y menos aún el resto de correcciones necesarias para escribir en el correcto idioma en el que lo hagas. Pero tú ya has pagado por ello.

La otra variante es la editorial que te dice que realmente sí paga ella la edición. Te ofrece un contrato más que ridículo. Es un contrato con ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica, esa enfermedad por la que se te aflojan todos los músculos y no te tienes en pie). Como es sencillito, el autor solo lee que es la editorial la que corre con los gastos de la edición. Pero no se da cuenta de que falta todo lo demás referente a nuestra corta pero intensa Ley de Propiedad Intelectual.

La editorial pasa el manuscrito por el corrector de Word y al cabo de un par de meses, con el autor ya impaciente, se lo devuelve para demostrarle el interés que tiene en la obra. El incauto, convencido del mimo que pone la editorial, dice a todo Amén Jesús. La empresa deja pasar un par de meses más. Incluso cuatro, para que el autor se cueza en su propio jugo. Y entonces le comenta al novato que el libro ya está, pero que existen unos gastos extras no contemplados en el contrato. Se refieren a los de maquetación, publicidad extraordinaria que incluye puntos de libro y otras muchas tonterías que no aparecían en el contrato. Lo malo es que sin eso gastos, es imposible continuar con la edición.

Llegados a este punto, a nuestro héroe literario no le queda sino palmar la pasta que le pide la editorial. Y ese dinero siempre coincide con los gastos de maquetación e imprenta. Es la huida hacia delante. La editorial, a su manera, cumple con un raquítico y escuálido contrato que no preveía esa coyuntura. El autor, mosca, afora la pasta, pero consigue ver materializados los volúmenes de su obra. Su vanidad se ve satisfecha.

Ahora viene la distribución. Supongo que a estas alturas todos habrán adivinado que esta parte tampoco está recogida en el contrato y que corresponderá al aprendiz de juntaletras distribuir su propia obra. Y si se acaba vendiendo bien, la editorial habrá cobrado su porcentaje y el de la distribuidora sin haber puesto ni un clavel. Si no se vende nada, nada le ha costado a la editorial. Evidentemente, lo de la publicidad es una quimera jamás realizada sino es por los contactos del propio autor.

Más tarde, cuando ya parece que todo está perdido, resulta que el libro se va vendiendo lenta pero firmemente. Incluso parece que puede dar lugar a una segunda edición. El autor exige a la editorial el lanzamiento de la segunda y la respuesta de la editorial suele ser siempre la misma: “no vale la pena porque esa temática ya no está de moda y no se venderá”. El autor, desesperado por el desamparo de su editorial insiste y al final se le ofrece una salida: “Compra los derechos sobre tu propio libro y que los valoramos en X euros (siempre el doble del coste de edición) y serás libre”. La editorial vuelve a ganar sin haber arriesgado nada.

Pero entonces, ¿Quién publica libros? Aunque no sean escritores, suelen predominar las personas que ya son famosas y sobre la que no hay que arriesgar apenas dinero. ¿Dónde acaba el trabajo de un corrector de estilo y donde empieza el trabajo de un “negro”? ¿Todavía hay algún ingenuo que cree que todos los famosos tienen el don de la redacción? Muy pocos famosos han dejado la televisión o la radio para centrarse en la literatura. Éstos, normalmente, escriben un librito y ya no vuelven a aparecer en los anaqueles de las librerías. Es una apuesta segura para las editoriales, las cuales se han industrializado.
Los escritores ya conocidos (por la misma razón) siguen escribiendo pero cuestan más de vender por el simple hecho de que no son fáciles. Se debe pensar y carecen de morbo.

A lo anterior, añádanle los agentes literarios (cobran su parte del porcentaje del autor) que son los que han estudiado algo la legislación y conocen a las editoriales (el tuerto en el país de los ciegos). Tienen una cohorte de lectores profesionales para buscar alguna buena obra. Como hay crisis, despiden a sus lectores y cuelgan el cartel de “no aceptamos más manuscritos”. Suelen pescar incautos en los talleres de literatura y así aseguran el tiro.

Es una especie de engaño a medias (nada que ver con la figura del derecho catalán) en la que muchas editoriales abusan de la vanidad de los autores, de su esfuerzo y de su ilusión. Nos acabamos creyendo lo que nos queremos creer y el listo se aprovecha de esa falsa creencia, de esa necesidad de creer.

“La mente de un hombre es capaz de todo, porque todo está en ella, el pasado y el futuro.”
El corazón de las tinieblas
Joseph Conrad

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