El testamento de una traición

Judas, El testamento de una traición

Rabia. Ese es el sentimiento que me ha acompañado durante toda la lectura de ‘Judas’. Rabia e impotencia porque él sigue vivo, porque aún respira. Rabia a que la historia no haya llegado a su fin y todo empiece de nuevo. El problema es que si vuelve a empezar, el pasado habrá sido un camino de rosas en comparación a lo que puede acontecer, pues la traición ya se ha gestado y la orden de asesinar está en marcha.

‘Judas’ es un relato desgarrador donde Astrid Holleeder (Ámsterdam, 1965), abogada criminalista y hermana del gánster más famoso de Holanda, Willem Holleeder (Wim) nos trasmite, a modo de testamento, el sufrimiento y la desesperación que tanto ella como su familia han padecido durante toda su vida. Una vida de maltrato, amenazas y extorsión en la que la agresión y la violencia se convirtieron en su estrategia comunicativa.

Escrita en el más profundo silencio y editada en secreto, su publicación en 2016 fue el broche que descubría el pastel, revelaba la identidad de Wim, apodado “La Nariz” y ponía fin a toda una vida de miseria familiar gobernada por un horror omnipresente.

“A un mal perro, a un perro que muerde, hay que meterlo en una jaula. O sacrificarlo”.

Dictadura y tiranía: estado de terror

Bajo el yugo de un padre megalomaníaco y celoso patológico, los cuatro hijos del “volcánico matrimonio” entre Stien y Willem padre, Wim, Sonja, Gerald y Astrid, viven una infancia de pesadilla intentando ser invisibles a ojos de su progenitor y así no llamar su atención. Una niñez donde se forjarán los trastornos emocionales que heredarían después. Pero cuando parecía, tras más de 15 años, que esa dictadura llegaba a su fin el hijo mayor, Wim, se convertía en su réplica, imponiendo su dictadura criminal. El monstruo renacía de nuevo y se abría la veda del autoritarismo.

Cerveza y dinero: el secuestro de Freddy Heineken y su maldición

En noviembre de 1983, Freddy Heineken, propietario y dueño de la fábrica de cervezas, era secuestrado por un grupo de encapuchados, entre ellos Wim y Cor van Hout, su cuñado, marido de Sonja, y puesto en libertad tres semanas después mientras toda Holanda se mantenía en vilo.

El pago de la recompensa fue millonario. Parte del dinero del rescate nunca se recuperó y eso fue el lastre que provocó los tres atentados contra la vida de Cor, que culminaron con su asesinato 10 años después bajo encargo del que había sido su hermano de sangre y amigo, Wim Holleeder, el psicópata que ya se codeaba con el hampa, el hachís y las armas, el mafioso de los suburbios holandeses.

Ese fue el inicio que daba paso a años de chantaje, agonía y suplicio donde los arranques de ira por parte de Wim eran el pan de cada día en la vida de la familia Holleeder.

Violencia, ira, amenazas, asesinatos y mecanismos de supervivencia son los pilares en los que se sustenta este true crime cargado de miedo y desesperación. Como una bomba de relojería a punto de implosionar, Astrid expone, en no más de 400 páginas, la dualidad en la que oscilan sus pensamientos y emociones, y que traspasan al lector, sintiéndose una judas para su hermano mayor, aquel que la cuidaba y protegía de pequeña pero a quien ella decide traicionar al ver peligrar la vida de su familia y de la gente que le rodea.

‘Judas’ vulnera la barrera cerebral del lector y convierte lo ilógico en cotidiano, mientras llena de exasperación tu mente. Una novela escrita a modo de diario y de seguro de vida, de capítulos cortos que “se disparan entre sí” donde la carrera por la supervivencia no ha hecho más que empezar.

“Viene a por mí, viene a por mí y no soy lo bastante rápida. Viene a por mí”

La justicia por encima de la sangre: “Holleeder derribado por sus mujeres”

Ese fue el titular con el que De Telegraaf abría la cabecera un 24 de marzo de 2015 y que traía consigo la entrevista de Astrid y Sonja tras las declaraciones y el pacto llevado a cabo durante dos años con el Departamento de Justicia.

Hartas de sus mentiras y engaños y gracias a la ayuda del periodista criminalista Peter de Vries, decidieron usar micrófonos para grabar sus conversaciones con Wim y obtener así, una confesión, comenzar a testificar y exponerlo ante la justicia, aun sabiendo que acudir a la policía nunca era buena opción, pues “nadie que hubiese hablado de él a la policía vivía para contarlo”.

Después de ‘Judas’

Sin fotos recientes ni noticias sobre su paradero, Astrid vive recluida tras cristales y puertas blindadas, como testigo protegido. Chaleco y casco antibalas, protector de garganta y un séquito de guardaespaldas, son los elementos que se interponen en la trayectoria de una bala. Su bala. Su hermano, desde una prisión de máxima seguridad, ha puesto precio a sus cabezas, la de ella y la de Sonja. 35000 euros por cada una con una única condición: Astrid ha de ser la primera.

La que fuera confidente de Wim se creó su propia cadena perpetua de la que salir significa ver tu foto en la esquela de un periódico, porque testificar contra Wim y sobrevivir son dos acciones que no caben en la misma oración.

Este true crime es una denuncia social en el que los lazos familiares llevan un peso que Astrid no es capaz de soportar y con el que ha de aprender a vivir, o sobrevivir, el tiempo que se le permita mientras la ambigüedad de sus sentimientos y su traición sigue siendo la carga que arrastrará mientras le queden fuerzas.

‘Judas’ cierra sus páginas con una carta de Astrid a su hermano en la que deja constancia de la rueda de emociones con la tuvo que aprender a vivir y que iban desde la ira y el desprecio hasta la compasión y la bondad, pasando por un sentimiento de traición hacia su propia sangre.

“Somos iguales, me decías muchas veces. Y en parte es verdad. Sé pensar como tú, razonar como tú y actuar como tú. Ese es el motivo de que estés encerrado… Sin embargo, a pesar de eso Wim, todavía te quiero”

La melodía de un true crime

Queridos lectores, me arriesgo a confesaros algo que creo que nadie, o muy poca gente, sabe aún de mí: los true crime me desbordan. Psicológicamente me agotan y emocionalmente me dejan vacía. Y no es por la abundancia de información, documentación o datos que se recogen en ellos. No, eso bien puede resumirse en un folio o en dos o, incluso, en diez. Son las inquietudes, las sensaciones, lo que el escritor deja entrever entre sus páginas.

El dolor, porque siempre hay dolor, que acaba perturbando a quien se deja llevar por los sonidos de sus palabras, unos sonidos que he de acabar dotando de música para compensar, porque cada true crime tiene su propia banda sonora que me permite poder fluir con él. Y cada vez que esa partitura vuelve a sonar, mi mente se traslada a esa realidad por la que alguien con nombre y apellido, tuvo que pasar. Y así será siempre. Es lo que en psicología llamamos condicionamiento clásico.

‘Judas’ es Ludovico Enaudi y su piano en Nuvole Bianche. Y aun así, sigue zarandeándome y no siempre consigue calmarme, porque 400 páginas de este diario son muchas confesiones. Demasiadas. La traición en el seno familiar no es un tema desconocido para muchos. La psicopatía tampoco. Pero cuando se mezclan ambos, añadimos dinero, armas y poder, y lo combinamos con una justicia que es todo menos justa, sale una novela de angustia, donde la desesperación apunta fuerte, en una época reciente, en un país donde el poder judicial tiene un gran peso, aunque aquí parezca que se mueva en función de cómo sople el viento. O de si viene un huracán.

Pero ya no hay más que decir, solo esperar que el desenlace ya se haya escrito con ‘Judas’, no exista la resurrección y no haya que reescribirlo de nuevo. En silencio y en secreto.

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Mi nombre es Alba R. Prieto, aunque alguno me llame nórdica. Soy psicóloga de profesión y amante de los libros desde que tengo uso de razón. Mi pasión por la novela negra, y más concretamente escandinava, de ahí el apodo, viene del final de la adolescencia y principios de la edad adulta. Pero, desde hace menos tiempo, un género nuevo ha irrumpido con fuerza en mi pasión lectora: el true crime. Y lo ha hecho para quedarse. Indagar e investigar en los casos reales por otras vías, más allá de las novelas, se ha convertido en un deber cada vez que cierro la última página del relato verídico. Y, pese a que las preferencias nórdicas sigan teniendo un lugar destacado en mi biblioteca negra, creo que compartirla con los sin ficción, puede enriquecerme mucho más todavía.

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