El síndrome de Estocolmo

Ricardo Gómez de Olarte
Ricardo Gómez de Olarte

“¡La Vanidad! Es sin duda mi pecado favorito” Suena “Paint it black” de los Stones y entran los títulos de crédito. Es la última frase de la película “Pactar con el diablo” y la pronuncia sonriendo cínicamente Al Pacino en el papel del diablo. Y lo dice sabiendo que el personaje de Keanu Reeves volverá a caer en sus garras por culpa, precisamente, de la vanidad. Seductor, ¿verdad?

No me suelen gustar las películas de abogados (suelen idealizar una realidad mucho más prosaica), pero esta y tres películas más son las únicas que realmente me apasionan. La vanidad es un pecado, EL PECADO, más extendido entre abogados. No crean: los periodistas y, en general, el ramo de la escritura tampoco se queda atrás.

Sin embargo la vanidad no es monopolio de la gente de letras en su más amplia extensión. A lo largo de los años como abogado en ejercicio, uno se acostumbra a ver casi de todo. Sin embargo, hay una situación que no deja de sorprenderme.

Me refiero a una clase concreta de estafa bien hecha. La sublimación del timo por antonomasia. Debe ser la fascinación que, de una forma u otra, siempre ejerce el mal sobre los mortales: canallas, femmes fatales, maldad inteligente, sadismos varios… Seguro que, en el fondo de su corazón y en el silencio y la soledad de la noche, alguna de esas maldades habrá que, en cierta manera, les pueda seducir. Escojan Vds. mismos….

La estafa a la que me refiero es la de “la inversión que no falla”. No requiere grandes inversiones, no necesita mucha gente y los beneficios pueden ser muchos. Siempre hay incautos que heredan dinero, que no han tenido que trabajar para llegar a tener varios millones de euros. O bien sus padres les dejan un negocio que no saben llevar o unos pisos que les rentan….

Teóricamente rechazan las inversiones que les ofrecen sus propios bancos por ser demasiado arriesgadas. En la práctica el verdadero motivo es porque no las entienden. A partir de este punto ya ha nacido el “pringao”, el “julai”, el “primo”.

En su círculo siempre habrá alguien dispuesto a ofrecerle un negocio con pingües beneficios y muy fácil de entender. Esta persona es el gancho. No hace falta que el ofertante del negocio sea un advenedizo que intenta medrar.

Normalmente es alguien que tras los hechos sigue moviéndose en el mismo gimnasio, mismo club, mismos bares… Es la persona que se encarga de asegurar las excelencias del negocio, la seguridad del mismo y la seriedad de quien lo lleva a cabo. Si son virtuosos, se hacen de rogar. Incluso se niegan adar mucha información, como si fuera un secreto de estado solo apto para elegidos. Obviamente, contra más información se niega a la víctima y más pequeños alardes de beneficio hace el gancho, más se obsesiona la víctima.

Cuando el “primo” está lo suficientemente tierno, es cuando el gancho accede a presentarle al “genio de las finanzas”. El “genio” termina de endosarle el cuento a la víctima.

Son negocios relativamente sencillos como la información sobre algún deudor recalcitrante o la compra de materias primasde gran demanda en un país en vías de desarrollo. La mercancía se vende a una factoría del primer mundo que está al borde de la quiebra si no consigue materia prima para su elaboración.

Con eso se aseguran la supuesta venta y beneficios. Hasta aquí parece un “tocomocho” vulgar y corriente. Pero la sofisticación llega hasta este submundo de la estafa. Para asegurarse de que el “julai” aflojará mucho, pero que mucho, dinero, los estafadores le proponen una pequeña inversión, pongamos entre 50 y 100.000.- €, que le serán devueltos en un plazo que oscila entre uno y tres meses.

Al finalizar ese plazo, a veces muy poco antes, aparece nuestro Aladínno solo con lo invertido, sino también con los fabulosos intereses pactados. Los virtuosos llevan los intereses en billetes. La víctima alborozada y con la codicia o avaricia más alta que la líbido de un adolescente, quiere invertir más, mucho más. Los estafadores le frenan… Pero solo para acabar cediendo ante la insistencia de la futura víctima.

Con el fin de generar aún más confianza, aceptan una nueva inversión aunque solo con una cantidad mayor que la anterior No debe ser espectacular, no puede superar el doble de la inicial y en el mismo plazo. Vencido dicho plazo, aparecen con el dinero de la inversión y los intereses, que ya son descomunales.

¿De dónde sacan el dinero los estafadores? La cantidad invertida es la que precisamente proporciona la víctima. La correspondiente a los intereses viene de otros supuestos inversores. Esta es la variante del timo del nazareno, siendo la mercancía defraudada el propio dinero. Su máximo exponente fue Ponzi y el gran maestro fue Madoff. Es decir, un timo o una estafa piramidal.

Debemos tener en cuenta que cada inversión se refleja en un contrato de cuenta en participación o de inversión. Como sea que los intereses van a ser desorbitados, los estafadores avisan que se pagarán en negro. De ese modo se aseguran que el contrato no sea intervenido por algún notario que pudiera verse obligado a avisar a Hacienda. Al tratarse de una inversión, la ley la define “a riesgo y ventura” del inversor. Es decir, tú sabrás lo que haces.

Y ahora viene el “grande finale”, el apoteósico final. Devueltas con intereses la dos inversiones iniciales, la víctima está dispuesta al asesinato contra quien le impida invertir una suma importante: digamos 500.000.- €. Tras muchos tiras y aflojas, firman la misma clase de contrato de inversión que antes pero por esa cantidad.

Aunque diferentes abogados le digan que no tienen ni un documento que pruebe la existencia de la inversión, cuentas anuales, etc. la víctima ya está cegada. Entrega el dinero voluntariamente y bajo un contrato aparentemente legal. Trabajo tenemos los abogados para probar que nunca existió negocio y que todo fue una estafa.

El plazo de devolución llega y se va. Después aparecen las airadas ofensas de los estafadores ante las quejas de la víctima. Esas ofensas dan paso a las primeras excusas que suelen ser creíbles: problemas de aduana; de despacho de mercancía en el puerto de salida, en el de llegada; la semana que viene te podré decir algo concreto; yo también llevo mucho dinero metido en esto y me juego más que tú, etc… Las excusas se diluyen y los meses suceden a las semanas.

Y aquí es donde aparece la vanidad. Pocas son las víctimas que quieren reconocer su estupidez, codicia y soberbia. Así que prefieren engañarse a sí mismas y cualquier cosa que le digan los estafadores se la creerán. Acaban siendo rehenes agradecidos de los estafadores. Quieren y terminan creyendo –con la ciega fe del neoconverso- en la legalidad y bondad del negocio y de sus timadores. Sufren un auténtico síndrome de Estocolmo del timo.

Puede que lleguen a conseguir algún reconocimiento de deuda con pago aplazado y sonreirán ufanos al abogado que les avisó de la estafa: “¿Ves? Lo he arreglado yo solo y sin poner dinero bueno sobre dinero malo” La vanidad les hace olvidar que los “genios de la lámpara” son insolventes profesionales y que, como mucho les pagarán el primer plazo del reconocimiento de deuda para convertir un asunto que, perteneciendo al ámbito penal, con ese único pago, pasará a la jurisdicción civil. Siendo los deudores insolventes, el antes estafado y actual acreedor calla para que nadie de su entorno se dé cuenta de lo –seamos generosos- ingenuo que ha sido.

El miedo al ridículo y a la risa siempre cruel a su espalda, les puede más que la cólera. ¡No se crean, que aún hay quien se enoja con el abogado porque pretende cobrar por sus servicios!

“¡La Vanidad! Es sin duda mi pecado favorito”. Por eso muchos estafados acaban queriendo –como Sus Satánicas Majestades- pintarlo todo de negro: “I see a red door and I want it painted black / Veo una puerta roja y quiero pintarla de negro”.

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