El rey del nazareno

Ricardo Gómez de Olarte

A principios de los 90 me cayó en suerte la defensa de los intereses de un ilustre profesional de su ramo. En el actual lenguaje políticamente correcto lo podríamos denominar “hombre de negocios”. O afinando más con la corrección del lenguaje podría ser llamado “ser humano de negocias”.

El hombre tenía una querencia natural a pervertir la honrada y lucrativa llevanza de cualquier clase de negocio con tal de timar o estafar a sus clientes. No se trataba de incumplimientos contractuales. ¡Qué va! Lo suyo era programar el timo o la estafa desde el primer momento y con la única intención de “tangar” al cliente.

El personaje, al que podemos llamar Felipe era el rey del “nazareno”. Es una clase de timo por el que un señor, a través de una compañía mercantil, pide una cantidad pequeña de mercancía y la paga al contado para su posterior reventa legal.

Una vez vendida la mercancía solicitada al mayorista, pide una cantidad mayor y también la paga al contado. La vuelve a revender y vuelve a solicitar a su proveedor un pedido todavía mayor que vuelve a pagar al contado. Al cabo de varios pedidos importantes, siempre pagados al contado, da el golpe final: hace un pedido monstruoso pero pide facilidades de pago, consistente en diferir el pago a varios meses vista con un mínimo pago inicial.

Como su credibilidad está muy bien considerada debido a los inmediatos pagos anteriores, el proveedor accede. En ocasiones asegura el cobro a través de compañías de seguros del tráfico mercantil. Sin embargo, tras el primer pago inicial de ese gran pedido, ya no se produce ningún pago más.

La compañía del timador desaparece, el administrador (habitualmente un testaferro) desparece, la correspondencia desaparece y el gato y las ratas también desaparecen.

Felipe llego a tener unos estupendos clientes alemanes que le compraban alimentación y vinos españoles a unos precios más que desorbitados. Sus proveedores le seguían suministrando la mercancía sin ponerle pegas e incluso a crédito.

El negocio le iba viento en popa y no tenía necesidad alguna de “dar el palo a nadie”. Pero su ansia por delinquir, ese impulso criminal le podía como si fuera un yonqui.

Finalmente hizo “EL PEDIDO”, lo vendió mucho más barato a los alemanes para conseguir pronto y raudo pago e hizo desaparecer cualquier rastro. Recuerdo haber preguntado a Felipe del motivo de ese “nazareno” ya que era del todo absurdo habida la buena marcha del negocio.

Felipe me respondió que yo tenía toda la razón, pero que era muy aburrido. Para Felipe timar, “dar el palo”, “tangar” era mucho más divertido y se ganaba el dinero mucho más rápido y jamás se pudo resistir a tamaño desafio.

En una de las ocasiones en las que se tuvo que enfrentar a la justicia, sentados en los bancos ubicados antes de entrar en la puerta del Juzgado de Instrucción nº 1 de Barcelona, mientras esperábamos pacientemente a ser llamados para entonar una declaración que ya teníamos más que sabida por repetida, pasó a paso ligero y muy iracundo un financiero catalán muy de moda en la época y que encaminaba sus pasos hacia el mismo Juzgado.

El plutócrata era algo gorderas, con los ojos azules, cara de no haber roto un plato jamás… Supongo que sabrán a qué señor me refiero. Bien, pues cuando llegó a la altura en la que nos encontrábamos Felipe y yo, mi cliente me dio un codazo y me dijo, con el mismo tono de rendido fan quinceañero que ve a su ídolo descender del escenario: “¡Es él!” Y acto seguido se levantó y le grito “¡Maestrooooo!”

El financiero –de florido apellido- lo ignoró olímpicamente y yo acabé estallando en una carcajada con el consiguiente enojo de Felipe. Para él, el ricachón realmente era el espejo en el que mirarse para aprender y le molestó sobremanera que el gorderas lo ignorase y que yo no entendiera su sincera admiración. Mi pobre timador había “calado” a su compañero de profesión mucho antes que el resto.

“Siempre es más valioso tener el respeto que la admiración de las personas”
Jean Jacques Rousseau

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