El Reventador

Ricardo Gómez de Olarte

EL REVENTADOR

El Reventador estaba que trinaba. Se había dejado trincar por tonto. Y por chulo. La chulería siempre le pudo. Eso de enseñar a los novatos a conseguir la guita para darse pisto está muy bien, pero lo hizo por la noche, cuando de siempre se ha robado más y mejor de día.

Le jodieron la marrana los guiris rivales de oficio. Esos no conocen a nadie y no son finos en el oficio. El rumano más sabio se dedica al encontronazo (chocar con el julai para guindarle la cartera), sin conocer otra técnica. El Reventador se había ganado su mote porque siempre decía que le gustaba tener su bolsillo a reventar de billetes y, por eso, reventaba el de los demás.

Empezó como chinaor, es decir, con el chino, que puede ser una sirla, o con una cuchilla con la que se rasga el bolsillo o el bolso de la víctima y se deja caer su contenido. Desde que hay cútters de todos los tamaños y baratos en los almacenes de los chinos, la cosa es más barata.

Primero se acercaba el consorte (cómplice) a babear (averiguar con algunos toques dónde llevaba la pasta el menda) y luego le daba el santo al chinaor. El Reventador era muy hábil con el chino y casi nunca se daban cuenta del siete en la prenda. Si alguien notaba algo, otro tapia (cómplice) o el propio Reventador recurría al empujoncito desequilibrador y nadie se coscaba de nada. Luego, a correr el burro (ir pasando el botín para evitar cacheos) hasta que alguien ordeñaba (recoger el botín) y santas pascuas.

Pero ahora los rumanos o los moros habían jodido el mercado: como mínimo eran dos delante bloqueando el paso y dos detrás al empujón grosero y con mucha violencia afanaban lo que podían. Iban de piqueteros, pero la verdad es que eso era robo con violencia y nunca un hurto. Eso a ellos les daba igual, porque muchos vivían mejor en la cárcel que en sus casas.

El Reventador tenía un rival, el Limpio, despreciado por los colegas, porque se dedicaba a la mancha (ensuciar a alguien con un helado o una bebida, hacer ver que lo limpias… y el colega era el que limpiaba la cartera o el bolso), pero que, en su especialidad, lograba éxitos y pingües beneficios.

Al poco, aparecieron las mendigas con el mismo sistema y se jodió todo. Tanto el Reventador como el Limpio habían tenido el mismo maestro, un piquero fino (porque meten el 2 de picas, los dedos, y sacan el as de oros, la cartera) conocido, evidentemente, como el Picas. También era lancero porque sabía manejar muy bien unas pinzas o un alambre para aliviar al lila. Fue el Picas quien les enseñó el oficio y a saber trabajar en equipo. Se ganaba poco, pero se siempre se podía comer.

Vinieron las olimpiadas y el turismo y los profesionales de verdad se ganaban mucho mejor la vida: sin violencia, con eficacia y con elegancia. Pero el propio turismo atrajo otro tipo de personal que pervirtió el oficio.

Fue esa violencia en el metro y en la calle la que, tras años de indolencia, ha hecho que los andenes del metro y los propios vagones sean el centro de trabajo de unos profesionales ya casi desaparecidos.  Menos mal que al Picas, por perro viejo, no le pillaron nada y saldría al día siguiente por una falta (o delito menos grave) de hurto. Al resto, robo con violencia. Como dice el Sr. Delmiro Álvarez Rodríguez, de los Álvarez Rodríguez de toda la vida «cada uno se suicida como quiere, con la cuerda fina o con la cuerda gorda».

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