EL PIRRI

Ricardo Gómez de Olarte
Ricardo Gómez de Olarte

El Pirri tenía una única manía. Estaba convencido de que su metabolismo había cambiado y que cualquier gas que produjera su organismo podía ser susceptible de convertirse en algún tipo de sustancia explosiva. Para paliarlo, ingería ajo en cantidades industriales.

Consecuentemente, los expulsaba todos y por cualquier orificio de su anatomía. En ocasiones, este tipo de desahogos le habían producido algún altercado, pero todo su entorno sabía que, más allá de ese tipo de liberaciones, era inofensivo. Por otra parte, su idiosincrasia expansiva le evitaba un exceso de intimidades, que, todo sea dicho de paso, en el medio en el que vivía le era muy útil.

– Señó Puchol, señó Puchol!!!!. Necesito que me haga una recomendasión!!!!

A escape libre, el Pirri cruzó gritando todo el patio inicial de la prisión Modelo de Barcelona. Los funcionarios intentaron cortarle el paso. Consciente de los flashes de las cámaras, de la intención de voto de los funcionarios y del idioma de la población reclusa, el entonces muy honorable presidente de la Generalitat de Catalunya, sonrió enfáticamente, extendió el brazo con la mano entreabierta y cual Joda galáctico de la política catalana, carraspeó y proclamó:

– Dejad que los presos se acerquen a mí.

Acto seguido volvió a carraspear dos veces más y estiró el brazo en ademán paternalista, invitando al Pirri a la confidencia.

Uno de los presos asistentes al acto y debidamente dopado por la permisividad de las autoridades penitenciarias exclamó a grito pelado:

– ¡Queeeeeeeeeeeepasaaaaaaaa, neeeeeeeng!. Jesucristo, el Joda y Pujol todo en uno. La Santísima Trinidad se ha hecho catalana. ¡Los tripis de la enfermería son mejores que los de los funcionarios.!

El muy honorable presidente de la Generalitat, curtido en estas lides, arqueó una ceja e ignoró al segundo espontáneo. Dos funcionarios sacaron en volandas al gracioso.

Uno de los funcionarios de La Modelo informó que el Pirri, cuyo nombre real era Manuel Pérez Jiménez (nada que ver con el afamado doctor, padre del calmante vitaminado), salía de la prisión al día siguiente y que no le hiciera mucho caso ya que nunca había estado del todo en sus cabales.

El Pirri alcanzó a Pujol y a su séquito y repitió la petición. Temeroso de estallar delante de tan magna autoridad, prefirió liberar ambas válvulas de su organismo y entre aires superiores e inferiores, berreó de nuevo su petición al oído del presidente.

El muy honorable, inasequible al aliento del Pirri y a su propio desaliento, tranquilizó el ánimo del recluso:

– Ya te he sentido, ya. No hace falta que grites. Dime, ¿qué recomendasión quieres? ¿Querrás trabajo, supongo? ¿Qué sabes haser?

El Pirri, ofendido, replicó:

– ¡No señor Puchol, no! No quiero trabajo. Yo quiero seguir aquí dentro. No me quiero ir.

Pujol interrogó al personal de la Modelo que lo acompañaba pero nadie supo decirle los motivos de la condena. Tan sólo insistieron en su falta de cordura. Alguno se aventuró a decir que inmediatamente encontraban su expediente.

El Pirri remató la faena:

– Señor Puchol, no sé hacer nada. Mi familia es aquel que comparte mi chabolo y mi chabolo es mi techo. Llevo más de quince años aquí y me da igual no saber por qué sigo dentro. Aquí como y duermo gratis. Estoy loco, pero no soy tonto.

Pujol inquirió a uno de sus asesores (el de imagen, por razones obvias, cobraba muy caro y no iba a esos actos):

– ¿Este hombre vota?
– No lo sé, Honorable. No creo ni que sepa que se vota.

Jesucristo/Joda y su séquito giraron en redondo y dejaron al Pirri con la palabra y su aroma en la boca, mientras repetía su petición.

El resto de presos presentes empezaron a corear al héroe de la jornada:

– Pirri, Pirri, Pirri!!!!

A los pocos días de la visita de Pujol, el Pirri seguía dentro del talego. El monitor de deportes se encontró con un abogado amigo suyo y mientras tomaban un café le explicó la anécdota y le pidió a su amigo que intentara agilizar los trámites para que el Pirri saliera cuanto antes, ya que nadie sabía qué hacer con él.

Al cabo de un par de semanas, ese mismo abogado informaba al monitor de deportes que el Pirri debía de estar en la calle desde hacía más de un año y que ya había efectuado los trámites para la liberación. Esa misma tarde el loco salió de prisión. Al día siguiente, las radios anunciaron la salvaje agresión que había sufrido una pareja de Mossos d’Esquadra a manos de un loco furioso, conocido como el Pirri, mientras entre salivazos, mordiscos, patadas y puñetazos, gritaba “Quiero volver, quiero volver, quiero volver”

Ese mismo día, Ramón García Olazábal, que así se llamaba el abogado, se preguntó si había obrado correctamente. Técnicamente sí lo había hecho, desde luego. Pero no sabía hasta qué punto debía de haber ido más allá de la mera y aséptica práctica judicial. Se autocensuró pensando: “Solo me faltaba tener que ser psiquiatra forense y hacer el trabajo de los funcionarios de la prisión”

Lo que sí hizo fue abandonar el último aliento de confianza en los políticos y en las instituciones democráticas españolas. En compensación, empezó a considerar seriamente las virtudes del ajo.

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