El pasado siempre vuelve

Chinatown

Me enviaba el otro día el gran Jesús Palacios su reseña en elcultural.com sobre El gran adiós: Chinatown y el ocaso del viejo Hollywood de Sam Wasson y no solo me convenció de las virtudes del libro (Es Pop Ediciones), sino que me entraron irrefrenables ganas de volver a Chinatown (Roman Polanski, 1974) para glosar sus numerosas virtudes.

El guion de Robert Towne se estudia y alaba mundialmente como uno de los mejores guiones de la historia. El profesor Syd Field, por ejemplo, lo citaba y diseccionaba constantemente en sus libros y describía la pericia con la que Towne nos lleva de la mano por los canónicos giros de la trama, captando nuestra atención constantemente y sin que haya ni un minuto de punto muerto.

Los créditos ya son maravillosos. Con un tono retro y sobrio y con una bellísima caligrafía, las letras doradas aparecen sobre un telón carmesí al ritmo de la memorable banda sonora de Jerry Goldsmith y nos anuncian un viaje al pasado que promete ser inolvidable. Y es que esa es una de las grandes virtudes de Chinatown. En plenos setenta, época de contracultura y cines alternativos de moteros y fumetas, Polanski rueda un guiño al noir clásico de trajes cruzados, descapotables enormes y una pátina de elegancia que, en realidad, esconde adulterios, crímenes, corrupción o incesto.

Este retro-noir salta a los años treinta y nos muestra el crecimiento de una ciudad en Technicolor, como si estuviéramos en una fiesta de Jay Gatsby, cuando en realidad estamos en la otra costa y las miserias que vamos a descubrir son incluso peores.

publicidad

Jack Nicholson como JJ. Gittes se convierte en el espectador, pues todo lo que él ve y oye es lo que nosotros vemos y oímos. Con acierto, se decidió prescindir de la voz en off, casi siempre literaria y redundante en el cine, para apostar por la identificación total con el detective y su investigación. Una mujer le contrata para investigar un adulterio, pero el marido aparece muerto y Jake conoce a la verdadera viuda… que no es quien le contrató.

Faye Dunaway es Evelyn Mulwray y crea un personaje lleno de ambigüedad, titubeos y fatalismo. No es exactamente una femme fatale, pero sí está marcada por la desgracia desde la primera escena y consigue que nos enamoremos y la temamos a partes iguales. Nada bueno puede pasar junto a ella, pero algo hace que no podamos apartarnos. Sí, a lo mejor sí que es una femme fatale.

John Huston aporta la veteranía como el millonario magnate con secretos ocultos y mantiene con Nicholson diálogos fantásticos, como cuando le pregunta si se acuesta con su hija. Nicholson entonces estaba con Anjelica Huston y a su padre, que le encantaba el boxeo, el alcohol y, sobre todo, mezclar ambos, seguro que le divirtió rodar ese diálogo ante un incómodo Nicholson.

Pero Jack también tuvo sus más y sus menos con Polanski y, si la película se terminó, fue casi de milagro. Hay que mencionar al productor Robert Evans, que hizo bastante por sacar adelante el proyecto con Paramount, con la que ya había hecho La semilla del diablo, Love Story o El padrino. Como para negarle nada al niño prodigio que revolucionó el cine y dio, literalmente, para que se hiciera una película sobre él.

El viaje de nostalgia de la película, con ese aire moderno de mostrar la basura escondida, nos premia con el gran hallazgo del guion: el pasado en Chinatown. Gittes trabajó como ayudante del fiscal en Chinatown y, cada vez que alguien se lo menciona, él cambia de cara y no quiere hablar del tema. Se deja entrever que una mujer tuvo algo que ver en aquel pasado pero, brillantemente, no hace falta contar más para dibujarnos el pasado de un hombre herido en una sola palabra. La película, como no podía ser de otra manera, desembocará en Chinatown y Gittes oirá esa mítica frase final llena de resignación y fatalismo: “Olvídalo. Es Chinatown…” (“Es el barrio chino”, decía la poco afortunada traducción del doblaje español de la época).

En 1990 el propio Jack Nicholson dirigió y protagonizó Los dos Jakes, continuación de la película, no exenta de interés, con Harvey Keitel, Meg Tilly y, su mejor aval, Robert Towne de nuevo como guionista. Se habló incluso de trilogía para terminar de contar la forja de la ciudad de Los Ángeles a través de la corrupción. Si se hiciera bien, yo preferiría saber qué le pasó a Gittes en Chinatown, cuando trabajaba para el fiscal y una mujer le marcó más profundamente que la navaja de un matón.

Chinatown es una pieza cinematográfica redonda, un viaje al pasado y un perfecto homenaje al cine noir. No hace falta decir más: “Es Chinatown”.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here