El Papa y Yolanda Díaz

Como decirle que, como diría el teólogo de la liberación John Sobrino, la verdadera revolución de izquierdas no es que Yolanda Díaz vaya al Vaticano a ver al Papa, sino que se encuentre con él en un hotel.

El mimo
La Opinión de Luis Artigue para eltaquigrafo.com

Escribo como quien se pone un sombrero de copa sobre su conmoción cerebral, así que no se crean nunca ni una palabra de lo que digo, sino sólo disfruten.

Ahora mismo, como por lo que me pagan es por hacer Retratos de la España Friqui dando a la manivela de mi máquina de producir metáforas y desenfado, yo sólo he venido a esta página a presentarles a una de esas mujeres tan contradictorias que, al  mirarlas de cerca, producen estrabismo.

Me refiero a que tengo una amiga pianista a la que me une ese alegato contra la brevedad de la vida que es hablar sin pausa; una liberada de dar clase por militar en un sindicato de clase (valga la redundancia).

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Sí, una loca de la vida de las de locura celebratoria cuyo curriculum sentimental bien se parece al caos que, según los astrofísicos, dio origen al Universo, la cual –¡cielosanto!- me ha captado para las filas de Comisiones Obreras para que, de noche al agüisquecer, de vez en vez brindemos juntos y derramemos una lágrima por la revolución que no pudo ser en este país, me dice, de judíos, moros y democristianos…

Lo cuento porque no hay mayor mezcla de lo personal y lo público que ser cronista de la vida que pasa, a lo que se ve.

Y es que tengo una amiga que combina madurez, delgadez y magnetismo como el poeta Ángel González; una Diana Krall de las de piano de cola en el que tocar rocanroles, a la cual yo siempre me la he imaginado dando un concierto de jazz-free sicótico como los de Ornette Coleman en el conservatorio, mientras, al fondo de la clase, están Beethoven y Mozart borrachos con una tabla de lavar y una armónica.

El caso es que mi amiga, un raro cruce entre Victoria Kent y Clark Kent, (ya que no entiende que ser de izquierdas, como ser compañeros de internado de bachillerato en los adolescentes tiempos de la lucha de clases, es compartir la desilusión, el retrete y los castigos), se recalienta como Madrid en agosto cada vez que, en un artículo, comparo  los modos y maneras a la extrema derecha, con los de la extrema izquierda. O cuando digo que el comunismo es un mero plagio del cristianismo de los Hechos de los Apóstoles. O cuando confieso que no entiendo que, cuando se habla de las derechas así, en compartimento estanco, no se incluya al PNV y a Convergencia (o como se llamen los neopujolistas esta semana), ni entiendo que se diga que los demócratas no debemos pactar con VOX, pero con Bildu claro que sí. O cuando señalo por extenso y por escrito que éste es un país de desleales, y pistoleros de sangre caliente, y de gente cursi que llama berlina al donut. O hablo de los trajes-metáfora de Mario Conde, o del talento para el anonimato de Amancio Ortega.

Como decirla que vivir de tocar el piano sin tocarlo en este país es más fácil que ser cronista francotirador de prensa, y pretender, tras cada artículo, no ser fusilado por los dos bandos.

Como decirle que, como diría el teólogo de la liberación John Sobrino, la verdadera revolución de izquierdas no es que Yolanda Díaz vaya al Vaticano a ver al Papa, sino que se encuentre con él en un hotel.

Como decirla asimismo que admiro su anacrónica ortodoxia ideológica de mujer acostumbrada a la entereza de resignarse con la cabeza alta.

Como explicarla, en suma, que escribir cada semana sin desmallo un artículo que se parezca a seguir bailando en el paredón cuando ya te han fusilado sí que es un acto de sindicalismo obrero lírico porque los escritores tenemos menos prestigio intelectual en los medios de comunicación que Massiel, y los mismos derechos sociales que un minero del siglo XIX.

Vivan las mujeres insurgentes como una carta de despido en verso a cuya conversación uno vuelve siempre como retorna a los vicios con los que ama la vida.

Viva el Papa, que representa a una izquierda más votable que la de Pablo Iglesias e Irene montero vestidos con poncho en una comuna con Lilith Vestrynge. Y viva esa Cristina Almeida new age y sin belleza siniestro total llamada Yolanda Díaz que, una vez exiliado Mariano Rajoy, ha devuelto el acento gallego a mis crónicas humorístico-políticas.

Viva la vida… Y en mi epitafio que pongan: ¡qué bien me lo he pasao’!

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