El notario de guardia

Ricardo Gómez de Olarte

D. Eduardo de Quincoces y Alvárez-Redondilla estaba de guardia ese día. En 2050, el Ministerio de Igualdad y Derechos de la Mujer había implantado una nueva política legislativa y, a causa de la misma y por el aluvión de demandas y requerimientos urgentes, los diferentes Colegios de Notarias y Notarios de España habían tenido que implantar ese servicio. La profesión se había degradado, ¿pero cuál no lo había hecho?.

Esa mañana, como muchas en las que estaba de guardia, no tuvo más trabajo que verificar que el DNI electrónico de la personas que se daban de alta en servicios de ligoteo fueran quienes aseguraban ser y que las fotos que los hombres aportaban a su perfil de dichas webs, eran las depositadas previamente en su notaría bajo contraste con el sujeto original. No cabían adornos físicos, nada de retoques de fotografía, se exigía certificado de ausencia de operaciones de estética y si las había habido, se exigía certificado detallado de cuántas, dónde y plazo de caducidad de las mismas.

Hacía tiempo que se había dejado de preguntar el motivo por el que todo ese historial era solo exigible a los hombres y no a las mujeres. La respuesta oficial es que la mujer nunca miente y su palabra basta para ser creída. Aquel que ose dudar de lo asegurado por las mujeres era multado con una sanción administrativa. A la tercera multa, se le imponían 270 horas de trabajos comunitarios. A la cuarta debía acudir a un centro de rehabilitación para machos demoníacos que impartían agresivas progres de 26 años con algún módulo en “Psicología aplicada a la sociedad actual” y aires de suficiencia.

Lo cierto es que todo ese trasiego le venía muy bien a D. Eduardo. Hacía caja y le era muy necesaria para pagar su divorcio y las pensiones, la del hijo y las tres que debía satisfacer a su mujer: una por pertenecer al género femenino, otra por ser ex esposa y la última por haber dejado de trabajar a pesar de su brillante carrera de ingeniería aeronáutica y rechazar diversas ofertas de trabajo.

Sin embargo, a medida que avanzaba la tarde, el género masculino era el que requería de sus servicios. Si la nueva ley exigía toda esa parafernalia a los hombres, éstos, aun en su torpeza, no tardaron en espabilar. Requerían a los notarios para que la chica o la mujer con la que pretendían mantener algún tipo de relación –por supuesto, sin sexo- respondiera serena (sin drogas ni alcohol), libre, espontánea y afirmativamente a preguntas tales como si aceptaba hablarse con el hombre en cuestión, si ella aceptaba que ella misma le dirigiera la palabra (los hombres, por imperativo legal, habíamos perdido esa capacidad); si aceptaba contestarle y todo ello dentro de las más estrictas normas (por supuesto, legisladas) en contra del acoso, de los piropos y cumplidos y, en general de cualquier tipo de actitud que no significara responder afirmativa o negativa (según se esperara de él) a las preguntas de ella.

Evidentemente, las relaciones heterosexuales habían caído a niveles de inframundo, pero la carne masculina es débil y su intelecto, además de primario, es ingenuo. Ningún hombre expresaba cumplido alguno y ninguno se dirigía a las mujeres fuera del marco establecido y cuyo protocolo he descrito anteriormente. Ninguno miraba de frente a las mujeres. Ninguno se quería casar ni se establecía en pareja. La época de los miedos a dejar de ver diariamente a los hijos, a las pensiones desorbitadas, a los secuestros de los críos, a los chantajes ya había pasado, no por inexistente, sino por casi obligatoria.


Quien no se había apuntado directamente al movimiento (proscrito en este año de 2050) “MGTOW”, simplemente se limitaba a ir probando oportunidades en diferentes webs de citas. En un pasado reciente, ellas se quejaban de que todos los hombres interesantes ya están pillados. “Este está gordo”. “Este solo piensa en su físico”. “Este es un bruto insensible” “Aquel es un medio nenaza que llora por cualquier cosa”. Ese es alto” “Aquel es bajo”. Esta situación me recuerda a la de un antiguo amigo de los años 90. Muy inteligente él, pero rarito; extremadamente delgado y debilucho; feo y con tendencia a empinar el codo con un cuerpo que no se lo permitía y le acababa traicionando en forma de vómito prematuro. El hombre se quejaba siempre de los mil y un defectos de cualquier chica que le presentábamos los amigos o nos encontrábamos por ahí. Un día, ya harto, le espeté: “Pero fulano, ¿tú te has mirado al espejo? No sé qué das más, si pena o risa. Tu demanda es muy exigente, pero tu oferta es muy pobre. Cambia o te quedarás solo.” Y solo sigue.

Volvamos a 2050. Las mujeres empoderadas exigen a cualquiera que sea alto para sus gustos, cachas, guapo, sensible, machote, inteligente pero no demasiado. Ocurrente, pero tampoco demasiado. Insaciable pero sólo con ellas y hasta cuando lo digan ellas. Con ganas de comprometerse, pero algo canalla. Ninguna se da cuenta que la demanda va en función de la oferta y que la oferta no se la va a arreglar nadie a golpe de legislación como la que describo en este hipotético futuro cercano. Porque aunque así sea, el hombre -y ya está sucediendo- tiende a apartarse de esa clase de competición. Máxime con la edad.

En la realidad de 2019, surgen movimientos como el “MGTOW” que he citado antes. Es el que propugna lo que significan sus siglas en inglés: “Men Goes To Own Way”. Es decir, “Hombres que Siguen su Propio Camino”. Se quejan de que los hombres deben cumplir su rol masculino pero deben adaptarse al feminismo. Sostienen que las obligaciones matrimoniales de la mujer terminan en el divorcio mientras que las de los hombres continúan vía pensiones. Y así un largo etcétera con el que no estoy de acuerdo y con el que más de uno de dichos problemas se resolvería con una equiparación salarial real y un cambio generacional en la legislatura, en la judicatura y en el ámbito laboral.

En cualquiera de los casos, las cosas están cambiando. Hay muchos hombres que ejercen de madre y padre siendo la mujer quien se aleja de la familia en pos de una carrera triunfal. Y nadie se queja de ello. Sin embargo, cuando llega el divorcio, sí surgen quejas. En muchos casos porque es la mujer la que no acepta la inversión de papeles por la que ha peleado para triunfar y quiere volver a la situación anterior.Las mujeres notan que la igualdad masculina conlleva el pago del mismo precio que han venido pagando los hombres.

En cuanto a las relaciones, sucede prácticamente lo mismo. Ellas se quejan de que no quedan hombres de verdad mientras exigen un montón de cosas a cambio de la misma escasez de valores y presencia de las que se quejan. “Yo, la mujer, quiero ser una gran profesional en mi ámbito laboral, tener un marido guapo, rico, comprensivo, inteligente y sensible, etc. etc. y a mi voluntad” Pero luego viene el peaje que nadie quiere asumir: la realidad no es así. La triunfadora profesional no pone nada de su parte en la familia porque descubre lo difícil que es hacerlo y triunfar en el mundo laboral.

Llegan la no aceptación del paso de los años, la soledad, el alejamiento de la pareja, la distancia con los hijos, la angustia de la seguridad en el trabajo y para cuando pides ayuda, te encuentras que estás sola. Tan sola como aquel machirulo al que denostabas hace tiempo o como aquel pobre desgraciado que se casó contigo y lo consagró todo a tu triunfo laboral. Salvo que este sigue contando con sus hijos. Y tú ya no. Como les sucede a muchos hombres en la actualidad.

“Porque nadie tiene lo que debe, porque nadie busca lo que quiere.
(…) porque nadie quiere lo que tiene, porque nadie hace lo que debe”

“Canción del Valor”, Loquillo e Igor Pascual.

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