“EL INFIERNO”, basado en una historia real.

¿Cuántos “turistas” españoles, franceses, italianos, ingleses, americanos y de todo el mundo visitan a diario los mismos “Infiernos” que Maradona, donde se les permite abusar, maltratar, violar, y se les garantiza silencio e impunidad?

Nuria González

Cuatro chicas de treinta y tantos estaban de celebración hace no mucho tiempo. Concretamente, celebraban en segundo divorcio del único marido de una de ellas. La ocasión lo merecía y fruto de la negociación de la ruptura, había pasta larga para gastar. Sólo una de ellas estaba en su país, pero todas estaban lejos de casa.

Disfrutaban, mucho. Reían, comían y bebían yendo de sitio en sitio del barrio más cool del país. Estaban las cuatro juntas, se querían y se sentían seguras. Todo era fantástico.

Al cabo del rato, sonó el teléfono de una de ellas. Uno de sus amigos para preguntarle qué tal. Lo normal de cualquier tarde. Un tipo de bien. Acaudalado empresario y miembro respetable de la comunidad de ricos influyentísima de la ciudad y del país. Lo invitó a acercarse y a celebrar. Una copa nada más.

Ninguna pensó que aparecería pero, casualmente, estaba el hombre cerca y en unos minutos estaba allí. Él tenía prisa, ellas ninguna. Pero él no estaba dispuesto a dejar de participar en la fiesta. Invitó a las amigas a una casa que tenía en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, donde todo son caserones con inmensos muros electrificados para protegerse de la inseguridad. Ellas podían ir adelantándose, avisaría al servicio que llegaban.

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Les pareció divertido y al fin y al cabo, eran cuatro mujeres adultas, extranjeras y de buena posición. Nadie se atrevería a hacerles nada, porque nadie se mete con el dinero en ciertos lugares. Así que se montaron en su camioneta Suburban y se dirigieron a “El Infierno”, literalmente, puesto que así era como le llamaban los copropietarios a la casa.

Tras la valla electrificada y la puerta custodiada por la seguridad privada, se veía la casa rodeada por un inmenso jardín, perfectamente cuidado. Es cierto que el servicio las estaba esperando. Sólo estaban los vigilantes muy amables.

En la planta baja de “El Infierno” había un jacuzzi y una pequeña pista con sillones alrededor y una barra de “baile” en medio.

En la planta del medio había una sala enorme que hacía las veces de discoteca, karaoke, sala de conciertos; una barra con todos los licores y bebidas que se pudiera desear y de las mejores marcas, una cocina llena de la mejor comida y hasta una barbacoa.

Curiosas las cuatro, solas en esa “casa” ajena, se pusieron a mirar. La mesa de centro se abría y dentro podías encontrar algunas sustancias ilegales. Decidieron dejar de abrir cajones, pues lo siguiente que iban a encontraran eran las armas, que en algún sitio estarían, sin duda.

Lo más curioso era que el techo de la cocina era de metacrilato y se podía ver perfectamente desde la fiesta lo que ocurría en la planta superior. Concretamente se veía un columpio de esos que se pusieron de moda para practicar sexo. Supongo que después de romper varias crismas, se pasó la moda. Además del columpio que se podía ver desde abajo, en esa planta había una cama gigante y unas estanterías con todos los juguetes sexuales imaginables e inimaginables. No era “El Infierno” de Dante, pero, sin duda, los niveles de este eran absolutamente sórdidos.

Obviamente las cuatro amigas habían entrado en un burdel privado. De esos que luego los propios dueños les contarían que nunca podrían ni imaginar la cantidad de negocios millonarios, acuerdos políticos y gente de todo tipo que había pasado por allí. Principalmente hombres millonarios y cualquiera que fuera su capricho.

Las chicas no se equivocaban y nada les pasó. Llegó el anfitrión con otro copropietario y mientras la proporción era de cuatro ellas y dos ellos, se sintieron seguras. Cuando la proporción empezó a cambiar, se batieron en retirada.

Ellas se fueron sanas y salvas, pero claramente, otras muchas no. Es el sitio ideal donde uno de los asistentes a los negocios que allí se cierran puede solicitar cualquier tipo de apetencia para satisfacer sus vicios (mujer, niña o niño, etc.…) y luego hacerlo desaparecer sin el menor problema, en ese inmenso jardín. A las mujeres, niñas o niños pobres ninguna autoridad los busca en países con un 98% de impunidad.

Sólo son las desaparecidas. Fantasmas. Y si sus madres las reclaman ante la policía ellos les dirán que se habrán ido con el novio, o que estaban metidas en drogas, o incluso, como hemos visto esta semana en el municipio de Guaymas (estado de Sonora, México), les regalan palas y picos para cavar. Porque sí, el gobierno municipal ha hecho entrega de unas palas y picos para cavar a las madres que buscan a sus hijas desaparecidas, para ayudar a encontrarlas.

Esta historia real me vino a la cabeza al hilo de la muerte de Maradona. ¿Cuántos “Infiernos” conocería Maradona en la Cuba de su amigo Fidel, donde se le suministraban niñas desnudas para ser abusadas con su “mano de dios”, con las que tenía la osadía hasta de hacerse fotos como parte de su tratamiento de “recuperación”? ¿O en Venezuela, o en Bolivia, o en Italia, o en la propia Argentina?

¿Cuántos “turistas” españoles, franceses, italianos, ingleses, americanos y de todo el mundo visitan a diario los mismos “Infiernos” que Maradona, donde se les permite abusar, maltratar, violar, y se les garantiza silencio e impunidad? Cada abusador lo hace en función de lo que su bolsillo le permite: al rey del fútbol las niñas se las ponían los dictadores y a los turistas de primer mundo los “tour operadores”.

En la semana del Día Internacional Contra la Violencia Machista la realidad nos recuerda que, para estar en el Infierno, muchas mujeres, niñas y niños no precisan morir. Sólo tener la desgracia de cruzarse con un futbolista, político, empresario, o cualquiera que pueda pagar por ellos.

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