El gato de Schrödinger

Como ocurre con el gato de Schrödinger, la capacidad del independentismo de convivir sin ninguna clase de dilemas morales con una cosa y su contraria, de hacer posible la supeditación de su ética e ideología al vil metal, es asombrosa

Ricardo Gómez de Olarte

El gato de Schrödinger es un experimento mental, muchas veces descrito como una paradoja, ideado por el físico austriaco-irlandés Erwin Schrödinger en 1935, durante el curso de discusiones con Albert Einstein. Ilustra lo que él vio como el problema de la interpretación de Copenhague sobre la mecánica cuántica.

El escenario presenta un hipotético gato que puede estar simultáneamente vivo y muerto. Es un estado conocido como superposición cuántica, como resultado de estar vinculado a un evento subatómico aleatorio que puede ocurrir o no. Por supuesto, el gato nunca existió.

La idea se trataba de poner un gato dentro de una caja sellada. Dentro, junto al gato, hay un recipiente con cianuro de hidrógeno (un gas venenoso) amenazado por un martillo conectado a un contenedor radiactivo. Existe el 50 % de posibilidades de que después de un período (digamos, una hora) ocurra una desintegración radiactiva de algún átomo dentro del contenedor lo que activaría el martillo y rompería el recipiente de cianuro, dejando libre el veneno que mataría al gato. El otro 50 % de posibilidad nos dice que esto no ocurrirá y por lo tanto el gato sigue vivo.

La paradoja de Schrödinger nos dice que nosotros como espectadores, desde fuera, no sabemos si dentro de la caja está vivo o muerto, por lo tanto, sin la verificación, el gato está vivo y muerto al mismo tiempo.

Traducido al román paladino, es la posibilidad de coexistencia de una cosa o situación y de su contraria. El minino de marras está muy de moda debido a nuestro actual gobierno social comunista, ya que es capaz de decir y hacer cosas y sus contrarias a la vez. Sin embargo, la realidad es que la paradoja del gato de Schrödinger tuvo su primera aplicación práctica en Cataluña con Pujol, que aplicó lo de “Madrid nos roba” para robar él, su prole y allegados sin dejar de conseguir un pastizal desde el mismo Madrid en base al agravio comparativo de la premisa inicial. En la actualidad, los catalanes seguimos disfrutando de ser protagonistas estelares del experimento. Veamos.

Aprovechando los pocos días de vacaciones navideñas nos hemos ido a pasar frío a la Costa Brava. Me refiero a la brava de verdad, donde la tramontana sopla con fuerza y levanta tanto fuertes locuras como olas. Donde España -y consecuentemente también Cataluña- dejan de existir para los informativos. Las cuatro poblaciones costeras entre Francia y el Cabo de Creus (Portbou, Colera, Llançà y Port de la Selva) desaparecen del mapa que se muestra en casi la totalidad de los informativos, incluyendo la autonómica catalana. La excepción solo se produce en caso de desgracias o noticias chuscas.

En cualquier caso y aprovechando la cercanía de nuestra segunda residencia, se nos ocurrió enseñar Cadaqués a nuestra hija. Si uno consigue abstraerse de las curvas de entrada al pueblo y de las pintadas y simbología lazi que inundan la población, debe reconocerse que es muy bonito.

El día de nuestra visita el poco viento que soplaba se llevó las nubes y lucía un solete que, sin calentar, daba una luz que adecentaba la vista y aclaraba el espíritu. Eso sí, en todas partes se exigía la libertad de los políticos presos, se lloraba y se daba pena por la independencia de Cataluña. De hecho, a la entrada del pueblo se ha ubicado un cartel que reza «Municipio adherido a la república catalana». Al visitante ajeno a Cataluña le puede chocar, incluso ofender o hasta causar risa. Los de aquí ya lo vemos como otra más de las fantasías húmedas de esta tropa que ni piensa ni “arrepara” como cantaba Navajita Plateá a Consolación la de Utrera.

Vaya por delante que la industria de la pesca ha desaparecido de Cadaqués y el 90% del pueblo vive del turismo. Especial y mayoritariamente, del recuerdo de Dalí. Sin ese recuerdo, Cadaqués no sería más que otro pueblecito pintoresco de la costa catalana desbordado por el turismo.

En verano hay una colección de señoras muy identificables que les da por disfrazarse de pintoras pijas y transitan por su verano buscando la inspiración, daliniana o la que fuere (aunque se trate del Fari rencarnado en pintor). He dicho identificables porque suelen pasear sus anoréxicos cuerpos enfundadas en zapatillas espardeñas con talón descubierto; pantalón y camiseta anchos de lino salpimentadas estratégicamente con alguna condecoración pictórica; cabello rubio recogido y trabado con algún pincel; manos manchadas (poco, lo justo) de pintura; pitillo encendido en la mano y mirada fingidamente ensoñadora como de obsesionada con alguna pincelada que se le resiste.

Solo se sabe si están de resaca o de búsqueda de inspiración si llevan las gafas de sol puestas sobre la nariz o a modo de diadema. Son las mismas que hace unos años alternaban sus delirios artísticos con la lucha social por subir al yate de Javier de la Rosa y disfrutar de las delicatessen que se hacía traer de Semon para sus invitados.

Ahora el plutócrata ha sido sustituido por la verdulera Rahola, sus paellas y los Laporta, Puigdemont (cuando no huía de la justicia) y Trapero de este mundo con guitarra y arrancándose por serratinas. El caso es que en la foto de la “socialité” figure algún delincuente o presunto delincuente.

Como decía y pintoresquismo aparte, Cadaqués vive del recuerdo de Dalí. Eso es tan evidente como que el agua moja, el cielo es azul y Puigdemont está fugado de la justicia.

A pesar del frío y ya comidos (mal, por cierto: manténgase lejos del restaurante “L’Hostal” de Cadaqués), fuimos a ver la casa de Dalí. La visita fue guiada por una persona del pueblo que le ponía más voluntad y simpatía que conocimientos sobre el de Figueras y su día a día en la casa de Portlligat.

Me sorprendió ver varias fotografías puestas ahí por el propio Dalí. No sé si lo hizo por llamar la atención o por motivos de vinculación política. Algunas de dichas fotografías, si bien eran de líderes políticos tenían una razón de ser diferente. Así, por ejemplo, tiene una fotografía de Stalin pero el motivo es el bigote del soviético ya que figura junto a otros bigotudos próceres mundiales.

Mi sorpresa fue otra. Hay varias de Dalí con Franco. Y alguna de José Antonio Primo de Rivera. En las que aparece Franco con Dalí y se puede observar a éste, en diferentes épocas de su vida, con un gesto desenfadado o relajado y sin pose alguna. Efectivamente, uno de nuestros principales pintores y genio universal, era de derechas. Muy de derechas y nada independentista. Todo lo contrario.

Lo chocante de todo esto es que el baluarte veraniego de la vocera oficial del régimen indepe -el centro neurálgico del paellamen estival y etílico del separatismo- vive de un señor que siempre se definió como de derechas, cuando no franquista.

¡Y todos callan al respecto! La capacidad del independentismo de convivir sin ninguna clase de dilemas morales con una cosa y su contraria, de hacer posible la supeditación de su ética e ideología al vil metal, es asombrosa. Casi tanto como el hecho de que la Sra. Rahola no haya descansado hasta conseguir ser socia del Real Club de Polo de Barcelona, club social de las élites de la ciudad donde la inmensa mayoría de sus socios son contrarios al independentismo.

Lo bueno es que casi todos nosotros conocemos a algún comunista de boquilla. Ya saben, el que viste con el uniforme propio del progre: de negro, camiseta reivindicativa, pelo ordenadamente descuidado, sombrero o gorrito guai, calzado deportivo, gafitas redondas, pose desaliñada y actitud profesional superficialmente rebelde o excéntrica -pero vacua- que ocultan complejos de inferioridad o filias inconfesas.

Es el mismo que tiene el riñón cubierto con varias y gruesas capas de mucho dinero y deja de ser rojillo de salón cuando el Estado le trinca más pasta de la que a él (o ella) le conviene. El que se harta de berrear contra el actual “régimen de la transición” exigiendo una revolución pero que al primer tiro, se dará el piro (hablando de Serrat…). Es aquel que te mira con cara de asco cuando le afeas haberse burlado de lo casposo del franquismo y producir a la vez películas a la Pantoja (caso de Víctor Manuel y Ana Belén).

En conclusión y volviendo al tema inicial, la pachorra y caradura indepe para convivir con sus propias contradicciones tiende a ser infinita sin que a nadie le importe nada más allá de lo único que realmente les importa: su dinero o el de los demás como objetivo a trincar.

De contrario se podrá alegar que, por encima de todo, Dalí era un genio universalmente conocido que trasciende más allá de su adscripción política. ¿Y Flotats, actor mundialmente conocido pero que reniega del independentismo y se ha tenido que buscar el pan fuera de Cataluña por la asfixia indepe? Ningún político indepe fue al entierro de Montserrat Caballé. La consejera de Cultura tenía un compromiso en una feria de libros en Besalú y Torra solo se presentó cuando supo que iría Sánchez.

Como dijo Marguerite Yourcenar: “Exageráis la hipocresía de los hombres. La mayoría piensa demasiado poco para permitirse el lujo de poder pensar doble”.

«No se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto».
Aristóteles

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