El encanto del crimen: puro humor inglés

Probablemente, El quinteto de la muerte (Alexander Mackendrick, 1955) sea la obra más recordada de la Ealing y una de las que mejor resume y culmina la historia de estos estudios, frivolidad sobre asuntos serios, eso es el humor inglés. Delicious!

El encanto del crimen: puro humor inglés, el quinteto de la muerte

Los estudios Ealing nacieron en los años 30 en Inglaterra y en veinte años crearon una serie de películas de diversos géneros, pero siempre con elementos comunes como el humor irónico, el realismo y lo British por encima de todo. Grandes cineastas y actores confluyeron a la vez en uno de esos momentos de la historia del cine en el que todo puede salir bien y la magia funcionó. Probablemente, El quinteto de la muerte (The Ladykillers, Alexander Mackendrick, 1955) sea la obra más recordada de la Ealing y una de las que mejor resume y culmina la historia de estos estudios.

La anciana y viuda señora Wilberforce (Katie Johnson) alquila una habitación de su casa a un misterioso “Profesor” Marcus (Alec Guinness), quien introduce en ella a sus cuatro “amigos” de un quinteto musical para, en realidad, planear y ejecutar un supuesto robo perfecto. Desde el primer momento intuimos que la frágil viuda va a poder con todo lo que se ponga por delante, pero es una maravilla disfrutar con un guion lleno de detalles deliciosos.

Por un lado, el enfretamiento y contraste entre ella y ellos. La propia casa ya es metáfora de la señora Wilberforce, pues está llena de grietas y literalmente torcida por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial (ese cuadro que no se puede enderezar). En el estilo tradicional del hogar inglés encontramos el juego de té, el cuadro del difunto marido o su entrañable herencia: los loros. Gag de guion: “¡¿Quién habla?!” “Oh, es solo el General Gordon, perteneció a mi difunto marido. Tuve cuatro” “¿Maridos?” “No. Loros. Ahora solo tengo tres…” “¡Loros!”.

Los modales exquisitos de la anciana contrastan con los cinco criminales, cada uno modelo y parodia de un villano tradicional. Danny Green es el gigante de fuerza bruta que termina por empatizar con la anciana; Cecil Parker es el bigotudo y señorial caballero de porte militar (“Mayor”), que es de los primeros en pensar en traicionar a los demás; Peter Sellers, en su primer papel importante, representa al joven caradura de la calle; Herbert Lom parodia al gánster de Chicago de negro, con sombrero y tics, y hasta se dice que interpretaba al personaje en serio porque no captaba el humor de la película; y, finalmente, Alec Guinness es el cerebral profesor que ha planeado todo y se luce con su mirada sibilina y su dentadura postiza de toque siniestro. ¿Quién da más, frente a tan frágil anciana?

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Sin embargo, la señora Wilberforce se nos presentará como ese invencible espíritu inglés decimonónico aunque, eso sí, con toda la ironía imaginable. De hecho, la primera escena la muestra paseando hacia comisaría y, al pararse ante el cochecito de un niño, este empieza a temblar con el berrinche de la criatura… Más contundente es ver a la anciana abrir el grifo de su cocina: para que llegue el agua a sus deterioradas tuberías tiene que golpear con un martillo varias veces con una violencia tan inesperada como divertida. El terremoto que es la anciana lo comprobamos en otra escena en la que crea un caos en la calle al intentar reprender a alguien que castigaba a un animal. Todo esto con el baúl del dinero a cuestas, sin que ella lo sepa, y terminando en comisaría para desesperación del quinteto que observa a distancia la escena.

Sin embargo, la comedia no llega a lo grotesco y no será con violencia como la anciana frustre a los bandidos. De hecho, otra joya del guion: ¡ella no hará nada! Son ellos mismos quienes se delatarán y se verán abocados al asesinato de la testigo. El problema es que ninguno se atreve (otro detalle brillante: atracadores asesinos que saben que matar a una anciana es peor que todo) y tendrán que rendirse al azar. Sus disparatados fracasos se suceden y cada cadáver es arrojado al tren que pasa justo por detrás de la casa, en un hallazgo genial de decoración y economía narrativa. Esos trenes nocturnos con su ruido y su humo subrayan toda esta atmósfera londinense por antonomasia en la que no faltan referencias a la reina Victoria o a King’s Cross.

Por si fuera poco, los delincuentes disimulan sus reuniones poniendo el disco del Minueto Op. 11 número 5 de Boccherini, que provoca las constantes interrupciones de la anciana por la belleza del mismo y por los recuerdos que evoca en ella, que hacen que les ofrezca té constantemente. Una última del guion: el peligroso Herbert Lom parodia a la señora Wilberforce en un aparte casi teatral “Disculpe, Mayor Courtney, ¿me preguntaba si querrían un té?” y justo entonces entra ella: “Me preguntaba si querrían un té, Mayor Courtney”.

Por cierto, tanto el guionista (William Rose, nominado al Óscar por esta película) como el director (Alexander Mackendrick, apenas diez películas en su carrera, pero menudas diez películas) eran americanos, pero es lo que tenía la Ealing, que era capaz de teñir de encanto e ironía inglesa todo cuanto tocaba. El quinteto de la muerte lo demuestra: frivolidad sobre asuntos serios, eso es el humor inglés. Delicious!

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