El enano

Eran las épocas en las que, en Barcelona, la heroína todavía circulaba con la misma fluidez que la cocaína

Ricardo Gómez de Olarte

Ella siempre se metía con él por su profesión. Eran burlas sin demasiada saña pero no carentes de algo de mala baba. “Tienes una profesión de charlatán, de vendedor de feria”; “En el fondo, tu trabajo es de vendedor ambulante”; “No generas nada”; etc…

Para ella era cómodo manifestarse de ese modo. Era toda una ingeniera, de las de antes: cinco años y proyecto final de carrera para poder licenciarse como tal. En cambio, él había hecho mucho el manta en la facultad de Derecho.

Además, aunque compaginaba trabajo y estudios, había sido un “juergas”. En algunos trabajos las había pasado canutas pero supo defenderse solo, sin pedir ayuda a papá ni a mamá. Todas esas circunstancias le habían dado un bagaje y una visión de la vida mucho más amplias que los de ella que había salido de la facultad sin una mácula en su expediente pero sin saber nada de la vida.

Aunque las críticas de ella cada vez arreciasen, él cada vez la admiraba más, tanto en su belleza, como en su inteligencia como en su buen humor. A él no le importaba demasiado porque cada vez compartían más cosas. Tan sólo callaba y la dejaba hablar. Un día, el Colegio de Abogados le avisó de que al cabo de un mes le tocaría estar de guardia para asistir legalmente a detenidos en un sábado en comisaría y el domingo siguiente en el juzgado.

Él le dijo a ella que “ya que tanto despreciaba y tanto se burlaba de la profesión de abogado, podría acompañarlo en esa guardia y así podría continuar burlándose de él pero con conocimiento de causa, con algo tangible más allá de sus palabras”. Ella aceptó el desafío y llegado el día, bajo la apariencia de su pasante, ella lo acompañó a lo largo del sábado y domingo de asistencia a detenidos.

Eran las épocas en las que, en Barcelona, la heroína todavía circulaba con la misma fluidez que la cocaína. En una de estas, le llamaron para que asistiera a Paco, un detenido que no era “de oficio”, era cliente “de pago”. “El enano” (mote inmediato dada su escasa altura) era cliente de él desde hacía años.

Su especialidad era lo que antes se llamaba “robo con escalo”; es decir, colarse en casas o locales y robar lo que hubiera dentro. En ocasiones contaba con alguien que “le diera el santo”; o lo que es lo mismo, alguien que le contara lo que había dentro de las casas y que valiera la pena. De una forma u otra, él siempre había conseguido que “el enano” no fuera mandado a la “Modelo” en prisión preventiva.

Cuando la pareja llegó a comisaría y la policía le contó los motivos de la detención, a él le cambió el semblante. Inmediatamente supo que, en esta ocasión, Paco no se iba a librar. Al día siguiente en el Juzgado de Guardia, el magistrado confirmó las sospechas: prisión preventiva sin fianza.

Ella le preguntó qué significaba lo de “prisión preventiva sin fianza”. Él le aclaró que “el enano” no podría salir hasta que se celebrara el juicio y que eso podía ser, si había suerte, en un año (eran tiempos de mayor rigor judicial que los actuales). A ella le cambió el semblante ya que “el enano”, aun siendo culpable, no había hecho más que robar 500 gramos de cocaína a un camello. Él le dijo a ella que lo más duro venía ahora. Ella no entendió qué es lo que podía ser más duro que aquello.

Salieron de las dependencias del Juzgado de Guardia y en los bancos de fuera, esperaba una anciana. Con los ojos rojos por contener las lágrimas, él le dijo a la anciana que esta vez “el enano” se quedaba dentro. La anciana, con un bypass en el cuerpo, nada dijo. Comenzó a llorar y a susurrar “mi hijo, mi hijo”.

Él la intentó consolar y la anciana le preguntó “¿Y ahora qué haré yo? ¡Si con la pensión solo pago el alquiler! ¿De qué comeré?”. Sin que la anciana ni ella se dieran cuenta, él deslizó un billete de 5.000.- Ptas. (30 euros actuales) en el bolsillo del abrigo de la anciana.

Aún ahora ella sigue sin saber que él le dio a la anciana ese billete. Supongo que si algún día lee esto, quizás ella termine de enterarse de que existe un mundo más humano que el de su profesión y su trabajo de ingeniera. Quizás ella se termine de dar cuenta que no solo importan las palabras y que muchas veces son más importantes los hechos.

La pareja se despidió de la anciana y durante un buen rato, ella no dijo nada. Iba muy seria y en silencio. Al cabo de un rato, ella tan sólo dijo una frase: “Es de lo más duro que he visto en mi vida. Jamás volveré a meterme con tu profesión”. Fuera de esa frase, nunca hubo un comentario más al respecto, ni un gesto de solidaridad hacía él, ni un comentario de piedad hacia “el enano” o su madre. Nada.

«La vida, el sufrimiento, la soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus propios héroes; héroes obscuros, a veces más grandes que los héroes ilustres.”
Víctor Hugo

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