El ecocidio del que Greta no habla

nuria gonzalez

Los que tenemos la surte de venir de una familia de jornaleros y jornaleras, gente pegada a su tierra independientemente de donde estén, lo que hagan o a que latitud del mundo los hayan llevado los caprichos de la vida, sabemos que no hay nadie que ame más la tierra que su gente.

Pero amor del bueno, por cada piedra como si fuesen sus propios dedos, por cada rama de cada árbol como si de sus propios pulmones se trataran y, sobre todo, por encima de cualquier cosa, aman cada gota de agua porque es para esas personas el elemento más valioso del universo. Ahí sí saben exactamente el alcance del concepto “líquido vital” al referirse al agua.

» pocas cosas me parecen más estúpidas que llevarse a niñas y niños pequeños a hacer el guiri a 15.000km de casa «

Además, las habemos más afortunadas aún, como aquellas que periódicamente en casi todas nuestras vacaciones infantiles, nuestros padres no tenían dinero para llevarnos a otro sitio que no fuera “al pueblo”, hecho que cada vez agradezco más porque hay pocas cosas en la vida que me parezcan más estúpidas que llevarse a niñas y niños pequeños a hacer el guiri a 15.000km de casa en lugar de dejar que se desoyen las rodillas en cualquier torrontera de la hoy nombrada muy modernamente “España vaciada”.

Esa falta de recursos para el ocio familiar nos posibilitó convivir con esa tierra y desarrollar un poquito, al menos, del amor infinito que los hombres y las mujeres del campo nos transmitieron, aunque nos llamaran medio forasteros (pero que, al fin y al cabo, siempre éramos la niña de tal o el niño de pascual).

Lo que parece que no nos transmitieron fue el orgullo por ser parte nuestro ecosistema salvaje, que, si bien no es una selva tropical, en mi caso personal, si fue un mar de olivos, que no es poca cosa.

Mi mamá, que es una de esas mujeres del campo, del campo andaluz, una “cortijera” (adjetivo que ella siempre lleva a gala y que para muchos iletrados es sinónimo de catetez e incultura), es una de esos miles de miles de personas que en los años 60 emigró de ese campo, por aquel entonces pobre y durísimo, a la gran ciudad, y que no le fue mal; estudió, trabajó, ascendió, se hizo un sitio y disfrutó. Resumiendo, prosperó.

Pero siempre tuvo la gracia de volver, y llevarnos, a tocar el trocito de la tierra del que salimos. Además, realizó la proeza de conservarla en la familia. Hoy vive ahí todo el rato que puede.

«Ese trocito de tierra ha servido a mi mamá para trabajar mucho y ganar poco»

No es que sea una finca a lo familia Alba (que más quisiera yo…), pero es un trocito de ese mar de olivos infinito andaluz y que ha conseguido mantener enraizado en sus pueblos blancos la vida cotidiana, vida que en otros territorios como Galicia, Castilla o Cantabria se ha esfumado.

Ese trocito de tierra que ni mamá cuida diariamente, a ella le ha servido para trabajar mucho y ganar poco, y a mí personalmente para ser testigo directa del cambio y evolución fantásticas del campo a partir de los años 90, y de la destrucción absoluta a la que sea aboca ese sector productivo desde hace un par de años.

Es insólito. Mientras todo el mundo se llena la boca con lo necesaria que es la transformación del modelo productivo en un modelo sostenible (que lo es), mientras la gente se admira cada vez que una adolescente nórdica abre la boca para decir obviedades inconcretas (que llevamos escuchando toda la vida), mientras que pagamos religiosamente las bolsas en el súper pero compramos todo envuelto en plástico, es inaudito que mientras pasa todo esto, nuestra única industria totalmente ecológica y que da de comer a miles de familias, y que daría a muchas más si no fuera por la guerra de aranceles en la que nos ha metido el incalificable Trump, que lo va a hacer pasar muy mal a todo el sector agrario, especialmente al aceite y al vino, y no se oiga ni una sola palabra al respecto en las eternas negociaciones para formar gobierno. ¿saben ustedes cómo se llama nuestro ministro de agricultura? Yo tampoco si no lo busco.

«La Cumbre del Clima parece una versión 2.0 de High School Musical, que no una reunión seria de gente que de verdad conozca la situación «

Es infumable que nos vengan con la cantinela de la secta vegana y nos insinúen que para salvar el planeta hay que dejar de comer carne (los pobres claro, porque si la idea es subir el precio de la carne, los ricos seguirán engullendo chuletón al gusto cada vez que se les antoje), cuando la ganadería expansiva es el método de conservación del medio ambiente más efectivo y eficaz.

A todo esto, llevamos 15 días asistiendo a la cumbre del clima que nos tiene que salvar de la destrucción masiva, y que más parece una versión 2.0 de High School Musical, que no una reunión seria de gente que de verdad conozca la situación y poderes comprometidos en algo más que no sea hacer negocio.

Y yo no soy una negacionista, ni mucho menos. Recordad que mi mamá me ha llevado siempre al campo y lo hemos visto transformarse de medieval a productivo y moderno gracias a la PAC (política Agraria Común de la UE), y ahora, con los precios de venta cayendo y los de mantenimiento subiendo para los pequeños productores y ganaderos por culpa de un capitalismo salvaje, que parece importar menos que lo que desayunan los niños prodigio del activismo climático, se está produciendo un ecocidio masivo.

«Pagar 22 céntimos el kilo de aceituna es un ecocidio, es matar la vida en el campo»

En España se arrancan árboles frutales, se matan reses, se tira leche, se devalúa el vino propio, pero todo ello se exporta de países del tercer mundo, para que nosotros los sigamos consumiendo igual de caro, los productores en origen lo sigan infra cobrando igual de bajo, pero los distribuidores sigan haciendo un motón de millones.

Y el aceite. Nuestro oro líquido, la base de la anteriormente adorada dieta mediterránea que ahora parece que ha sido desterrada en pro de la soja y de la próxima dieta a bases de insectos que nos quieren colar cada vez con más asiduidad.

Los aceituneros y aceituneras que en estos días de clima tan agradable están en plena campaña, y se levantan a las 7 de la mañana para irse a varear olivos y recoger la aceituna, no saben este año que va a ser de ellos.

El precio del aceite el año pasado ya cayó un alto porcentaje porque las distribuidoras españolas preferían comprar aceite de más baja calidad, pero luego embotellarlo como si fuera gourmet. Este año el kilo de aceitunas ha pasado del euro y poco del 2018 a 22 céntimos en 2019. No se puede mantener una estructura productiva sobre 22 céntimos, ni pagarles a los trabajadores, ni curar los árboles, ni cuidar el medio, con 22 céntimos el kilo. Eso es un ecocidio: matar la vida en el campo.

Nos obligaremos al final a abandonar ese campo productivo, ecológico y sostenible, para hacer emigrar a la gente, de nuevo, a las ciudades, cuando estamos discurseando todo el rato que las ciudades son el problema.

Sólo que ahora no pasa lo mismo que le pasó a mi mamá. Ahora ya nadie prospera en la ciudad. Ahora la gente vive con 426 euros, sin más perspectiva que la de no sufrir un desahucio. Mi mamá dice que es que nos quieren a sí, pobres y con paguitas de miseria. Muy muy lejos de los aceituneros altivos del poema.

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