El doctor Lecter, supongo…

El doctor Hannibal Lecter no necesita presentación. Anthony Hopkins borda el papel de su vida con menos de media hora en pantalla y se convierte en un icono del cine y de la cultura popular

El doctor Lecter, supongo…
El silencio de los corderos

La semana que viene se estrena la serie Clarice, con Rebecca Breeds en el papel principal, justo cuando se cumplen treinta años del estreno en Estados Unidos de El silencio de los corderos (The silence of the lambs, Jonathan Demme, 1991). Por cuestiones de derechos, en la serie no puede aparecer Hannibal Lecter, por lo que tendrá difícil superar ese hándicap…

El silencio de los corderos adaptaba la segunda novela (1988) de la serie de cuatro que Thomas Harris iba a dedicar a Hannibal Lecter, tras El dragón rojo (1981). La novela fue aclamada y premiada, pero la película es mejor todavía.

El doctor Lecter, supongo…

Con el precedente inmediato de Twin Peaks (1990) (por tantas razones, la mejor serie de la historia), El silencio de los corderos nos introducía en una investigación de asesinatos de jóvenes que llevaba a cabo una inexperta agente del FBI, aún en la academia, la cual es reclutada para hacer un perfil de otro asesino en serie ya en prisión. Clarice Starling (Jodie Foster) es un personaje frágil en apariencia. Su mirada azul no puede evitar parecer inocente en un mundo malsano y enfermo. Sutilmente, un par de analepsis nos llevan a su infancia y se subraya así su inocencia y el terrible momento de la pérdida de la misma: cuando falleció su padre. El director nos muestra a la adulta Clarice llorando a solas sobre su coche en un plano elegante y respetuoso. Perfecta descripción y presentación del personaje.

Demme (algo tramposo en algunas soluciones y escenas) quería que el espectador viviera la historia a través de Clarice, de ahí esos particulares planos-contraplanos subjetivos, en los que la agente mira un poco fuera de foco, pero sus interlocutores miran directamente a cámara, es decir, al espectador. De esta manera, nos identificamos con Starling, interrogamos con ella y… nos miran como a ella.

La mirada y la transformación son los dos temas de la película. Miradas que provocan codicia y llevan al crimen. Miradas que indagan en el interior de las personas para destruirlas desde dentro. Miradas en la noche que ven, cuando nadie puede ver. Sí, esta es una película de terror real, sin espíritus, fantasmas, ni magia. Tan real como los asesinos que ha habido y habrá y que creíamos que eran inocentes vecinos o respetables doctores…

El doctor Lecter, supongo…

El doctor Hannibal Lecter no necesita presentación. Anthony Hopkins borda el papel de su vida con menos de media hora en pantalla y se convierte en un icono del cine y de la cultura popular: “Usted usa crema hidratante Evian. Y algunas veces se pone L’Air du Temps. Pero hoy, no.” El astuto lobo ha encontrado a Caperucita. Su inquietante parsimonia y aparente elegancia hacen que, desde su primera aparición, todos temamos y, a la vez, deseemos verle en acción. De forma brillante, Demme consigue que Lecter y Clarice nos miren en un solo plano, cuando él se refleja en su jaula de cristal: separados, pero juntos. La agente termina por convertirse en paciente y el doctor se recrea en su análisis, pues empatiza con la inocencia virginal de la niña que amaba a los corderos… cuando él los devora. La fuga de Lecter es otro momento inolvidable, con el inquietante Francis Bacon como referencia. De Bach a Bacon y de un roce “íntimo” a una explosión de sangre y horror. Impresionante contraste y, de nuevo, metamorfosis.

“Buffalo Bill” (Ted Levine)

Y, aunque no brille tanto, queda el otro asesino. “Buffalo Bill” (Ted Levine) despelleja jóvenes y se queda con su piel. Así de terrible. Así de brutal. Busca transformarse en lo que no es, un cambio imposible que tiene como referente a la polilla-mariposa esfinge de la muerte (citada por Stoker en su Drácula, nada menos), que ya anuncia que su transformación solo será a través de la muerte.

Clarice sí conseguirá transformarse en agente especial del FBI y eliminar sus pesadillas en forma de gritos. Lecter sí conseguirá cambiar su celda por la libertad para proseguir su inquietante dieta. Hasta el gran Howard Shore, muchos años antes de los anillos, compondrá una banda sonora obsesiva que evoluciona hasta evocar el aleteo de una mariposa. Lo más importante, el espectador no sale indemne de la película. También habrá cambiado por dentro, cuando termine su convivencia con estos personajes. Si el arte nos remueve y nos cambia, entonces es que hemos encontrado eso tan precioso: en efecto, una obra maestra.

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