El derecho al NO

El hombre, ese noble bruto bípedo, ha descubierto que no es tan difícil vivir solo y que una vez que se aprende a decir NO, el mundo sigue girando y se puede ser feliz

Ricardo Gómez de Olarte

– Cari, ¿por qué no montamos este salón con ese sofá tan cuco tapizado en verde pistacho, que está tan de moda y la lámpara de encima del salón de “Fanta e Cola”?
-No, cari. NO.
-¿Ya no me quieres?
-Por supuesto que te quiero. Y mucho. Pero esos muebles no me gustan nada. Aunque vayamos a vivir juntos en esta casa, resulta que es MI casa. Y si algún día me dejas, cosa que espero que no suceda nunca, esta casa seguirá siendo MI casa y los muebles, MIS muebles. Y lo que no quiero es que cuando te vayas, cosa que repito que no quiero que suceda, lo que tú hayas elegido aún me rechinará más y le acabaré cogiendo manía.
-Eso es que no me quieres. Aún sigues pensando en tu ex. Estoy pagando sus errores. Y también es que no quieres un compromiso serio conmigo. Si me quisieras y te quisieras comprometer, compraríamos esos muebles que te digo.
-No, cari. NO. Una cosa es mi compromiso contigo y otra cosa es que vuelva a hacer el imbécil como lo hice con mi ex.
-¿Lo ves? No quieres superar lo de tu ex. No te quieres comprometer conmigo. Mira, sabes lo que te digo, que estás imposible. Cuando entres en razón, ya si eso, me llamas. Me voy a MI casa, que aunque sea más pequeña y no sea un ático precioso, es MI casa.

Este diálogo, más o menos inventado, habido entre una pareja de divorciados cuarentones/cincuentones, es mucho más frecuente de lo que imaginamos. Ambos trabajan, llegan (algunos más, otros no tanto) a final de mes. Ellas han logrado la verdadera independencia, que es la económica. Exigen la aplicación permanente de todos y cada uno de sus derechos y con toda la razón.

Pero también exigen un compromiso no basado en la paridad entre géneros. “Ah no, es que yo soy feminista pero no radical. Lo que quiero es un hombre que me abra la puerta y me deje pasar antes. Que sepa cocinar y que sepa vivir solo y cuidarme.” Su amiga: “Pues yo lo que necesito es un hombre que me dé la seguridad económica que la mierda de mi trabajo me roba, porque como soy mujer, no me tratan igual y me hacen trabajar un montón de horas de más”. La de más allá: “A mi que no me quiten mi independencia, que estoy muy bien sola. Eso sí, también quiero un novio on/of. De esos que se puedan encender a mi voluntad”.

Va a resultar que muchos hombres llegan tarde a casa por voluntad propia y no porque su jefe les exige la presencia para hacer ya esa presentación, pero que el propio baranda ha retenido durante todo el mes anterior. “Pero Paquito, tú tranquilo, que si no te va bien, ya se lo encargo a Julio, ese joven máster del PIJESE que viene pisando fuerte” Y Paquito, buen entendedor de la amenaza velada, duda entre llamar vago profesional a su jefe o llamarle inútil de mierda. Paquito se come esa duda, como las ganas de soltarle un guantazo con la mano abierta (estilo Bud Spencer) y se queda a hacer la presentación para enviársela a su jefe a la hora que sea y esperar que el cretino decida algo, cosa que suele hacer rondando la medianoche, tras su cena y con la copita en la mano.

Sin embargo, ahora le toca a la mujer aguantar estos abusos y estas amenazas. Para ser moderniquis, y estar con la mayoría, en esta época lo llamamos abuso de poder, machismo, acoso, etc.. Antes se le ponía el nombre del mismo santo: San Joderse, que siempre caía en todos los días de la semana.

¿Qué está empezando a cambiar? Que las mujeres están descubriendo que una parte del precio a pagar por la igualdad de género es recibir una respuesta que a muchas no les gusta: NO. No voy a cambiar la decoración porque tú lo creas oportuno.

No voy a cambiar mi horario de ir al gimnasio porque a ti te vaya bien y cuando te apetezca. No voy a dejar de salir con mis amigos porque tú te pongas tierna. Muchas cuarentonas/cincuentonas llevan fatal esa negativa.

Como alguna lleva mal descubrir en el divorcio que, al ganar ellas más que el maromo, les toca pagar una pasta. Entonces es cuando aparecen los clásicos “Ya no quedan hombres (será que no quedan hombres tontos)”. “Los hombres de hoy tienen miedo al compromiso (lógico, cuando no te sacan los cuartos durante la relación, te los sacan durante la separación)”. “Los hombres no saben estar solos necesitan limpieza, cocina y sexo (cuando resulta que muchos saben cocinar, lavar, planchar y para el sexo, siempre se encuentra consuelo y con la edad se disipa el deseo)”. El clásico sostenella e no enmendalla.

Y así nos encontramos con mayor frecuencia a los mismos grupos de amigas que antes salían a divertirse y ligar y ahora salen a despellejar a cualquiera hombre con tal de liberar bilis. Lo que sea con tal de no reconocer que esa parte del precio por la igualdad nunca les fue explicado y que a lo mejor resulta que la cosa no mola tanto. Que lo de sola y borracha tampoco se trata de eso. Que oye, cari, que era una forma de hablar, que si a ti te gustan ese sofá y esos muebles, pues nada, adelante con ese sofá y esos muebles. Total, así te veo feliz y estando tú feliz, yo también lo estaré y seguiremos juntitos. Nunca más solos, ¿eh?.

Pero el hombre, ese noble bruto bípedo, ha descubierto que no es tan difícil vivir solo y que una vez que se aprende a decir NO, el mundo sigue girando y se puede ser feliz.

Sucedió lo mismo con la generación de mujeres que ahora tienen 80 y tantos. Descubrieron -tarde, desgraciadamente- que perdiendo el miedo al marido opresor y violento se podía seguir sobreviviendo. Cierto es que durante la época franquista, tanto en España como en el resto de Europa costaba más, pero se podía. Que se debían haber plantado antes. Conozco algún ejemplo, aunque ciertamente escaso.

Ellas son las que deberían ser consideradas como las verdaderas luchadoras y heroínas sobre las que las mujeres de ahora han podido conquistar muchos de sus derechos. Las que renunciaron a casi todo -incluso a voz y voto- por ser el pilar de la familia. Y también las más traicionadas por sus herederas, que han confundido la libertad con la barra libre y el todo vale.

De ahí que el género masculino haya tomado conciencia de que tanto derecho tienen las mujeres como los hombres a ser libres. El falso himno de los Tercios de Flandes dice que sólo es libre el hombre que no tiene miedo. No es cierto. Ni el himno ni la frase. Nelson Mandela acuñó una frase, que tampoco era suya del todo: “Un hombre valiente no es aquel que no siente miedo, sino el que se sobrepone a él”. Como de costumbre, lo que no inventaron los griegos, lo consagró la Roma clásica:

“Quien vive temeroso, no será nunca libre”
Horacio

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