El covid-19 o la lepra del siglo XXI

Salimos a aplaudir al balcón, pero cerramos la puerta de la calle a cal y canto cuando se trata de acoger un posible factor de riesgo, aunque tenga cuatro añitos

nuria gonzalez

Ya no nos tocamos. No tocamos nada. Como en tiempos de las plagas bíblicas, donde los leprosos eran aislados y confinados para que no pudieran tocar ni ser tocados. Las UCIS de los hospitales de hoy se han convertido en las modernas leproserías, y el sentido del tacto nos ha sido arrancado de la piel a todas las personas, sanas y infectadas.

Ya no sentimos el calor del otro, ni la humedad de los besos ni siquiera el olor (aunque sea a sudor) de nadie. Un metro y medio de supuesta seguridad nos lo impide. Y debe ser que como lo que no se toca, no se ve y lo que no se ve, al final, no se acaba queriendo, este virus coronado es la enfermedad de los desqueridos, de los intocables y de los invisibles.

Pero no sólo vuelve invisibles a quienes lo padecen, que se pierden tras las puertas de los hospitales o residencias para no volver jamás, sino también, a todos los demás, ya que nos oculta tras unas mascarillas que no sabemos si nos protegen de los microorganismos o de evidenciar el miedo que tenemos a la “insoportable levedad del ser”, que se nos ha manifestado más inexorable que nunca.

«Salimos a aplaudir al balcón, pero cerramos la puerta de la calle a cal y canto cuando se trata de acoger un posible factor de riesgo, aunque tenga cuatro añitos»

Desaparecen los enfermos, desaparecen los muertos, y se desquiere e invisibiliza a los sanos que dependían de los enfermos, de los que nadie se quiere hacer cargo. El peor temor de muchas madres y padres que alguna vez pensaron “qué será de ti, hijo mío, si a mí me pasa algo”, se hace realidad cada día, a la misma velocidad que se confirman positivos de personas esenciales. No doctoras, ni enfermeros, ni policías, pero sí madres de familia sin ninguna red social.

Esos hijos también son los nuevos leprosos, a los que nadie se quiere acercar y acaban en las instituciones. Porque somos muy solidarios para abrir la puerta del balcón y salir a aplaudir, pero cerramos la puerta de la calle a cal y canto cuando se trata de acoger un posible factor de riesgo, aunque tenga cuatro añitos (hecho real ocurrido esta semana en unas urgencias de una ciudad catalana).

Y como no, en medio de una distopía que ningún escritor, guionista, dramaturgo, pintora o cineasta jamás nunca imaginó ni escribió, hay quien utiliza su gran fortuna para asegurarse la vida después de la muerte ajena, aunque solo sea para seguir explotando a los que no hayan muerto, comprando respiradores para sus propias casas. Así se sabe que lo están haciendo ya poderoso millonarios rusos, que no deben tener mucha confianza en el “super hombre” que los comanda con mano de hierro y michelín retocado a golpe de Fotoshop.

En medio de la invisibilidad que nos devora y que nos tiene escondidos podemos reflexionar lo muy equivocados que vamos en el camino del canibalismo social que llevamos emprendido a toda máquina desde hace más de medio siglo. Y si no lo creen, ahí están bien limpitos los canales de Venecia que nos interpelan a poner el foco sobre el verdadero virus. Lo malo.

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