El chamán cateto

Ricardo Gómez de Olarte

Gracias a los seculares desvelos del Ayuntamiento de Barcelona y a la obsesión de su actual alcaldesa por el civismo y el cuidado de los barceloneses, tuve la suerte de pisar –por cuarta o quinta vez, ya he perdido la cuenta- un trozo de acera mal nivelada respecto de las losetas vecinas. Al parecer, esta falta de nivel en el enrasado de las aceras barcelonesas se debe a que cuando alguna empresa de suministros o las brigadas del propio Ayuntamiento abre una zanja para efectuar los trabajos necesarios no vuelve a reponerla correctamente al cerrarla.

El resultado es harto comprobable: a lo largo de las aceras barcelonesas hay largas líneas de losetas a diferentes alturas unas de otras lo que provoca que al pisar uno acabe torciéndose el tobillo con suma facilidad.

Me sucedió el sábado pasado en una de las salidas de la parada de Verdaguer, donde se ubica el despacho donde trabajo. A una vecina de otra oficina le pasó lo mismo y en el mismo sitio. En mi caso, como decía, me ha sucedido cuatro o cinco veces; siempre por el mismo motivo y siempre con el mismo resultado: esguince de mayor o menor importancia.

La suerte que tenemos los barceloneses es que a nuestros gobernantes municipales no les pasa eso porque van en coches oficiales y dicho transporte les aísla de tan ramplones detalles, lo que les permite centrarse en solucionar nuestros problemas cotidianos. Loor y larga vida a la alcaldesa Colau que tanto se preocupa por nosotros, siempre que seamos manteros u okupas.

En fin, con el tobillo como un melón acudí a urgencias de mi mutua médica. Como no es la primera vez que me sucede, calcé zapato blando y abierto, vestía bermudas y en la mano llevaba el “walker”, que no es una botella del amigo Juanito y sí es esa bota ortopédica que viene sustituyendo al clásico yeso. Insisto en que el tamaño de mi tobillo había incrementado a dimensiones hulkianas (de Hulk).

El personal que clasifica a los pacientes, con una perspicacia digna de la más estricta lógica militar (valga el oxímoron), me hizo levantar dos veces para preguntarme, en ambas ocasiones, qué es lo que me sucedía. Estuve tentado de contestar que como me aburría y no tenía otra cosa mejor que hacer, había decidido darme un bureo por la dependencias hospitalarias a tocar lo que no suena al personal. Pero por un prurito de educación y de practicidad decidí responder lo que era evidente salvo para los ciegos: “Tengo un esguince en el tobillo izquierdo”.

Me introdujeron en una camilla entre dos biombos y finalmente se dignó venir un hombre, con bata de manga corta, barbita recortadita, altura limitadita, acariciándose el cierre de su batita a la altura del cuellito, gafitas… Todo él rezumaba un aire de niño, niñito diría yo, disfrazado de galeno. A falta de efecto “flú” en la cruda iluminación y de coros celestiales, hizo su entrada casi como si fuera una aparición mariana y me inquirió con “Bueno, bueno, bueno, bueno… ¿Dígame, qué le sucede?” Por mi parte, estuve tentado de preguntarle si es que había perdido la capacidad de lectura para no poder leer lo que el personal de la entrada había apuntado en el expediente. Sin embargo, por el mismo principio de educación y practicidad volví a morderme la lengua y respondí con un remoquete parecido a los anteriores: “Me he esguinzado el tobillo izquierdo”.

Ahí es donde el ilustre, que no ilustrado, joven médico, me sorprendió con una patada al diccionario. Con un tono entre sobrado y de suficiencia, el perla me espetó “¡Vaya!. Acaba Vd. de inventar un verbo: esguinzar”. Mi santa esposa, catalanoparlante ella, se tensó y arqueó su ceja izquierda. Lo cual y aunque no se la conozca es evidente síntoma de que se avecina galerna y más vale callar y huir. Por mi parte me salió esa pequeña arrabalera que todos llevamos dentro y, cual Belén Esteban en decúbito supino, le inquirí con un “¿Perdoneeeeeeee????” nada “polite”

Ahí es donde el tirillas optó por evadir la respuesta y me preguntó que cómo es que sabía que era un esguince y no una fractura. Mi réplica fue automática: “Porque es el 9º esguince que sufro en el tobillo izquierdo y sé diferenciar perfectamente entre fractura de algún hueso del tobillo y una lesión de ligamentos o muscular”. El traumatólogo me envió a hacer la radiografía de rigor para cerciorarse de que no había fractura y al poco de hacerme la placa volvió con un incómodo “Pues efectivamente, no hay fractura y sí que aparecen restos de lesiones en ese tobillo. Así que ahora vendrá la enfermera, le pondrá el vendaje compresivo y procure descansar y …” Le facilité el mutis por el biombo terminándole la frase: “… Me ponga hielo y tenga el pie en alto. Ya sé, ya sé…Gracias”

Como sea que no suelo acudir a ningún hospital con un diccionario de la RAE ni en las dependencias de urgencias suele haber cobertura, no pude demostrar a tan petimetre doctor que el vocablo “esguince” viene del verbo “esguinzar”. Pueden imaginar que mientras esperaba el informe, lo primero que hice fue consultar la web de la RAE y obtuve la constatación de que era yo quien tenía razón, “esguinzar” si bien ya no existe en el Diccionario, sí que existió. “Esguince” proviene del español/castellano antiguo “esguinzar” (desgarrar), ya en desuso y actualmente desaparecido del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.

El esguince es la torcedura brusca y dolorosa de una articulación, de carácter menos grave que la luxación. Consecuentemente, el verbo “esguinzar” puede llegar a ser un arcaísmo. La situación me sirvió para constatar tres hechos: a) en la calle se sigue usando ese arcaísmo; b) ese traumatólogo que me atendió el sábado pasado en el hospital al que acudí, era un perfecto e impertinente cretino; y c) podremos obtener muchas especializaciones en nuestros respectivos estudios, pero cada vez perdemos lo más básico de la cultura que es nuestro lenguaje.

Tuve un compañero de colegio, fuimos muy amigos, que a los 14 años todavía escribía búho con v, sin h y sin tilde. Eso no le impidió sacarse la carrera de ingeniero de telecomunicaciones con muy buena nota en cada curso y sin repetir ninguno.Pero él era la excepción. En aquella época no existía el corrector del ordenador y en la facultad de Derecho te suspendían la asignatura si cometías tres faltas de ortografía. Sin embargo, compruebo que esas “patás al diccionario” actuales menudean y encima se hace alarde de ello. Claro que si la Esteban y demás ídolos de masas como Messi, Cristiano Ronaldo y el resto de zotes integrales, con la maniquea excusa de que “generan negocio”, ganan lo que ganan, ¿de qué nos quejamos?

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