El celo del magistrado

El abogado espetó al banquero suizo que si recordaba cuánto dinero había llegado a existir en la cuenta del fallecido

Ricardo Gómez de Olarte

No siempre las anécdotas curiosas surgen en el ámbito del derecho penal. Supe de una muy curiosa en un procedimiento civil. Se trataba de una herencia en la que existía mucho dinero en Suiza. O cuando menos había existido en vida del fallecido.

En ese período, entre otros pormenores, cierto dinero había ido a parar al patrimonio de la esposa del muerto. En España, por legislación, resulta que las cantidades recibidas por los herederos en vida del causante de la herencia se reputan a cargo de lo que debe recibirse en la herencia. De hecho, es una disposición muy común en Europa.

El pleito venía porque el legitimario (hijo único del fallecido) no estaba de acuerdo con las cuentas que le presentaba la heredera (segunda esposa del muerto). Al parecer, ésta debió imaginarse descendiente directa de Gonzalo Fernández de Córdoba y las cuentas presentadas por ella hacían pequeñas las del Gran Capitán. Negaba al legitimario cualquier clase de cantidad recibida por ella de su difunto marido; y todo para aumentar su herencia.

El quid radicaba en la falta de prueba que tiene siempre cualquier acreedor de la herencia contra los herederos que son quienes hacen el inventario de los bienes a heredar y deciden lo que se debe pagar y a quién (salvo Hacienda, claro está).

El hijo, conocedor de antemano de la existencia de dinero en Suiza, producto de la venta de un inmueble muy caro, no encontraba rastro del grueso de esa venta. Tan solo quedaba una pequeña cantidad de la que sí tenía constancia documentada. El banco suizo, por legislación helvética, no podía responder a nada anterior sin que la herencia hubiera sido aceptada.

El hijo y su abogado hicieron varios viajes a Suiza en busca del dinero perdido. Como Proust, pero con fondue en lugar de madalenas. La respuesta del banco siempre fue la misma: NO. El hijo, se hartó e indicó al letrado que interpusiera el correspondiente procedimiento judicial. Se solicitó como prueba toda aquella que no pudo obtener en España.

El magistrado le negó una parte y otra la admitió. Entre la aceptada constaba la remisión de un oficio al banco suizo para que aportara los movimiento de las cuentas del fallecido desde la venta del inmueble hasta el fallecimiento. El banco respondió con el clásico “Ya no conservaban esos datos”. Pero había otra prueba pedida por el abogado: la declaración como testigo del gestor bancario del difunto, que lo seguía siendo de la heredera.

Llegó el día de la vista y apareció el momento estelar del día: la declaración del banquero suizo. El magistrado interrumpió para advertir que de acuerdo con el derecho suizo, el testigo, al tener la nacionalidad suiza no podía revelar ningún secreto bancario suizo.

El abogado del legitimario escuchó al magistrado como quien oye llover y, de buenas a primeras, espetó al suizo que si recordaba cuánto dinero había llegado a existir en la cuenta del fallecido al momento de la venta del inmueble. El juez saltó, rugiendo como el león de la Metro, prohibiendo a gritos que el banquero respondiera y abroncando al letrado.

El abogado, aún recuerdo su mirada burlona, sonrió al juez como si hubiera esperado dicha reacción y le contestó un dulcísimo “Faltaría más, Señoría” para a continuación proceder a formular cuatro preguntas al testigo que reproduzco ahora:

-Conoce Vd. a la señora que se encuentra en ese banco (señalando a la heredera)?
-Sí
-Es la señora Gutiérrez, viuda del Sr. Céspedes-Cortada? (era de ilustre abolengo y apellido)
-Sí.

El magistrado sonreía seráfico sabedor de que por ahí no se llegaría a ningún lado. El abogado se preparó para la suerte suprema

-Conoció Vd. al Sr. Céspedes-Cortada profesional o personalmente?
-Profesionalmente

Y finalmente asestó el golpe, certero y mortal:

-Y a la viuda Sra. Gutiérrez la ha conocido profesional o personalmente?
-Profesionalmente

Esta vez fue el abogado quien sonrió beatíficamente al magistrado para soltar la frase de rigor:

-No hay más preguntas Señoría.

Hasta un crío se dio cuenta de que la señora había metido mano al cajón de la herencia ya que el banquero no podía conocerla si no era profesionalmente.

Ese indicio frente a la escritura de venta de la finca y otras pruebas obtenidas, hicieron que la Audiencia Provincial y el Tribunal Superior de Justicia de esa Comunidad Autónoma, revocara íntegramente lo fallado por el Juez de Primera Instancia en su Sentencia, que ¿adivinan? fue en favor de la heredera.

Mulier Caesaris non fit suspecta etiam suspicione vacare debet
(La mujer del César no solo debe ser honrada, sino además parecerlo)
Julio César

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