El Bond de Hitchcock

Vértigo, Psicosis, Los pájaros… no pueden faltar en la lista de lo mejor; ahora bien, la más divertida, la más ágil, la más ligera y, a la vez, emocionante película de Alfred Hitchcok es Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959).

con la muerte en los talones para morirse de cine

Ian Fleming publicó su primera novela de James Bond, Casino Royale, en 1953. Aunque fue llevada a la televisión al año siguiente en una adaptación americana de bajo presupuesto, el salto al cine de las aventuras de Bond no llegaría hasta 1962 con la explosión de color, acción, ironía, elegancia y sexo que fue Agente 007 contra el Dr. No (Dr. No, Terence Young). Antes, casi todo el cine de espionaje se identificaba con el exotismo de Mata Hari, la amenaza nazi o las sombras de gabardinas grises en callejones siniestros. “Casi” todo, porque, afortunadamente, también tenemos a Alfred Hitchcock.

El genio inglés no necesita presentación. Educado en el mudo, su cine visual es uno de los que siguen cautivando generación tras generación y que se podrá analizar mientras la cultura siga teniendo seguidores (picados, contrapicados, planos detalles, planos subjetivos… un recital por película). El llamado Mago del suspense escapa a cualquier clasificación genérica (o de cualquier otro tipo), pero el espionaje es uno de sus temas predilectos. En el periodo de entreguerras, Hitchcock ya adaptaba a John Buchan (39 escalones) o a Somerset Maugham (El agente secreto). En los 40, Encadenados; y, en los 50, la nueva versión de El hombre que sabía demasiado, anunciaban la que sería una de las cumbres hitchcockianas.

con la muerte en los talones

Dependerá del humor de cada uno, de lo reflexivo que se encuentre o de lo propenso al horror. Así, Vértigo, Psicosis, Los pájaros… no pueden faltar en la lista de lo mejor; ahora bien, la más divertida, la más ágil, la más ligera y, a la vez, emocionante película de Alfred Hitchcok es Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959).

Cary Grant interpreta al publicista Roger Thornhill de Madison Avenue (un Mad Man, como Don Draper, pero sin traumas bélicos). Thornhill es confundido casualmente con un tal George Kaplan, quien resulta ser un falso espía inventado para desviar la atención de una banda criminal, la cual, claro está, se sentirá muy atraída hacia Thornhill. Ya conocemos la elegancia de Grant, pero conviene recordar también su maravillosa vis cómica para un papel lleno de ironía y marcado por los habituales tics hitchcockianos: falso culpable, madre dominadora, mujeriego, resolutivo y encantador (se suele decir que, en las películas del Mago, James Stewart “era” Hitchcock y Grant “era” quien a Hitchcock le gustaría ser). Grant no es el profesional con licencia para matar Sean Connery, pero su sentido del humor ya añadía algo que no estaba en las novelas Bond y que luego Connery manejaría a la perfección.

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con la muerte en los talones

La fotografía de Robert Burks nos va a llevar por Nueva York, pero viajaremos también por coche, tren o avión en dirección nornoroeste (de ahí el título original) hasta llegar al clímax del monte Rushmore. La luz pre-pop de Burks vuelve a anticipar a Bond y lleva la contraria al espionaje anterior. No volveré sobre la escena del avión más que para decir que aquí no hay sombras, no hay gabardinas y no hay luz de las farolas. En un descampado Grant es acosado por una avioneta asesina sin lugar para esconderse: tan genial como absurdo hallazgo de guion, justamente memorable. Curiosamente, en Desde Rusia con amor (1963, segundo Bond), el Bond de Connery se verá acosado por un helicóptero… y conseguirá tumbarlo él solo.

Y, siempre, las rubias de Hitchcock. Eva Marie Saint puede que no sea la mejor actriz o de las más carismáticas pero, como suele ocurrir con el inglés, consigue dar su mejor interpretación como la agente Eve Kendall, peligrosamente ambigua con diálogos llenos de insinuaciones y un juego de engaños con Grant, el espectador y el villano, que nos vuelve locos. Thornhill, perseguido por la policía por un crimen que no ha cometido, se refugia en un tren y Eve le oculta: “¿Por qué?” “Ya se lo dije. Tiene una cara bonita” “¿Es la única razón?” “Va a ser una larga noche… Y no es que me guste especialmente el libro que he empezado… ¿Sabe lo que quiero decir?” “Déjeme pensar. Sí. Sé exactamente lo que quiere decir…”.

con la muerte en los talones

Añadamos a James Mason (¡otro inglés en la ecuación!), quien crea un villano de modales exquisitos; o a Bernard Herrmann, compositor de una banda sonora deliciosa en el amor y trepidante, en la percusión.

Pero, que no se nos olvide. Llegamos al final y lo que predomina no será el suspense (que también), ni el horror, ni la acción. Este maravilloso juego de simulación y engaño (esa pistola de fogueo) culmina en una persecución por las caras de los presidentes americanos en el monte Rushmore y, en una breve pausa, Eve pregunta: “¿Qué pasó con tus dos primeros matrimonios?” “Se divorciaron” “¿Por qué?” “Creo que dijeron que mi vida era demasiado aburrida”. Y así toda la película. Con la muerte en los talones es una comedia perfecta cuya influencia es innegable. Ojalá siga influyendo con su sentido del humor en nuestra sociedad cada vez más necesitada del mismo. El tren entra en el túnel y fundimos a negro. Que volvamos a cogerlo pronto.

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