El apocalíptico juicio «al procés»

Luis Artigue escritor

¿Relator se lee como se escribe o se dice rileitor?… Mi don de la ebriedad no da más que para preguntas como ésta, cuando de pronto escucho: “Yo soy el relator ese que dicen”…

Me lo está asegurando -¡asombroso!- un taxista guineano ostentador de la ingenuidad de quien cree que el mar lleva hora y media en el agua, mientras me trae, aquí en Barcelona, de vuelta de una noche larga y lenta como un blues.

Me refiero a que, como lo tengo todo de buen profesional, me he venido a la ciudad condal a tomarle el pulso a la actualidad: en honor a Manuel Vázquez Montalbán he cenado en el Casa Leopoldo de la calle San Rafael, y en celebración de los poetas novísimos he whiskeado en la terraza del Turó, y en recuerdo de Juan Marsé he comido en el Isabella´s de la calle Ganduxer, y en memoria de Jaime Gil de Biedma he tomado dry martinis en el Giardinetto de Granada del Penedés, claro…

Pero la mejor carne gallega de Lugo -hay que joderse con lo de las fronteras sólidas- (y al decir carne estoy hablando, mientras se me hace la boca agua bendita, de entrecots sangrantes como el infierno tamaño poster que no caben en el plato), la sirven en el O meu lar de la calle Margarit, el restaurante fetiche de ese periodista célebre -Carlos Quílez- que lleva tatuado en el miembro, o la miembra, el lema “ni facha ni indepe”…

Sí, aquí estoy, en Barcelona, apurando el Apocalipsis justo ahora que se acaba el mundo, o que llega el juicio final, o eso.
Yo soy el relator porque soy taxista y negro, y sé conducir y reconducir las cosas, asegura mi chófer…¡Olé tus huevos rotos con chistorra! ¡Tomo nota para mi artículo, estimado taxista!… ¡Qué bien! ¿Quiere que le lleve con mi coche a un buen local de luces coloradas y señoritas que fuman?… No, gracias, déjame aquí mismo… Sí señor.

En el muy recomendable Restaurante Aflamas de la calle Loreto, todo él sofisticación, banda sonora new age y cordero con kefi, me dicen sin decirlo los camareros milenials casi con lazo amarillo en el pecho que, en general, la mayor diferencia entre un votante de Cs, uno del PP y uno de Vox radica en el tamaño de su próstata.

Sin embargo en la coctelería Boadas, esa antigua de ambientación art decó en la que los camareros preparan el dry Martini con modos de contorsionista, me dicen los parroquianos, mientras se beben un cocktail que parece una mezcla de almíbar, sudor hielo y orina de autor, que la justicia europea la marca en buena medida Alemania, y que en Alemania no tienen el mismo concepto de delito de rebelión que tiene el juez Llarena, pues rebelión es cuando se ha subvertido violentamente el orden constitucional, y, si no se ha subvertido violentamente, no hay rebelión y no basta eso de que no se ha subvertido porque no se ha podido…

Por otra parte otros parroquianos también catatanes, y también hoy finamente borrachos como yo, replican que tal razonamiento se parece mucho a participar de la leyenda negra contra España que tan bien glosó María Elvira Roca en su libro Imperiofobia, y que hacer en Alemania lo que se hizo en España (declarar la independencia), implicaría cadena perpetua…

Y queda claro ya en el local que, como diría Antonio Machado, hay dos Cataluñas como hay dos Españas, y nadie puede arrogarse hablar en nombre de todos sin tener en cuenta a la otra parte… Pero las dos rondas de cócteles aquí cuestan 72 eurazos, joder.

Sin embargo en el bar Santa Fe de la calle Wellington la cumplidora y constitucional camarera cuya melena se parece a esa alimaña pelirroja que llevaba en la cabeza Rita Hayworth, menuda lady-interruptus, está emperrada en que acata la constitución, el catecismo y los horarios de cierre, y por eso ella hoy cierra a las doce pidamos lo que pidamos y tardemos lo que tardemos en beberlo o no beberlo.

Y, cumpliendo tal designio con la impavidez del mármol, en cuanto llega la hora nos deja allí con la copa en la mano y compuestos y sin novia y con una sonrisa en la boca y no en los ojos como los recién electrocutados…

Este viaje de documentación gastro-político-etílico-peiodístico, y este artículo, terminan cuando la camarera me echa del bar con la siguiente pregunta tan condescendiente como, ahora que lo pienso preocupante: “entre ir a misa o a coger sitio en la marcha del domingo, ¿qué debemos elegir los buenos devotos?”.

Vive y deja beber.

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