El abogado de pleitos pobres

Si continúan con la retirada del vehículo llevando dentro a esa persona, yo mismo procederé a poner denuncia por detención ilegal

Ricardo Gómez de Olarte

(…) Echa vino montañés
que lo paga Luis de Vargas,
el que a los pobres socorre
y a los, y a los ricos avasalla (…).
Ese es nuestro jefe hermano
el capitán Luis de Vargas,
el que a los pobres socorre,
y a los, y a los ricos avasalla.”
Diligencia de Carmona
Fernando Villalón-Daoíz y Halcón

La situación se produjo hace unos años a la salida de los juzgados de Badalona. Había acudido a un trámite que apena carecía de interés, pero que, como suele ocurrir en las dependencias judiciales, se prolongó más de lo esperado. Ya no se permitía fumar en las administraciones públicas y llevaba con ganas de fumar desde hacía un buen rato (hace años que dejé ese hábito, aunque sigo siendo fumador, lo que pasa es que no ejerzo). Al salir, giré la esquina y mientras dejaba pasar taxis libres para darle al “fumeque”, contemplé una escena de la que yo había sido protagonista en el pasado. De hecho, seguro que, quien más quien menos, a todos nos ha sucedido alguna vez.

El caso es que llegó un coche conducido por un chaval y no pudiendo aparcar en ningún sitio de esa calle, optó por dejar el vehículo en una isleta pintada entre los dos sentidos de la marcha. No molestaba a nadie, no entorpecía la circulación y tan solo estuvo el tiempo justo para entregar un paquete en una portería cercana.

Eso sí, lo hizo delante de las barbas de un fornido agente de la Policía Local de Badalona, el cual le indicó muy amablemente que desistiera de sus intenciones con un “por mis cojones te vas a quedar ahí. Tira p’alante, y no me hagas cabrear más”. El joven le dijo que solo se trataba de “darle el paquete a esa señora” mientras señalaba a una anciana que lo estaba esperando en el portal y mediante gestos corroboraba la versión del infractor.

El conductor debió pensar que tardaba más tiempo en discutir que en bajarse y entregar el paquete. Dicho y hecho, pero el guripa, con la vena del cuello como un tubo de gas, se pegó a la puerta del conductor para impedir que entrara y empezó a llamar a la grúa municipal. El chico, incrédulo, rabiaba y suplicaba para evitar que llamara a la grúa y el guindilla, impertérrito sonreía sabedor de que, a su llamada, vendría en seguida como así sucedió.

La grúa comenzó a cargar el coche en las pequeñas ruedas que llevan para facilitar el transporte. Mientras el urbano rellenaba la multa, le iba diciendo al conductor que “así aprendería a vacilar a su madre” (se entiende que la del chaval). El pobre conductor, desesperado no sabía qué hacer.

Alguna voz increpó a la policía local pero sin ir más allá de un “será gilipollas el pitufo”. A mi se me encendió la media neurona que tengo y vi la oportunidad de ejercer de Salomón. De hecho, más que de Salomón hice de “abogado de pleitos pobres” que decía mi padre en tono entre recriminatorio y cariñoso.

Ni corto ni perezoso me dirigí al conductor y le dije que se acercara. El poli, escamado, me prohibió que le dirigiera la palabra a su víctima. De hecho, la frase usada, en consonancia con las anteriores, fue: “¡Oye, listillo, ni se te ocurra acercarte y meterte en esto. A ver si ahora resulta que eres abogao!”.

Mi media neurona se puso incandescente y respondí al urbano que tenía razón en respecto a la profesión. Y en mi calidad de letrado (con exhibición del carné de abogado por delante) estaba en mi derecho de aconsejar a mi cliente a la vez que me dirigía al impotente conductor diciéndole: “porque tú quieres que yo sea tu abogado, ¿verdad?”.

El urbano, congestionado, calló y el chaval me miró, desconfiado e inquisitivo, esperando algo más de mi parte. Le dije al oído que se metiera dentro del coche inmediatamente, aunque el vehículo ya estuviera levantado por la grúa. En sus ojos noté una profunda duda y más seco le reiteré que lo hiciera, que si se llevaban el coche con él dentro sería detención ilegal y que confiara.

Abrió la puerta como un rayo mientras el urbano berreaba como un trueno. Solo cuando la puerta se hubo cerrado con el conductor dentro, me encaré con el urbano y los grueros y les dije: “Saben de sobra que desde este momento solo cabe la multa que Vd. ya ha rellenado y entregado. Si continúan con la retirada del vehículo llevando dentro a esa persona, yo mismo procederé a poner denuncia aquí al lado (los juzgados de Badalona) contra Vd., agente XXXXX (tuve la precaución de tomar nota de su número de placa) y contra la dotación de la grúa ZZZZ.” Giré sobre mis talones y retrocedí al edificio de donde había salido. Escuché como desenganchaban el coche mientras el pitufo me increpaba, me volví a girar y le dije: “Aunque ahora cambie el motivo, sigo pudiendo ir a poner una denuncia. La quiere Vd. por injurias o se le ocurre algo más sustancioso. ¿Abuso de autoridad, tal vez? ¿Hacemos un pack y lo incluimos todo?”.

El poli se largó, yo me fumé más pitillos de los que debería y me alejé caminando un rato mientras sonreía feliz.

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