Distopía, una sociedad ficticia e indeseable en sí misma

Ricardo Gómez de Olarte
Ricardo Gómez de Olarte

A D. Ángel y a D. Ricardo, in memoriam

Imaginen un país europeo inexistente. Lo podemos llamar Nardilandia ya que todos sus dirigentes hacían lo que les pasaba por el origen del nombre.

Durante casi la segunda mitad del siglo XX fue una dictadura. En los estertores del dictador, uno de sus últimos gobiernos encargó un informe a un alto directivo del banco central de Nardilandia acerca del principal grupo empresarial llamado PUFASA.

Ese informe demostró que ese principal grupo empresarial era un castillo de naipes tan solo sustentado por una facción de la religión predominante –por única- en el país. El informe se quedó en un cajón. El grupo empresarial continuó haciendo engordar a la familia propietaria sobre un soufflé. El dictador murió plácidamente. El régimen dictatorial se transformó en una entelequia de monarquía democrática formada por diversos sub-estados, con sus sub-presidentes, sus sub-ministros, etc…

De entre esos sub-estados, dos llamaban mucho la atención. Uno del Norte llamado Hustary, donde todos eran muy brutos y ponían bombas para intentar independizarse. Estaban amparados por la persistente burguesía hustárica, cuyo único propósito era conseguir mayor autogobierno y, así, poder hacer lo que les saliera del nardokoa (nardo, en idioma hustárico) pero sin repartir lo trincado gracias a ese autogobierno. Lo consiguieron con la sangre de todos.

El otro sub-estado, del Este, era Rabalonia. Básicamente la idea de los dirigentes rabalonios era la misma que los de Nardilandia o Hustary: hacer lo que les saliera del rábano (rave, en idioma rabalonio).

A diferencia de los de Hustary, los de Rabalonia no ponían bombas, pero perseguían lo mismo. Uno de sus dirigentes, llamado Tufol (bajito, regordete y, en ocasiones, fácilmente encendible, como los rábanos) antes de convertirse en caudillo rabalonio, montó un banco. La Banca Rabalonia destinó un montón de dinero a empresas amigas de Tufol y banquitos subsidiarios que prestaban dinero a empresitas amiguitas de Tufol.

Bancaria, mercantil y jurídicamente era insostenible. Ni siquiera era original porque se trataba de montar un sistema clientelar como el existente en la Roma clásica. De esta manera, Tufol se aseguró la plena y constante adhesión de los beneficiados que aumentaba según aumentaban los créditos. Por la estética farisea del qué dirán, una parte del dinero iba al fomento de las artes y tradiciones rabalonias (y si no existían, se inventaban). Pero otra, acababa en las empresas y empresitas clientelares, aunque el grueso a las arcas de Tufol.

Habida cuenta del éxito, el sistema se reprodujo pero quien pagaba era el sub-estado de Rabalonia. O sea, todos los rabalonios.

El banco central del gobierno de Nardilandia descubrió el pastel de la Banca Rabalania y la intervino. Los cuatro funcionarios que pusieron de manifiesto las tropelías de Tufol ante la amaestrada Junta de Accionistas de la Banca Rabalonia fueron abochornados en público por decir la verdad.

Debido a la magnitud de la tragedia, se puso todo en conocimiento del gobierno nardiliano. El gobierno instó a la Fiscalía a hacer lo que correspondiera y ésta presentó la querella contra Tufol, ya presidente de Rabalonia (categoría de sub-presidente) y sus secuaces.

Tufol, aconsejado por algún abogado con una asombrosa semejanza al personaje de Astérix llamado Tullius Detritus, decidió que la Banca Rabalonia era Rabalonia; por tanto, él también era la personificación mística de Rabalonia. Ergo, atacar a Tufol era atacar a Rabalonia.

Volvía a interpretar la historia en su provecho: “El estado soy yo de Luis XIV”. La Banca Rabalonia y las primeras subvenciones de Rabalonia cobraron el interés de sus préstamos en forma de adhesión inquebrantable a Tufol y Rabalonia. Para ello, amenazó a la capital del estado de Nardilandia con una especie de revuelta callejera. El gobierno de Nardilandiacedió, retiró la querella y castigó a los fiscales –demasiado significados- que solo cumplieron con su deber. Aquella debilidad todavía se está pagando en toda Nardilandia.

Tufol ya presidente (en realidad, categoría de sub-presidente) de Rabalonia, repartió dinero a cascoporro y hasta creó una especie de dinastía sucesoria no familiar. De ese modo, Tufol pudo hacer lo que le vino en gana hasta que se retiró y con impunidad.

Posteriormente, se descubrió que, como en el caso de la Banca Rabalonia, se había forrado a costa de los demás y sin acatar la ley. Cuando esto sucedió, nadie se acordó de aquellos cuatro funcionarios que lo pusieron de manifiesto ante una masa amaestrada en su contra 32 años antes.

Al año siguiente, el grupo empresarial PUFASA fue intervenido por el gobierno y nadie se acordó de aquel funcionario que lo puso de manifiesto 10 años antes.

Con el correr de los años y la vista del ejemplo, uno de los sucesores de la dinastía no sanguínea de Pufol, llamado Corremón decidió que también iba a hacer lo que le saliera de su rábano y saltarse la ley proclamando –a las bravas- la independencia de Rabalonia.

De nuevo, el estado de Nardilandia mandó a la Fiscalía que obrase en consecuencia. Corremón, aconsejado esta vez por un abogado con un asombroso parecido con Jordi Hurtado pero sin su educación y con exceso de chulería, decidió imitar a Curro Romero y pegar la “espantá” para así defenderse de Nardilandia con… ¿Lo adivinan? “Toda Rabalonia debe alzarse contra Nardilandia porque la están atacando a Rabalonia ya que me atacan a mí!”

Nardilandia no es un paraíso. Sus dirigentes la han convertido, moral y éticamente, en un vertedero embarrado. Pero eso no hace mejor a los otros sub-vertederos y lodazales. Ni siquiera los hace diferentes. Rábano, nardo o nardokoa es lo mismo: hacer lo que me salga de… y por encima de la ley.

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