Dioses y monstruos: Maradona (in memoriam)

La Argentina, siempre entre psicoanalítica y magnificadora, llora a esa Evita Perón del fútbol-locomotora que era Diego Armando Maradona

Dioses y monstruos: Maradona (in memoriam)
DEP Diego Armando Maradona

Los coches son más lentos en domingo, y asimismo las lágrimas, lentas esta tarde de lluvia y teletipos que dicen que ha muerto Maradona en su casa agónica, morada por el cuadro de ansiedad, Maradona ya gordo como Elvis Presley que murió en la taza del wáter pero sin dejar de ser mito igual que Maradona, el jugador de fútbol rápido e inventivo como un dibujo animado, polirrítmico como una sinfonía, como un improntu.

La Argentina, siempre entre psicoanalítica y magnificadora, llora a esa Evita Perón del fútbol-locomotora que era Diego Armando Maradona porque acaba de morir de nada, que es lo que es en realidad eso tan terrible y poético como un verso de Baudelaire de “se le ha parado el corazón”.

Y es hora de recordar más que nunca que Maradona, jugador mitificado por encima de todos los demás como solo en la Argentina, que en esto sobre todo es la Francia de América, saben hacerlo, jugó en España: fue así, como si las carabelas de Colón hubieran traído oro, plata, a Maradona y a Messi, que tiene sus genes…

Jugó en España, sí, tanto en el FC Barcelona en sus días de gloria como en el Sevilla de Bilardo en sus coletazos de magia, pero su prodigioso fútbol-locomotora nunca fue tan grande como cuando jugaba con la selección de Argentina acaso porque, aquí, las grandes locomotoras de plata y penacho de nube nunca hemos podido usarlas plenamente por lo del ancho de vía sin adaptarlas y que parezcan un pegote. ¡Qué grande el fútbol-locomotora de Maradona! Luego de aquí se fue al Nápoles y descarriló por culpa de la pálida dama, que diría Joaquín Sabina, que te pone más muerto que vivo aunque dormir el sueño eterno en su cama parezca excesivo aunque a veces ocurre: véase Maradona.

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La Argentina llora a Maradona en su condición de leyenda con los pies de barro, sí, pero leyenda. Llora el cadáver vivo que en sus días de gloria futbolística tenía magia, tenía garra, tenía hipnotismo, tenía un toque prodigioso y tenía la mano de Dios.

Maradona, el pibe que servía cuero a los extremos como nadie y remataba con suavidad letal, fue un prodigio como pocos, pero como era argentino allí lloran y dicen que como ninguno, el cual nos dio tardes de euforia, y de salud nacional, y de derroche y abundamiento. Y luego protagonizó mejor que nadie su versión de más dura será la caída…

La muerte, mala puta, nos ha metido otro gol.

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