Días de Whisky y rosas

Ricardo Gómez de Olarte
Ricardo Gómez de Olarte

Antoni Jutglar, en su “Historia crítica de la burguesía catalana” estableció que “En el seno de las oligarquías españolas, la burguesía catalana ha manifestado siempre un afán de «distinción», muy mezclado con confusionismos y ambigüedades, por lo general expresamente buscadas, que ha encontrado el injustificado apoyo de otros grupos sociales antagónicos.”

A finales de los 80 se buscaba desesperadamente sobresalir por encima de la media. Barcelona empezaba a notar ardor de estómago con la “gauche divine” de Bocaccio, que tenía poco de divine y nada de gauche.

Escasas eran las auténticas mentes cultivadas y con profundidad de pensamiento. Pocos más de esos cerebros eran capaces de hilvanar relatos con cierta gracia forjada en la crítica ácida del despelleje al amigo de copas y al rival de letras.

Los más, eran “poseurs” (o figurones del postureo, que se diría ahora) con fábrica y dinero de papá y un aroma a intelectual de chándal de andar por casa que, tras pocas frases plagadas de lugares comunes, evidenciaban la profundidad de su propio y siniestro vacio.

En verano, los hombres lucían barriga en bermudas azul marino, polo francés de colores pastel o blanco y “naúticos” excesivamente rígidos que acusaban la falta de horas navegando más allá de los bares del puerto de moda. Antes, como ahora, parecían cirujanos locos por la cantidad de “operaciones” que cerraban desde cualquier terraza con ambiente.

Las representantes femeninas de ese sector -que ya entonces eran clónicas entre sí (rubias, pelo corto, fumadoras, hiperdelgadas, apenas sin curvas)- en esa época estaban poseídas de un furor pictórico que para sí hubiera querido Picasso (pintor más prolífico de la historia).

Acudían todas en manada a pintar a Cadaqués. Se paseaban con los dedos ostensiblemente manchados de pintura de hacía días, alpargatas con el talón desnudo, el pelo desordenado e hirsuto, pantalón de algodón sujeto por un cordel del propio pantalón, alguna blusa “mona” pero también estratégicamente manchada de pintura y la mirada perdida y concentrada en el horizonte, como de estar en permanente comunicación con su musa. Era su versión de ese afán de distinción burguesa citado anteriormente.

Actualmente las podemos encontrar transmutadas en las mismas clónicas, pero debidamente recauchutadas o retocadas, vistiendo mejor y haciendo vida social y marítimamente vacua en Menorca o doblando visas en boutiques en zapatillas de “runner” y “plumas” por Diagonal-Turó Park. ¿Y los hombres de ahora? Luciendo más barriga y con el mismo polo y bermudas.

Volvamos a finales de los 80. Un whisky caro en una discoteca de moda podía costar entre 1.000 y 1.500 Ptas. (6 -9 euros). Apenas se producían escándalos económicos. El más sonado fue el del Consorcio de la Zona Franca, destapado por Narcís Serra.

El implicado que pagó más a su abogado (que era el amargo perejil de todas las salsas) consiguió que éste convenciera -con mucho dinero por delante- al eslabón más débil de la cadena de “comerse el marrón”. Antonio de la Rosa Vázquez, con el riñón cubierto, se dio el piro dentro del maletero del coche de un abogado y otros ingresaron en prisión.

Algún juez y Puigdemont usaron el mismo recurso escapista dejando el talego para otros. Parece que la burguesía catalana tiene especial querencia a eso de huir en maleteros.

El hijo de Antonio de la Rosa Vázquez, Javier de la Rosa Martí se empezó a codear con Jordi Pujo el 1977 dentro de Banca Catalana. Era el hombre del Banesto de Pablo Garnica en la banca de Pujol y controlaba un importante paquete accionarial de Banca Catalana.

Cuando los kuwaitíes comunicaron al gobierno español que deseaban invertir en España, la noticia fue acogida con preocupación. Los kuwaitíes pidieron un directivo español para que les representase en su desembarco y el gobierno les negó el pan y la sal.

Alguien sugirió a los kuwaitíes el nombre de Javier de la Rosa, ya quemado por el agujero del Banco Garriga Nogués y que se había merecido su fama de falta de escrúpulos. KIO acabó controlando el 12% del Banco Central, el 5% del Banco de Vizcaya, el 1% del Santander, el 15% de Explosivos Río Tinto, etc…

Como con la Garriga Nogués donde dejó un agujero de 100.000 millones de pesetas (actuales 601.012.104.- €), de la Rosa legó a la posteridad un pufo en KIO de 202.000 millones de pesetas (actuales 1.214.044.450.- €). ¡Ahí queda eso!

Corría 1991, de la Rosa todavía hombre fuerte de los kuwaitíes en España a través del Grupo Torras, sobrevolaba en helicóptero Cataluña para ver qué proyectos podían ser interesantes. Compraba y fabricaba dosieres (o lo hacía creer) para doblegar voluntades. Suite permanentemente reservada en el Hotel Villamagna de Madrid. La versión catalana, fofa y provinciana de Mario Conde, aunque sin gomina, sin glamour y con ese “aura mediocritas” detectable en su mirada y modus operandi.

Por esa época, contactó con su viejo amigo Jordi Pujol para poner en marcha el viejo aforismo latino “panem et circenses”. De un lado, de la Rosa compró el Tibidabo como ensayo cutre para intentar montar lo que ahora es Port Aventura.

De otro, la banca. Junto con Pujol, dueño del cortijo catalán, resucitan la obsesión de éste de fundar un banco propio. Surge de nuevo el afán de distinción de la burguesía catalana, pero esta vez unido a la voluntad de huir del control de banca “no amiga”.

El CNL había nacido de la mano de José Ruiz como un ejemplo de capitalismo de andar por casa: inversiones para todos estilo Monopoly. Se trataba de crear una sociedad que captara pasivo entre pequeños inversores para invertirlo en contratos de leasing (arrendamiento financiero). En 1991 fue intervenido por el Estado aunque poseía una cartera de leasing superior a 30.000 millones de pesetas (180 millones de euros).

Pujol y de la Rosa citaron a comer en el restaurante “La Dama” a José Ruiz para convencerle de que debía vender y ceder la gestión de CNL. Pujol usó los argumentos de siempre: se envolvió en la cuatribarrada e invocó la razón de estado catalana. Como siempre, sin aclarar demasiado donde acaba Cataluña y dónde empezaba su interés propio.

Ruiz se negó a vender, hubo amenazas y llegó la OPA con la que el Banco de España transigió. La condición impuesta por el banco emisor fue ceder la cartera de leasing a una filial del Banco Hispanoamericano. Con ello evitaba que CNL se convirtiera en un banco y de la Rosa, de nuevo, en banquero.

Sin embargo, de la Rosa cobró 500 millones de pesetas en concepto de comisión por la venta de la cartera de leasing. A su vez, la Generalitat también impuso sus condiciones: que con aval de la Generalitat, de la Rosa hiciera realidad Port Aventura. Cosa que efectivamente hizo, pero para llevarlo a la ruina antes de haber nacido.

Ahora parece que los Pujol cobraron una comisión por la venta de la sede de CNL a la Generalitat de Catalunya, cosa que también parece que ya conoció el juez de Barcelona que instruyó la estafa de Grand Tibidabo. A fin de cuentas, si la cobró de la Rosa, ¿por qué no iban a hacerlo los Pujolone?

¿El legado económico de los de la Rosa? Malversación en la Zona Franca de Barcelona; Tierras de Almería que provocó el agujero de la Banca Garriga Nogués por 100.000 millones de pesetas; KIO por 202.000 millones de pesetas; apropiación en Grand Tibidabo de 13.000 millones de pesetas (78.131.573.- €); comisión en CNL de 500 millones de pesetas (3.005.060.- €); clínicas que fracasan; las oficinas del Banco de Santander y la comisión de 6 millones de euros para el hijo de Javier de la Rosa, etc…

En todos sus negocios siempre hay un denominador común: las empresas a las que se acercan pierden, pero ellos ganan. Manchan cuando entran y solo “limpian” para ellos cuando salen.

El resto es una larga sucesión de medias verdades, amenazas nunca concretadas, insinuaciones veladas, promesas incumplidas y, en definitiva, la misma clase de misterio que el de un feriante embaucador.

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